Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 60
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Nataly apartó una lágrima que asomaba por sus ojos azules con mano temblorosa.

Era la primera vez que revelaba el secreto que tanto tiempo llevaba guardando y, de alguna manera, sintió que se quitaba un gran peso de encima.

Después de ordenar su mente, respiró hondo y se irguió recuperando la compostura.

Kilyan esperaba expectante a que aquella mujer rubia de rasgos finos y perfilados, aunque muy marcados, se explicara. Se había visto en situaciones similares en más de una ocasión y sabía que tras una confesión el sujeto solía desmoronarse y terminaba contándolo todo con pelos y señales.

Solo esperaba que en esta ocasión no fuera diferente.

—Llevaba casi dos años sin hablar con mi hermana cuando una noche me llamó borracha para contarme que se había quedado embarazada.

Supongo que tenía sus amistades —dijo haciendo el gesto de las comillas con los dedos—, pero dudo que alguna de ellas estuviese en disposición de prestarle ayuda, ya sabe: yonquis, camellos, estríperes, borrachos…

Aquella vez le dije que no era problema mío y que iba siendo hora de que madurase.

Después de ese primer contacto llamó en más ocasiones, pero no volví a coger el teléfono.

Aunque piense lo contrario, quería a Mia con toda mi alma, solo que fueron tantas las veces que me había mentido y había jugado con mis sentimientos que perdí toda esperanza de poder recuperar a la hermana que perdí en plena adolescencia.

Nataly cerró brevemente los ojos y respiró hondo.

—Al cabo de tres meses se plantó en la puerta de mi casa —continuó—.

Tenía una tripa enorme y había descuidado su aspecto una barbaridad.

Lo recuerdo como si fuera ayer —dijo Nataly negando con la cabeza—.

Se presentó despeinada y vestía una camisa holgada a cuadros con unas mallas verdes y sandalias de plataforma.

No sé si fue la expresión de su cara, en lo que se había convertido o la vida que llevaba en su interior, pero en esta ocasión la dejé pasar y me comprometí a ayudarla el tiempo que le quedase de embarazo, eso sí, con la condición de que tenía que dejar el alcohol y el consumo de cualquier tipo de sustancias desde ese preciso momento.

Esa noche se quedó a dormir en mi casa y el mes siguiente se esforzó por llevar una vida medianamente normal.

Cuando salía de trabajar, solía hacerle una visita por las tardes para comprobar que todo iba bien y otras veces era ella quien venía a cenar aquí conmigo.

No hablábamos mucho, pero el simple hecho de estar juntas en una mesa sin discutir era lo más cerca que había estado de mi hermana en mucho tiempo.

Nataly desvió la mirada hacia el techo, suspiró y continuó hablando.

—Todo se torció tres meses antes de que diera a luz —dijo frotándose el antebrazo—.

Esa tarde fui a su casa y, tras llamar varias veces a la puerta, entré con la llave que me prestó el día que decidí apoyarla con el embarazo.

Llevaba unos días sin verla por motivos de trabajo, pero no habíamos dejado de hablar por teléfono al menos una vez al día.

En cuanto abrí la puerta el olor a alcohol me golpeó como una bofetada.

No lo vi venir. Noté que algo dentro de mí se vaciaba dejándome sin fuerzas.

La sala de estar se encontraba patas arriba, con botellas de alcohol y restos de comida rápida por toda la habitación.

Era evidente que había recaído y mi primer impulso fue darme la vuelta y marcharme en ese preciso instante sin querer saber nada más de ella.

—Nataly se llevó la mano al vientre—. Sin embargo, Mia iba a traer una criatura a este mundo que no tenía la culpa de la vida que su madre había decidido llevar, y yo no iba a permitir que mi sobrino creciera en esas condiciones, así que decidí hacer de tripas corazón y continué mirando el resto de las habitaciones.

»Después de buscar en su cuarto y en la cocina, la encontré desnuda en la bañera, abrazada a una botella de vodka .

