Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 61
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Kilyan aparcó frente al imponente edificio de Downtown Houston donde Rebecka lo esperaba impaciente al otro lado de la calzada.

—¿Has hablado con Ezra? —Quiso saber tras cruzar a toda prisa la carretera y ganarse la queja de algún que otro coche.

—Aún no, te estaba esperando. ¿Era él?

—Sí, pero Nataly lo niega.

—¿Y la crees?

—No, pero ella sí parece creerlo.

Rebecka torció el gesto.

—Será mejor que entremos.

Ezra tamborileaba impaciente con los dedos sobre la mesa del escritorio y dejó de hacerlo en cuanto vio asomar a Mark cargando un portátil y un portafolios de piel.

—Perdón —se disculpó cerrando la puerta de un puntapié.

—Bien, ya estamos todos. Por lo que tengo entendido esto se está poniendo interesante —comentó Ezra extendiendo los brazos.

Rebecka tomó la palabra.

—Así es. Vamos a mostraros tres fotografías del orfanato Niños con Esperanza pertenecientes a la época en la que Elizabeth Rush y Sharon Fisher coincidieron en el centro.

Mientras Rebecka exponía lo que había averiguado en el orfanato, Mark aprovechó para colocar el portátil en el escritorio de Ezra.

Movió el dedo de izquierda a derecha por el panel táctil del teclado y la pantalla cobró vida mostrando la primera de las tres imágenes a las que había hecho referencia Rebecka.

—Aquí podéis ver a Elizabeth y a Sharon junto al resto de sus compañeras de aula en la entrada del edificio. La niña que está con la cabeza gacha en la segunda fila es Sharon y la que se encuentra a su lado mirando hacia la derecha es Elizabeth.

Kilyan barrió la pantalla en busca del niño del tobogán.

—En la siguiente imagen —continuó Rebecka mientras Mark hacía que apareciese en pantalla—, podemos ver al mismo grupo de niñas, pero en esta ocasión en el aula.

La mirada de Ezra oscilaba entre la pantalla del portátil y Rebecka. Tenía cara de póker al no comprender la importancia que tenían para ella esas fotografías. Ya sabían que Elizabeth y Sharon habían coincidido en el orfanato y aquellas imágenes tan solo lo confirmaban.

—¿No había niños en esa aula? —Quiso saber Kilyan.

—No, por aquel entonces no habían implantado aún las aulas mixtas —contestó Rebecka.

Como no hubo más comentarios, continuó—.

La tercera y última imagen fue tomada en el exterior del edificio.

Varios niños, entre los que podemos ver de nuevo a Elizabeth y Sharon, se divierten jugando por los amplios jardines del orfanato.

Si nos fijamos en los columpios que hay al fondo de la imagen —Mark pulsó el ratón y la zona que comentaba Rebecka quedó ampliada en pantalla—, hay un niño acurrucado bajo la estructura del tobogán.

Según Renata, ese niño fue acogido por Ramsey, la anterior directora del centro, y pasó cerca de un año en el orfanato.

—¿Sabemos su nombre? —preguntó Bernard.

—No. Nunca dijo ni cómo se llamaba ni de dónde venía. Ramsey decidió llamarlo Elías.

—Eso que hicieron, ¿es legal?

—Lo dudo, jefe, pero parece ser que el hecho de haber dado cobijo a un niño de unos diez años, que en caso contrario podría estar malviviendo en la calle, fue suficiente para que pensaran que habían actuado de forma correcta.

—Ese niño…

—Es Peyton Tyson —dijo Kilyan concluyendo la frase que había comenzado Ezra.

—¡No me jodas! —soltó el jefe de policía al no verlo venir.

—Esta es una fotografía en donde aparece Nataly junto a Peyton y su hermana.

Aquí debería tener unos quince años —Kilyan mostró la instantánea que le había dado Nataly.

Empezaba a notar cómo fluía la adrenalina en el ambiente—.

El caso es que, después de enseñarle la imagen a Nataly, ella asegura que ese niño no es Peyton.

Dice no conocer la ropa que lleva puesta y también niega que haya pisado alguna vez ese orfanato, y menos aún durante un periodo de tiempo tan largo.

—La ropa podrían habérsela dejado allí —comentó Rebecka.

—Tampoco podemos fiarnos de ella. Al fin y al cabo, es su hijo y podría estar encubriéndolo —propuso Ezra.

—Aún hay un dato importante que no os he contado. Nataly me confesó que Peyton no es hijo suyo, sino de Mia.

Durante unos segundos el silencio se instaló en el despacho.

—¡Joder! —susurró Ezra negando con la cabeza—. Será mejor que ordene que lo detengan.

—¡Lo tenemos! —dijo Bernard que hasta ese momento había estado escuchando boquiabierto.

—No, esperad. Aún no tenemos nada. Necesitamos al menos una prueba sólida.

—O una confesión —intervino Rebecka.

—Si no la conseguimos y sospecha que vamos tras él, podría intentar huir —dijo Ezra mientras se rascaba la coronilla.

—Será un riesgo que tendremos que correr, pero hay que actuar pronto. Nataly podría intentar ponerse en contacto con él.

—¿Sigue en el hotel? —Quiso saber Kilyan.

—Sí, al parecer no ha salido de allí desde que volvió del funeral —contestó Ezra—. Su coche continúa en el aparcamiento.

—Voy para allá. Quiero asegurarme de que así sea.

—Está bien. Carl ha aparcado a escasos metros de su coche y Murray se encuentra en una de las mesas que hay en la zona de recepción. El encargado del hotel nos dará el aviso en caso de que Peyton abandone su habitación. Bernard, ¿algo acerca de las autopsias de Peter Gilmore y sus hijos?

