Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 59
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Habían pasado cuatro años desde que comenzó a planearlo todo y apenas un mes desde que lo puso en marcha.

Era consciente de que la policía le andaba pisando los talones, pero estaba tranquilo porque, a pesar de todo, continuaba llevándolos cierta ventaja.

Se pellizcó el brazo al recordar la ocasión en la que casi acaba con los detectives que parecían estar a cargo de la investigación.

Se habían puesto a registrar la casa antes de lo previsto y tuvo que improvisar sobre la marcha.

Lástima que salieran airosos del incendio.

Se prometió que, si volvía a cruzarse con ellos, se aseguraría de verlos exhalar su último aliento.

Sentado en una vieja silla, contempló la cama que hasta hacía bien poco había ocupado Sharon Fisher.

Según la prensa, se encontraba ingresada en el Hospital Central de Houston en estado de coma.

Tuvo el impulso de ir allí para terminar lo que había empezado, pero cambió de opinión al leer el artículo completo y comprobar que su situación era crítica.

Se dijo que no merecía la pena arriesgar tanto cuando quedaba tan poco para el final.

Lo más probable era que si, fuera de todo pronóstico, Sharon despertaba, él ya habría desaparecido.

Además, si a Sharon le dieran la opción de dejar de respirar o afrontar la realidad que le esperaba, estaba seguro de que continuar en este mundo sería el último de sus deseos.

Mientras pensaba en ella, había estado apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le habían clavado en la piel.

La sangre resbalaba por sus muñecas y goteaba sobre las tablillas del suelo.

Al abrir los puños, observó con curiosidad los surcos en las palmas de las manos.

Una de ellas parecía el fiel reflejo de la otra.

Sus líneas y arrugas eran prácticamente iguales, como obras de un delineante experimentado.

Lo único que aparentemente las hacía diferentes era la sangre que emanaba de ellas.

Con paciencia y dedicación dibujó una cruz ensangrentada con el dedo índice en una de las palmas y después hizo lo propio en la otra. A continuación, se tapó los ojos con ambas manos y las retiró tras cinco segundos. Se miró en el espejo que tenía enfrente.

—Aunque a veces dos cosas nos parezcan idénticas, si las miramos con detenimiento, nos daremos cuenta de que estamos equivocados —dijo con los ojos manchados de sangre en forma de dos cruces—.

Tan solo se trata de los ojos con los que se mira o simplemente de lo que uno quiere llegar a ver por ellos.

El hombre de la máscara hablaba despacio y con seguridad mientras se observaba en el espejo.

—Bueno, ahora al menos veo lo que me apetece —esta última frase la dijo arrastrando las palabras en un susurro y con un deje de rabia al pronunciarlas.

A su espalda, una figura no dejaba de retorcerse en el suelo. Tenía los pies atados a las manos por la espalda. Se quejaba con desesperación, emitiendo ruidos sordos bajo un trapo verde y sucio que llevaba metido en la boca.

Molesto, el hombre de la máscara lo fulminó con una mirada de desprecio.

—Si no te estás quieto, conseguirás que me enfade —advirtió en tono de aburrimiento.

A esas alturas imaginaba que la policía ya habría visitado el orfanato.

Solo tenían que haber comparado las pintadas que hizo en las casas de Sharon y Elizabeth para llegar a la conclusión de que las había realizado la misma persona.

Después bastaba con hurgar un poco en la vida de ellas para comprobar que pasaron parte de su infancia allí.

Lo que no les iba a resultar tan fácil era encontrar rastro de él en lo que había sido su segunda cárcel durante casi un año y donde no había hecho otra cosa que recibir mofas, humillaciones e indiferencia.

A lo largo de su vida nunca se había encontrado con nadie que le tendiera una mano.

Por una parte, estaban quienes le hacían la vida imposible y, por otra, quienes se mostraban impasibles ante lo que le ocurría.

Mia y Elizabeth pertenecían al primer grupo, mientras que Sharon y Michael al segundo.

Bud, en cambio, bien podría estar tanto en un grupo como en otro.

La madre de Elizabeth y la familia de Sharon simplemente formaban parte del plan que había urdido para que el sufrimiento de ambas fuera tan extremo que ni la muerte pudiera ofrecerles un poco de paz en sus miserables vidas.

Elizabeth dejó este mundo viendo cómo su madre se desangraba en el suelo tras haberla empujado a una muerte lenta y dolorosa.

Sharon, sin embargo, fue ella misma quien se quitó la vida después de ver cómo los cuerpos de su marido y sus hijos descansaban sobre la cama, mientras que sus cabezas la observaban con mirada acusadora desde lo alto de la pared.

Cada una había recibido su merecido.

—Cuando por fin ofrezca mi muerte a esos detectives, será cuando verdaderamente comience a vivir —dijo con los ojos cerrados y una sonrisa en el rostro desprovista de felicidad.