Lo primero que hizo fue mirarme, ladear la cabeza y decirme sonriendo que lo sentía, como si fuera una niña a la que hubiese pillado haciendo una travesura.

Recuerdo su enorme barriga asomando entre la espuma de la bañera.

Lo único que pude decirle en ese momento fue que tenía dos opciones: o entregar el niño a servicios sociales nada más dar a luz, o dejar que yo me encargara de criarlo.

»Como a Mia solo le quedaban tres meses de gestación, decidí urdir un plan —continuó Nataly—.

Empecé a alimentarme con comida basura y a atiborrarme de dulces.

Cuando ya lucía varios kilos de más, dejé caer en el trabajo a tres personas de confianza que estaba embarazada y poco tiempo después me puse un vientre de embarazo falso que compré por internet.

Creo que causó efecto. Pasado el tiempo recibí la llamada que tanto esperaba de mi hermana, anunciando que había tenido un niño precioso, como si no hubiera pasado nada entre nosotras.

Era algo muy propio en ella. Por lo visto, había dado a luz en casa con la ayuda de uno de sus amigos.

Imagínese el panorama. Yo, por supuesto, no dije nada, corté la llamada y fui a verla.

Después de una tensa conversación, donde llegué a amenazarla con llamar a servicios sociales en ese preciso momento, cogí a Peyton y lo traje aquí conmigo.

Gracias a mi empleo, conseguí que fuera legalmente hijo mío y, a partir de entonces, comencé otro tira y afloja con mi hermana para que ella pudiera verlo siempre y cuando no hubiese bebido y estuviese en plenas facultades para hacerlo.

—¿Y fu así? —preguntó Kilyan.

—Como ya le he comentado antes, pasado un tiempo dejé que mi hermana se quedara alguna vez con Peyton, pero esa situación duró lo que duró por las razones que ya conoce. Desde entonces no he vuelto a tener contacto con ella.

El cerebro de Kilyan no dejaba de funcionar a mil por hora mientras escuchaba el relato de Nataly.

—Según usted, Peyton estuvo un verano en casa de su hermana y posteriormente en dos ocasiones más. ¿Sabe si mantuvieron algún contacto después?

Nataly no contestó de inmediato y sostuvo la mirada a Kilyan.

—Sí —dijo finalmente como si temiera que el detective pudiese leer sus pensamientos—.

Mia se presentó ebria frente a la puerta de mi casa en varias ocasiones.

Me suplicaba entre gritos e insultos que le dejase ver a Peyton.

Yo me quedaba callada detrás de la puerta hasta que se cansaba de montar el espectáculo y decidía marcharse.

Peyton subía a su habitación y ponía la música muy alta para no tener que oírla.

—¿Alguna vez le confesó Mia quién era el padre?

Nataly negó lentamente con la cabeza.

—Está bien, ahora quiero que haga un esfuerzo y me diga si recuerda haber coincidido con esta persona.

Kilyan mostró a Nataly la fotografía en la que su hermana aparecía con un cigarrillo en los labios junto a Bud Delaney.

—Un momento, este es el motero que me enseñó la otra vez, ¿de dónde la ha sacado? —preguntó Nataly cogiendo la fotografía.

—Necesito que me diga si ha visto alguna vez a este hombre, Nataly. Podría ser importante.

—No. Como ya le dije, no lo había visto nunca. ¿Cree que podría ser el padre de Peyton?

Kilyan se encogió de hombros. Eran dudas que le empezaban a asaltar desde que Nataly le había dicho que Peyton no era hijo suyo.

—¿Qué puede decirme de esta otra persona? —preguntó enseñándole una fotografía de Michael Foster desde el móvil.

—A este sí que lo conozco. No sé su nombre, pero lo vi salir un par de veces de casa de mi hermana en una época en la que parecía tener la bebida bajo control. ¿Quién es?

—Se llama Michael Foster y ha sido el jefe de Mia durante muchos años. Apareció muerto la noche de ayer en el club donde trabajaba su hermana.

