Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 70
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Dennis Murray bajó por Haden Road y cruzó las vías que morían enterradas cerca de la compañía de gas Kinder Morgan.

Tras aparcar su Honda Pilot continuó a pie por un camino de grava, hasta llegar a un sendero embarrado y lleno de charcos que conducía a una zona boscosa en donde pinos y abetos, con cientos de años encima, se alzaban majestuosamente.

A escasos trescientos metros, la hierba alta y los arbustos crecían en torno a una antigua cabaña de troncos de madera y tejado de pizarra situada sobre una pequeña colina.

Dennis decidió internarse en el bosque para echar un vistazo a cierta distancia.

A primera vista, daba la impresión de que nadie había transitado por allí en mucho tiempo. No había ningún vehículo aparcado en los alrededores ni se veía un tramo de hierba más bajo que otro por donde alguien pudiera haber pasado recientemente.

La cabaña no parecía muy estable y tenía la cubierta ligeramente hundida.

Desde su posición alcanzaba a ver la puerta de entrada y dos ventanas con las persianas echadas y las lamas torcidas.

Había una pintada que iba desde el extremo izquierdo de la fachada a una de las ventanas en la que se podía leer «La vieja escoria del sacerdocio».

Durante décadas, casi trescientos sacerdotes habían abusado de niños en la ciudad de Houston y dedujo que aquel lugar debió pertenecer a uno de ellos.

Dennis continuó caminando a través del bosque para poder divisar la propiedad desde otro ángulo.

Se acuclilló junto a una roca desnuda que debía medir unos dos metros y achinó los ojos para escrutar la parte lateral de la cabaña.

Le pareció ver una cerca delgada de alambre que apenas lograba asomar entre el yerbazal.

También divisó un acceso que conducía a la vivienda.

«Alguien ha estado aquí», pensó.

Dennis continuó bordeando la vivienda y pasó junto a un riachuelo hasta situarse a escasos metros de la parte trasera de la cabaña. En ese lado las ventanas se encontraban tapiadas con listones de madera y decidió que podría ser una buena zona para acercarse sin ser visto.

Procurando no hacer ruido, subió una pendiente poco pronunciada y rodeó la estructura por el lado opuesto a la entrada. Después se acercó a una de las ventanas que tenía las lamas de la persiana rotas y colocó las dos manos alrededor del hueco que ofrecían.

Lo que vio en el interior hizo que un escalofrío recorriera su espalda.

—No puede ser… —murmuró desconcertado.

Dennis retrocedió dos pasos mientras se echaba la mano al bolsillo para sacar el móvil y así poder avisar a Bernard, pero este se le escurrió de las manos al escuchar un chasquido metálico.

—¡Arghhh! —gimió de dolor sin entender lo que ocurría—. ¡Mierda!, ¡joder!

Algo le impedía mover la pierna izquierda provocándole un intenso e insoportable dolor por encima del tobillo.

Temiendo desmayarse, se dejó caer al suelo entre sollozos y apartó la hierba con manos temblorosas. Le aterrorizó ver cómo un enorme cepo de caza le oprimía sin compasión la parte baja de la pierna con unos gruesos dientes de hierro.

Mientras sentía cómo la piel le abrasaba y se le desgarraban los músculos, palpó el suelo entre el yerbazal en busca del móvil. Removió tierra y piedras durante diez segundos que se le hicieron eternos. Una vez lo encontró, buscó desesperado el teléfono de Bernard.

—Yo no haría eso —susurró una voz a su espalda.

A Dennis se le heló la respiración.

—Suéltelo.

El agente obedeció.

—¿Qué le parece? Uno nunca sabe lo que puede llegar a encontrar en un lugar como este —dijo señalando la trampa con la cabeza—. Yo diría que es del siglo XVII.

El hombre que se encontraba detrás de él hablaba arrastrando las palabras como si se tratara de una persona mayor intentando explicarle a un niño lo que es el espacio.

Dennis giró la cabeza y se estremeció al comprobar que se trataba de Peyton Tyson.

—No puede ser… —volvió a decir.

—Será mejor que se calle. Por su culpa voy a tener que acelerar las cosas y le aseguro que eso es algo que nunca me ha gustado hacer.

—Quíteme esto, por favor.

—Eso no va a ser posible. Al menos de momento.

—Por el amor de Dios, ¡necesito una ambulancia!, ¿o es que no lo ve?

La sangre salía profusamente de su pierna tiñendo la hierba de un rojo brillante. El rostro de Dennis reflejaba auténtica angustia.

Peyton ladeó la cabeza y lo observó con curiosidad.

—Será mejor que vayamos dentro.

Dennis vio aterrado cómo lo cogía de la pierna buena y lo arrastraba hacia el interior de la cabaña llevándose un fuerte golpe en la cabeza contra un escalón de la entrada.

—Veamos si tiene algo que contarme —dijo antes de cerrar la puerta con estrépito.

Se sentía un estúpido por no haber avisado a Bernard antes de acercarse a la cabaña y ahora el tiempo jugaba en su contra. La única esperanza que le quedaba era que le hubiese dado tiempo a apretar el botón de llamada antes de verse obligado a soltar el móvil.