68
Rebecka se había pasado la noche dando vueltas al comentario de Kilyan.
No había nada más frustrante para un policía que ver cómo un asesino se escapaba delante de sus narices y, más aún, habiendo dejado ocho espantosas muertes a sus espaldas, entre las que se encontraban dos niños y cuya madre se debatía entre la vida y la muerte en el hospital.
En esos momentos, Rebecka revisaba con Mark y Alyssa las grabaciones del centro comercial. Mientras observaba en la pantalla del ordenador cómo Peyton abandonaba The Galleria con las manos en los bolsillos y desaparecía por Alabama Street, su móvil comenzó a vibrar haciendo temblar la mesa.
Era Kilyan.
—¿Estás en la oficina?
—Sí, ahora mismo estaba viendo...
—Vale, escúchame con atención —la cortó Kilyan—. Necesito que señales en el mapa todas las cabañas, cobertizos y chozas que hay dentro de la zona acotada.
Rebecka apretó el puño como si estuviera intentando romper una piedra maciza e invisible. Le sacaba de quicio la falta de tacto de su compañero.
—¿Ranchos?
—También. Cualquier construcción de madera que se encuentre cerca de las vías o de una estación de tren. Según parece, Sharon oyó el ruido de un mercancías mientras estuvo secuestrada. Te veo en media hora —dijo antes de colgar.
Mark y Alyssa la miraban con curiosidad.
Rebecka cerró los ojos, respiró hondo y cogió una copia del mapa donde Alyssa había delimitado la zona en la que Peyton podía tener su escondite.
—Está bien, tenemos que buscar cualquier construcción de madera que se encuentre aquí —dijo levantando el mapa y señalando el círculo trazado—. Prioridad a los lugares aislados o abandonados que estén cerca de unas vías de tren.
Kilyan conducía por Main Street mientras los acontecimientos recientes no dejaban de cruzar por su mente. Si el doctor Rudy Marley les hubiera dado unos minutos más, estaba convencido de que habrían obtenido más información del lugar en el que Peyton había tenido cautiva a Sharon.
Golpeó el volante con impotencia. Tendría que conformarse con lo que tenían.
Considerando la zona acotada, no iba a ser como buscar una aguja en un pajar, pero llevaría su tiempo elegir los lugares en los que Peyton podría hallarse oculto para después ir descartándolos uno a uno.
Tendrían que hilar fino.
Kilyan pegó un frenazo que hizo rechinar las ruedas.
Casi se salta un semáforo en rojo, ganándose la mirada de reprobación de dos ancianas que cruzaban con lentitud el paso de cebra.
A esas horas de la mañana el tráfico era denso.
El conductor del carril derecho pisaba el acelerador en un afán de hacer ver a los demás que tenía prisa.
Era corpulento y lucía un poblado bigote negro que descansaba sobre dos finos y apretados labios.
Un ridículo sombrero de ala ancha, que parecía más bien propio de una fiesta de disfraces, culminaba la típica estampa que a Kilyan le venía a la cabeza cada vez que escuchaba a alguien decir la palabra garrulo.
No se dio cuenta de que el semáforo había cambiado de color hasta que los coches que tenía detrás hicieron sonar el claxon.
Por un momento sopesó la posibilidad de que Peyton estuviera en uno de esos vehículos, acechándolo.
Le perseguía la sensación de que cada vez que daban un paso, él ya estaba preparado para dar el siguiente.
Kilyan entró decidido al despacho de Ezra para proponerle un plan que les ayudara a encontrar a Peyton Tyson. Lo que no se esperaba era encontrarlo más nervioso que de costumbre y dispuesto a echarle por tierra la oportunidad de cogerlo desprevenido.
—Kilyan, la prensa ya está difundiendo que hay un psicópata suelto por Houston matando a sus anchas.
Arriba me están apretando para que dé un nombre y a la tarde tengo una reunión con el FBI para exponerles todo lo que tenemos y así puedan descartar que la persona que buscamos no se trate de un asesino en serie.
Quiero que entiendas que me veo en la obligación de hacer público que Peyton Tyson es nuestro principal sospechoso.
—No puedes hacer eso ahora, podríamos perderlo para siempre.
—¿Perderlo, por qué?, ¿no es él quien ha dejado los ojos de Michael Foster en el minibar de su habitación?
—Si difundimos su fotografía por prensa y televisión precipitaríamos su huida.
—No me jodas, Kil.
—Podemos hacer que circule su imagen en todas las comisarías, peajes, aeropuertos y estaciones de tren y autobús en un radio de doscientos kilómetros, pero no podemos permitir que esa información llegue a la prensa. Solo te pido un día.
Ezra torció el gesto.
—Te doy hasta mañana por la mañana.
Kilyan asintió.
Ezra gruñó.
—Escuchadme todos —comenzó a decir el jefe de policía—.
Como ya sabéis, Peyton Tyson se encuentra escondido en alguna parte y solo tenemos una oportunidad para dar con su madriguera.
Mark, Rebecka y Alyssa han delimitado la zona en veintisiete lugares e iremos registrando uno a uno en grupos de dos.
—No estoy de acuerdo. Sería una pérdida de tiempo.
—Me da igual, Kil. La experiencia no me permite dejar que vayáis solos.
Kilyan resopló disconforme.
—Podríamos repartir las zonas en grupos de dos y visitar cada lugar individualmente. De esa manera tendremos un compañero cerca por si se tuerce la cosa —propuso Alyssa.
Rebecka siempre había pensado que estaban desaprovechando a esa chica. Tenía madera de detective.
Ezra entrecerró los ojos con aire pensativo.
—Está bien, pero, si advertís el mínimo peligro, contactáis con vuestro compañero.
En el caso de que deis con el paradero de Peyton, lo comunicáis por radio.
También quiero que estemos todos al corriente cada vez que descartéis un lugar para así conocer vuestra posición y hacer un seguimiento de los lugares que hayáis visitado. No quiero héroes, ¿entendido?
—Entendido —dijeron Dennis y Bernard al unísono. El resto asintió con la cabeza.
—No olvidéis llevar los chalecos, lo más seguro es que vaya armado. Kilyan, tú irás con Pam, Bernad con Dennis y Rebecka con Carl. Vamos a cazar a ese hijo de puta —dijo Ezra sin estar del todo convencido del plan que acababan de trazar.