Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 64
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Jeff estaba cansado de aquel impertinente detective. No soportaba que le dijera continuamente lo que tenía que hacer.

—¿Señor Tyson? —preguntó con voz aguda a la vez que se rascaba la cabeza, incómodo con la situación.

Al no obtener respuesta, miró a Kilyan y se encogió de hombros, como queriendo decir: «¿Y ahora qué hacemos?».

Kilyan, sin pensárselo dos veces, señaló la cerradura con un movimiento de cabeza.

—¿En serio? —preguntó Jeff inseguro.

—Ábrala —ordenó Kilyan tajante.

Jeff farfulló algo ininteligible. Se sentía como si estuviera a punto de cometer un delito y deseaba con todas sus fuerzas que no hubiera nadie dentro. Llevaba poco tiempo trabajando en el hotel y tenía la impresión de estar reuniendo las suficientes papeletas como para ganarse un despido.

Con un suspiro de resignación, deslizó una tarjeta blanca con el logotipo del hotel por la cerradura electrónica que había sobre la manilla de la puerta. Esta emitió un breve sonido antes de abrirse.

—Espere, ¿qué hace? —susurró Jeff abriendo los ojos como platos al ver a Kilyan adelantarse empuñando un revólver.

Kilyan se detuvo de golpe y se giró hacia él con el ceño fruncido y el dedo índice en los labios.

Jeff asintió nervioso.

Una cama de matrimonio, una mesa de madera sobre la que descansaba un televisor de plasma y otra mesa contigua más pequeña con un teléfono y una elegante lámpara de metal dorado era lo único que Kilyan lograba ver desde su posición.

Al fondo de la habitación, una puerta corredera de cristal daba paso a una terraza.

Como parecía no haber nadie dentro, avanzó dejando atrás un cuarto de baño que parecía no haber sido usado recientemente.

Ni rastro de Peyton Tyson.

Kilyan encendió la luz.

—¿No hay nadie?

—Eso parece —contestó consiguiendo que Jeff se relajara un poco.

La cama estaba hecha y en el armario que quedaba a mano derecha soli había dos rellenos de almohada, un juego de sábanas y un par de toallas de baño del hotel.

Bajo la mesa que soportaba el televisor de plasma, había un pequeño minibar negro.

Un sobre de papel kraft que reposaba encima llamó su atención.

Kilyan guardó el revólver, se enfundó dos guantes que sacó de la chaqueta y se arrodilló para coger el sobre. Al darle la vuelta, había dos cruces dibujadas en los pliegues laterales del dorso.

—¿Qué es eso? —preguntó Jeff detrás de él.

—Salga de aquí.

—Creo que no debería…

—¡Ahora! —lo apremió Kilyan.

Cuando vio que Jeff retrocedía hacia el rellano, Kilyan abrió con sumo cuidado el sobre.

El interior estaba forrado en plata y contenía una tarjeta que asomaba amenazante.

La extrajo con delicadeza, como si estuviera manejando una cuchilla afilada.

En medio de la tarjeta había escrita una frase en color rojo y con una caligrafía precisa y elegante.

«… corazón que no siente»

Lo primero que le vino a la cabeza fue el osito Teddy que encontraron en el sótano de la casa de Mia. «Ojos que no ven…» pensó completando la frase.

Kilyan guardó la tarjeta en el sobre y comenzaron a acudir a su mente una pregunta tras otra: ¿cómo sabía Peyton que iban tras él?

, ¿por qué había decidido desvelar quién era con lo cuidadoso que había sido hasta el momento?

, ¿cuál sería su siguiente paso ahora que conocían su identidad?

y, ¿tenía algún sentido que el sobre se hallara sobre el minibar?

«Cuando creíamos tener todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas» pensó recordando la cita de Mario Benedetti.

—¿Tiene la llave? —preguntó a Jeff señalando el pequeño refrigerador negro.

El recepcionista se acercó y sacó un manojo de llaves que guardaba en el bolsillo.

—Solo quiero que lo abra, después vuelva a su posición.

Jeff hizo lo que le pidió y salió a regañadientes de la habitación.

El interior del minibar estaba vacío, a excepción de un frasco de cristal que se hallaba en la bandeja central. En cuanto vio su contenido, sacó el móvil y llamó a Ezra.

—Dime, Kil —contestó el jefe de policía antes del primer tono como si estuviese esperando su llamada.

—Peyton no está en su habitación y sabe que vamos tras él —dijo Kilyan sin poder apartar la vista de los dos globos oculares que flotaban en un líquido incoloro dentro del frasco.