Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 63
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Mark contrastó el rostro de cuatro de las niñas que aparecían jugando en el exterior del orfanato junto a Sharon y Elizabeth con la fotografía tomada en la entrada del edificio y buscó sus nombres en el dorso.

—¿Será suficiente para identificarlas? —preguntó Rebecka.

—Buscaré en la base de datos. Si hay más de un resultado, comprobaré si alguna de ellas estuvo en el orfanato.

Pasada media hora, Mark ya había recabado la información necesaria de tres niñas.

—Aquí tienes —dijo entregándole a Rebecka los informes—. Laura Golland, Nicole Russell y Juliette Hewson.

—¿No eran cuatro?

—Dina Eastman falleció a los veintiún años de una sobredosis de medicamentos. Tendrás que conformarte con tres.

—Está bien. Gracias, Mark. A ver si consigo algo con esto —dijo agitando los folios—. Avísame cuando tengas las grabaciones del centro comercial.

Una vez en casa, Rebecka se dio una ducha, se puso ropa cómoda y comió una ensalada de aguacate y frutas seguida de un batido de kiwi, lima y granada que aún conservaba en la nevera. Después cogió los informes y se sentó en el sofá en posición sukhasana.

«Tres infancias marcadas por el abandono y la soledad», pensó Rebecka mientras los ojeaba.

Le alegró comprobar que no todas acabasen como Dina Eastman: Laura se ganaba la vida de dietista en Northside Village, Nicole era administrativa en Denver y Juliette trabajaba de camarera en un restaurante de Norhill.

Decidió comenzar con Laura, la niña rubia con dos coletas que en la actualidad lucía una larga y morena melena, pero al cuarto tono saltó el buzón de voz invitándola a dejar un mensaje.

—Veamos si hay más suerte con Juliette Hewson —dijo en voz alta mientras marcaba el número.

—¿Quién es? —protestó alguien al otro lado de la línea en el momento en que Rebecka se disponía a cortar la llamada al ver que tardaban en contestar.

—Hola, ¿Juliette Hewson?

—Ya no vive aquí, ¿quién llama?

—Soy Rebecka Pennino, de la Policía de Houston, ¿conoce a Juliette Hewson?

—Es mi hija, ¿se puede saber qué ha hecho para que tenga que llamar la policía a mi casa?

Rebecka supuso que se trataba de su madre adoptiva.

—No se preocupe, Juliette no ha hecho nada, solo queremos hacerle unas preguntas sobre su estancia en el orfanato. ¿Sabe cómo podría contactar con ella?

—No. Hace tiempo que no sé nada de mi hija. Supongo que estará en algún tugurio de mala muerte sirviendo copas.

«Buscándose la vida», pensó Rebecka.

—De acuerdo, gracias y perdone las molestias —dijo antes de colgar viendo que no iba a sacar nada en claro con aquella mujer.

Solo le quedaba Nicole. Rebecka llamó a la niña pelirroja que ahora ejercía de administrativa en un pequeño bufete de Denver.

—¿Diga? —contestó una voz aguda que denotaba impaciencia.

—¿Nicole Russell?

—¡Es para mí! —Oyó gritar al otro lado de la línea—. Perdone, ¿quién es?

—Soy Rebecka Pennino, de la Policía de Houston.

—Oh, Dios mío, ¿le ha pasado algo a Callie? No debí dejarla ir a...

—Espere Nicole, escúcheme —se apresuró a decir al notar que se alteraba—, solo quería hacerle unas preguntas de su estancia en el orfanato Niños con Esperanza, ¿la pillo en un buen momento?

—¡Gracias a Dios! Sí, bueno, ¿de qué se trata? —preguntó intentando tranquilizarse.

—Estamos investigando la desaparición de una persona que, por lo visto, pasó una temporada en el mismo orfanato que usted. Se llama Elías, ¿le dice algo ese nombre?

—Elías… sí, me acuerdo de él. De hecho, recuerdo bastante bien esa época. No es que tenga muy buenos recuerdos, pero tampoco es que tenga otros.

—Verá, estamos revisando un caso no resuelto de hace diecisiete años donde unos padres denunciaron la desaparición de su hijo y hemos encontrado pruebas de que ese niño podría tratarse de Elías —mintió Rebecka.

—Oh, vaya, la verdad es que no sé qué habrá sido de él, solo puedo decirle que desapareció de la noche a la mañana. Era un tanto solitario y apenas hablaba con nadie.

—¿No jugaba o se relacionaba con otros niños?

—Al principio siempre andaba solo. Le gustaba estar sobre todo en la zona de los columpios, hasta que un día, como quien no quiere la cosa, comenzó a acercarse a mi grupo.

Se rumoreaba que le gustaba una de nosotras y dejamos que se quedara.

Por la forma en que la miraba, era evidente que le gustaba Sharon —dijo bajando la voz, como si estuviera contándole una confidencia a una amiga—.

A todas nos hacía gracia que un chico jugara con nosotras, era algo novedoso, lo malo es que el pobre acabó convirtiéndose en el centro de las burlas de, por decirlo de alguna manera, la jefa del grupo.

Lo ponía en evidencia cada vez que tenía oportunidad.

—¿Recuerda el nombre de esa chica?

—Por supuesto, se llamaba Elizabeth. Era la mayor del grupo. Guapa, lista y con mucha personalidad. Todas queríamos tenerla a nuestro lado, porque lo contrario significaba no ser popular.

Rebecka notó que Nicole tapaba el auricular torpemente con la mano.

—¿Quieres esperar un momento? ¡Estoy hablando con la policía!

Ahora no, luego me cuentas —oyó que gritaba a alguien—.

Perdone, ¿qué le estaba diciendo? Ah, sí, resultó que Elizabeth la tomó con Elías y le hizo objeto de sus constantes burlas.

Como era de esperar, hubo un momento en que Elías tomó la decisión de dejar de venir con nosotras, pero, aun así, Elizabeth continuó metiéndose con él en las horas de patio.

El resto de nosotras, para agradarla a ella más que por otra cosa, a menudo le seguíamos el juego y nos reíamos de las pesadas bromas que le gastaba, a pesar de que no tuvieran ninguna gracia.

Ya sabe cómo somos los niños a esas edades.

«Sí que lo sé», pensó Rebecka al recordar que debido a burlas como aquellas acabó con una soga al cuello al igual que Elizabeth, pero, al parecer, por motivos totalmente opuestos.

—Una última pregunta, ¿podría decirme a qué jugaban con Elías antes de que decidiera abandonar su grupo?

—A juegos de aquella época: el juego del pañuelo, el escondite, el pillapilla, la gallinita ciega, pío, pío… que yo no he sido…

—Está bien, creo que eso es todo —dijo Rebecka haciendo un par de anotaciones en la ficha de Nicole.

—¿Hemos terminado?

—Sí, gracias por su tiempo, ha sido de gran ayuda.

Nicole, sin saberlo, acababa de trazarle los motivos por los que Peyton había decidido acabar con la vida de Elizabeth y Sharon años después de su estancia en el orfanato.

Las piezas comenzaban a encajar.