—Hoy tendremos los resultados.

—¿Y sabemos algo de Sharon?

—De momento sigue en coma inducido.

—De acuerdo. Rebecka, mira a ver si puedes ponerte en contacto con alguna de las chicas que compartieron aula junto a Elizabeth y Sharon. Merece la pena comprobar si se acuerdan de algo. Pregúntales por ese tal Elías, pero no desveles nada del caso.

—Veré lo que puedo hacer.

—También quiero que compruebes la coartada de Peyton el día que asesinaron a Michael Foster.

Echa un vistazo en The Galleria. Ese centro comercial está plagado de cámaras de seguridad.

Que te ayuden Mark y Alyssa. Ah, y también quiero que comprobéis dónde vive, si es cierto que está en el paro y sus rutinas.

—¿Hablamos con su mujer? —preguntó Bernard.

—De momento no. Desconocemos si está al tanto de las actividades de Peyton, ¡en marcha, chicos! —exclamó Ezra, dando por terminada la reunión.

Kilyan tomó la I10 W en dirección San Antonio. Hacía rato que el estómago se empeñaba en recordarle que llevaba varias horas en ayunas y terminó comiéndose un sándwich caducado que llevaba en la guantera para no perder el tiempo estacionando en un Starbucks.

No hacía más que preguntarse si Nataly habría alertado a Peyton sobre sus sospechas. También temía que pudiera convertirse en una víctima potencial dentro de los planes de su sobrino. Al fin y al cabo, había sido la responsable de su futuro desde el mismo día de su nacimiento.

También le daba vueltas a quién podría ser el padre.

En el caso de que se tratara de Bud Delaney, ¿por qué matar a Michael Foster?

, y en el caso de que fuera Michael, ¿por qué matar a Bud?

Tampoco entendía el significado de la forma en que habían sido asesinados.

A Michael le arrancaron los ojos y a Bud lo dejaron eunuco para acabar siendo devorado por Mia, quien años atrás había interpuesto una denuncia al motero por agresión sexual que más tarde retiró.

Aún quedaban piezas por encajar y para ello necesitaban al menos una prueba inculpatoria contra Peyton.

Si no, no veía otra manera de poder arrancarle una confesión.

Empezaba a oscurecer mientras un manto de neblina cubría las calles atestadas de gente que en su mayoría salía del trabajo.

El frío y las nubes negras que se cernían sobre la ciudad anunciaban el final del otoño y las primeras decoraciones navideñas comenzaban a asomar en varias de las casas y escaparates de Post Oak Boulevard.

Kilyan dejó su Audi A7 en el aparcamiento del hotel.

No le costó ver el Ford Focus de Carl aparcado a escasos metros de donde lo había hecho él.

Se palpó a la altura de las costillas y comprobó que el arma seguía en su sitio.

Una vez dio la vuelta al complejo, cruzó por la puerta principal y entró en un suntuoso vestíbulo, donde un imponente techo de cristal curvo lo iluminaba durante el día confiriéndole una sensación de amplitud y elegancia.

Kilyan se acercó a la zona de recepción en la que un señor que debía rondar la cincuentena aguardaba tras un robusto mostrador de color caoba.

—Detective Kilyan Kil, de la Policía de Houston. Quería comprobar si Peyton Tyson continúa en su habitación.

—Buenas tardes —saludó el recepcionista de piel canela y acento sureño—, tengo órdenes de avisar a mis superiores en el caso de que el huésped en cuestión abandone el hotel y, como puede ver —dijo señalando el hueco donde deberían estar las llaves de la puerta—, el señor Tyson sigue en su habitación.

—Quisiera asegurarme de ello.

—¿Necesita que suba a comprobarlo?

—No hace falta —dijo Kilyan señalando el teléfono con la cabeza—, me basta con que le diga que una persona insiste en hablar con su habitación por la otra línea. Si acepta, haga como que se ha cortado la llamada.

El recepcionista dudó un instante antes de coger el teléfono y marcar la extensión del hotel seguido del número de habitación en el que se alojaba Peyton. Se encogió de hombros al ver que no respondían.

—No contesta. Quizás esté durmiendo o haya decidido darse una ducha.

—Vuelva a intentarlo —lo instó Kilyan.

El hombre, cuya cabeza le llegaba al detective a la altura de los hombros, asintió y volvió a llevarse el auricular a la oreja.

—Sigue sin responder.

—¿Podría subir a echar un vistazo?

—No sé si debería, señor —contestó el hombre a la vez que se rascaba el cuello intranquilo.

—No se preocupe, iré con usted. Solo quiero comprobar que su huésped se encuentra bien —dijo Kilyan resuelto—.

Tenemos motivos para pensar que Peyton Tyson pueda haber decidido quitarse la vida en este hotel.

Si es así, le prometo que actuaremos con la mayor discreción posible.

De lo contrario tendré que pedir una orden y, en el caso de que el desenlace sea el que ni usted ni yo deseamos, me veré obligado a declarar que no quiso colaborar con la policía.

No creo que sea de su agrado ver salpicada la buena imagen de este hotel con un suceso semejante, y ya sabe cómo es la prensa.

El recepcionista, nervioso por no saber qué decisión tomar, se llevó una mano a la frente para secarse el sudor.

—Será mejor que llame a mi jefe —dijo finalmente.

—No hace falta, señor...

—Kole, Jeff Kole.

—Tan solo subiremos, echaremos un vistazo y, si todo está en orden, usted regresará a su trabajo y yo me marcharé por donde he venido. Será un gesto que nunca olvidaré, señor Kole.

—Está bien —dijo dándose por vencido—. Haga el favor de seguirme.