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Tenían un plan gracias a Sharon y, a pesar de que ninguno del equipo estaba convencido de que fueran a encontrar a Peyton en una de las ubicaciones escogidas, todos se aferraban a esa posibilidad como a un clavo ardiendo.
Kilyan aparcó en Manchester Street y se quedó observando por la ventanilla el amplio descampado que se abría al otro lado de la carretera.
Detrás de dos árboles, junto a un pequeño edificio derruido, asomaba parte de una construcción de madera.
Tras apagar el motor se quedó mirando al cielo a través del parabrisas.
La tormenta no iba a tardar mucho en estallar.
Se preguntó si alguien querría lanzarle una advertencia desde lo más alto.
Kilyan salió del coche y examinó el lugar.
El cobertizo que le había tocado comprobar se encontraba entre una zona industrial y otra residencial.
Se le antojaba muy arriesgado que Peyton hubiese optado por esa localización teniendo en cuenta las actividades que había estado llevando a cabo.
Además, no era propio de alguien que había demostrado ser sumamente meticuloso y planificador.
Con la sensación de estar perdiendo el tiempo, cruzó el descampado y se aproximó a una construcción de ladrillo que se encontraba en ruinas y cubierta de maleza.
El cobertizo que había junto a ella, que tampoco presentaba mejor aspecto, tenía un enorme agujero en la fachada provocado por la caída de un árbol de enormes ramas, y cuyo tronco atravesaba la estructura de un extremo a otro.
Kilyan se asomó por el hueco que había.
Solo alcanzaba a ver dos bidones blancos vacíos y una nevera abierta y oxidada.
La superficie del terreno se hallaba cubierta de bolsas de plástico, botellas de diferentes bebidas alcohólicas y una amalgama de envoltorios de comida rápida que se enmarañaba con la hojarasca.
La hierba se abría paso tras las tablillas del suelo y varias ramas trepaban por las paredes como una telaraña verde gigante.
Le dio la impresión de que la construcción estuviera hundiéndose en la tierra y recordó una frase que leyó tiempo atrás: «Las fronteras las dibujan los hombres. A la naturaleza le da igual».
Cuando fue a dar media vuelta, un ruido en el interior del cobertizo llamó su atención. Echó mano al revólver y soltó un improperio al ver cómo un gato negro salía disparado en dirección a una fábrica de coches que había al otro lado del descampado.
Kilyan guardó el arma y llamó a Pam.
—Dime, Kil.
—Todo en orden por Manchester —dijo antes de colgar y dirigirse al Audi con cara de pocos amigos.
Rebecka vigilaba su segunda cabaña de la tarde en una extensión agrícola abandonada cerca de Clinton Park.
Se preguntó qué podría pasar si Peyton se encontraba allí dentro, ¿la atacaría?
, ¿negaría ser el hombre de la máscara?, ¿intentaría huir?
Si fuera ese el caso, no tendría mayor problema en impedírselo.
No había nada más que campo en al menos un kilómetro a la redonda y al hijo de Mia Tyson no le quedaría otro remedio que entregarse.
La detective se acercó a la construcción por uno de los laterales, donde dos ventanas de madera que se hallaban cerradas a cal y canto le permitieron avanzar sin ser vista desde el interior.
Tras echar un vistazo en derredor, apoyó la espalda sobre los viejos troncos que sostenían la estructura y esperó.
Solo se oía el murmullo del viento que cada vez soplaba con mayor intensidad.
Rebecka levantó la vista al cielo y vio cómo un manto de nubes grises pasaba lenta e inexorablemente sobre su cabeza anunciando la inminente tormenta que venían advirtiendo por radio durante toda la mañana.
Pasados unos segundos se acercó a la entrada e intentó abrir la puerta. No estaba cerrada, pero había algo al otro lado que le impedía abrirla.
—Hola, ¿hay alguien ahí? —preguntó sin obtener respuesta.
Rebecka pegó una patada a la puerta con todas sus fuerzas y esta cedió lo suficiente para que pudiera acceder al interior.
—¿Será posible? —dijo al ver que una lavadora era lo que bloqueaba la puerta. Al instante se puso en guardia, consciente de que alguien la había colocado ahí y que ese alguien tenía que estar dentro, teniendo en cuenta que las ventanas estaban cerradas.
El olor que entró por sus fosas nasales era una mezcla de alcohol, marihuana y orines.
A un lado de la entrada había dos sillas de mimbre, un viejo mueble con baldas y un gran arcón.
Al otro lado, un horno de gas y una cama de hierro forjado negro con un sucio colchón completaban la pequeña estancia.
Sobre el colchón, un hombre muy delgado yacía boca abajo.
Iba vestido con un pantalón vaquero corto, unas botas y una camiseta de tirantes negra.
Una larga melena de pelo lacio le cubría el rostro.
Rebecka se tranquilizó.
Si a esas alturas no se había percatado de su presencia: o estaba muerto o llevaba un colocón importante.
—¡Eh, tú! —dijo dando una patada a la cama.
El hombre gruñó y movió levemente la cabeza sin apenas inmutarse. Rebecka resopló y guardó el arma antes de llamar a Carl.
—Dime, Rebecka.
—Clinton Park comprobado.
—Pensaba llamarte ahora, yo estoy en Pleasantville y tampoco ha habido suerte.
—Tendremos que cruzar los dedos. Las oportunidades de encontrar a Peyton se están esfumando —dijo Rebecka con un deje de impotencia en la voz mientras salía de la cabaña en busca de aire fresco.