—Un momento, no estará pensando que Peyton ha podido tener algo que ver con todas esas muertes, ¿verdad?

—Simplemente intento descartar su implicación en el caso. Digamos que el hallazgo del sótano en casa de su hermana y averiguar que Peyton es su hijo, ha hecho que me replantee su papel en toda esta historia —contestó Kilyan por no decir que lo que había hecho era reforzar sus sospechas hacia él.

—Por Dios, detective. ¡Peyton nunca haría algo así! Siempre ha sido un buen chico y jamás se ha visto involucrado en una pelea...

—¿Por qué se fue a Sacramento? —la interrumpió Kilyan.

Nataly lo miró con recelo, como si él supiese lo que iba a responder antes incluso de hacer la pregunta, aunque la realidad no fuera así.

—Cuando dejé de pasarle dinero a Mia, ella le confesó a Peyton que yo no era su madre e inmediatamente vino a pedirme explicaciones.

Como comprenderá, tuve que contarle la verdad y no se lo tomó nada bien.

Estuvo un tiempo sin dirigirme la palabra y ya no volvimos a tener la misma relación que antes.

En cuanto cumplió la mayoría de edad alquiló una casa en Sacramento y se quedó a vivir allí.

Desde entonces nos hablamos lo justo. Creo que si no hubiera sido porque le he estado llamando todos estos años para felicitarle en el cumpleaños o simplemente para ver qué tal le iba la vida, no habría vuelto a saber nada más de él.

—¿Cómo sabe que Peyton no ha vuelto a tener contacto con su hermana?

—Si conmigo apenas tiene contacto, imagínese con Mia. Peyton no entendía cómo una madre podía anteponer el alcohol, la noche y las drogas a hacerse cargo de su propio hijo.

El teléfono de Kilyan comenzó a sonar. Al comprobar que era Rebecka hizo un gesto con la mano a Nataly a modo de disculpa y aceptó la llamada.

—Dime.

—Kil, mira la foto que te acabo de enviar por correo, luego hablamos.

Rebecka cortó la llamada sin decir nada más.

Kilyan, incómodo por haber tenido que interrumpir su conversación con Nataly, abrió el email que le había enviado y pinchó uno de los dos archivos adjuntos.

Una imagen ocupó la pantalla completa de su smartphone .

En ella, dos niñas saltaban a la comba con la ayuda de una mujer que sujetaba uno de los extremos de la cuerda, otras niñas parecían estar jugando al pillapilla y, al fondo de la imagen, un grupo de niños se divertía en unos columpios con una estructura de escalada y un tobogán gigante.

Kilyan cerró la imagen y abrió el segundo archivo.

En esta ocasión, la imagen que cubrió la pantalla del móvil mostraba a un niño que se encontraba bajo la estructura del tobogán de la primera fotografía.

Su primera reacción fue desviar la mirada hacia la fotografía que Nataly tenía en la librería.

—¿Ocurre algo, detective?

—Señora Tyson, ¿conoce la vida que lleva su hijo desde que se fue a vivir a Sacramento?

—Sí, claro —dijo confusa—, vive en la zona de Midtown con su mujer y trabaja en una agencia de transportes.

—No quiero que me diga lo que le ha podido contar por teléfono. Quiero que me diga si conoce la vida que lleva su hijo desde que no vive aquí con usted. ¿Ha ido a visitarle?, ¿conoce a su mujer?, ¿sabe a dónde suele ir a veranear o si tiene un perro?

Nataly se encogió de hombros, cansada.

—¿Qué quiere de mí, detective? Le he contado todo cuanto sé.

Kilyan mostró la pantalla del móvil a Nataly para que pudiera ver la imagen que le había enviado Rebecka.

Nataly frunció el ceño y cogió el móvil para verla más de cerca.

Se quedó un rato observándola y a Kilyan le dio la impresión de que escrutaba la imagen en busca de una fisura que desmintiese lo que ella era incapaz de afirmar.

—Se lo que quiere insinuar, pero este no es Peyton —dijo con rotundidad devolviéndole el teléfono.