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Jesús Rodríguez entró en la fría sala de autopsias, donde el médico forense Roy Palenic lo esperaba rodeado de un profundo silencio que tan solo la compañía de la muerte podía provocar.
—Hola, Jesús. Si quieres, comenzamos —dijo Roy embutido en su bata blanca junto a tres camillas cubiertas por una sábana del mismo color.
Jesús asintió de mala gana con un gruñido.
Sabía que podía leer el informe de las autopsias como hacía la mayoría de sus compañeros y así evitar el mal trago que suponía bajar allí, pero aquellas visitas a Roy le habían ayudado en más de un caso.
Una vez averiguó el tiempo que llevaba una víctima de raza oriental tras recibir un disparo en la sien detrás del mostrador de una tienda de ultramarinos en Kingsdale, o cómo descubrió la posible herida que causó la muerte de una mujer que había sido violada y escondida en los arbustos de una zona residencial de Parkside Place.
A veces era crucial el tiempo de respuesta para resolver un caso en la escena de un crimen.
«Si quieres atrapar al asesino, primero tienes que aprender a entender a los muertos», le dijo Roy Palenic la primera vez que lo visitó.
—Comenzaremos por Peter Gilmore —comentó mientras retiraba la sábana que cubría el cadáver a la altura de los hombros—.
Le seccionaron la cabeza a nivel del cuello con un instrumento cortante de mucho filo.
Tras haber realizado un análisis de morfología de las lesiones óseas, diría que han utilizado un cuchillo largo y con la hoja curva, tipo machete.
—Aún no hemos encontrado el arma homicida, está bien saberlo, ¿algo más?
—En el análisis toxicológico hemos identificado restos de toxina botulínica.
—Jesús miró a Roy levantando las cejas—.
Se trata de una neurotoxina que produce parálisis muscular y se aprovecha para tratar ciertas enfermedades neurológicas que cursan con una hiperactividad muscular.
En una persona, solo con la ingesta de un nanogramo de la toxina botulínica de tipo A, sería letal.
El inspector escuchaba las explicaciones de Roy con un rictus desagradable en la comisura de los labios mientras intentaba prestar la menor atención posible al cuello desmembrado del doctor Gilmore.
—¿Lo envenenaron antes de cortarle la cabeza?
—Es lo más probable. Hablando de la cabeza…
—Espera, ni se te ocurra enseñármela. En esta ocasión creo que me bastará con escuchar tu análisis.
—Como quieras. Solo puedo decirte que había una fractura craneal en la parte externa parietal, justo aquí, provocada por un objeto contundente —dijo tocándole a Jesús la parte izquierda de la nuca a la altura de la oreja—, así como un fuerte golpe en la mejilla derecha.
—¿Eso quiere decir algo? —preguntó el inspector sin saber a dónde quería ir a parar.
—La dirección de los golpes indica que el atacante era zurdo.
Jesús pensó que ese dato podría confirmar la teoría de Bernard. Si Sharon era diestra, podría ser inocente.
—¿Causa de la muerte? —preguntó apartándose de un soplido el flequillo de la cara.
—El corte en el cuello. Falleció en el momento de la decapitación.
—¡Santo Dios! —exclamó pasándose la mano por el rostro para intentar borrar la imagen que se le acababa de cruzar por la cabeza.
A pesar de los muchos asesinatos que le había tocado investigar a lo largo de su carrera, no alcanzaba a ver los límites de la oscuridad interior que albergaba el ser humano.
—Dime que los niños no murieron así, por favor.
—No —dijo Roy torciendo el gesto—. En el organismo de los niños había restos de tiopentato de sodio, así como una alta dosis de toxina botulínica.
El tiopentato de sodio se emplea generalmente como anestésico y disminuye el metabolismo cerebral, el flujo sanguíneo cerebral y la presión intracraneal.
—¿Los anestesiaron?
—Sí, pero me temo que ya estaban despiertos cuando fueron envenenados vía intravenosa.
Tienen la marca del pinchazo en el antebrazo.
—Roy señaló las dos pequeñas camillas—. En el caso de los chicos la decapitación se produjo post mortem .
Siento decirte que lo más seguro es que hubieran preferido morir de la misma forma en que lo hizo su padre.
Al menos a Peter Gilmore le ahorraron parte del sufrimiento seccionándole la cabeza antes de morir de una parálisis respiratoria —explicó levantando los hombros como si estuviera sacando conclusiones de la escena de una película.
Jesús Rodríguez abandonó las instalaciones del Servicio Médico Forense y contuvo una náusea que le subía por la garganta por tercera vez desde que entró en la sala de autopsias.
Tras cerrar los ojos y respirar hondo el aire fresco de la tarde, decidió llamar a Bernard para ponerlo al corriente.
Empezaba a ver claro que una mujer de metro sesenta y cinco y unos sesenta kilos no podía haber perpetrado semejante carnicería.