58
Kilyan aparcó detrás de un Berlina azul. Al otro lado de la carretera, donde el otro día jugaban dos niños cerca de la casa de Nataly Tyson, ahora no había nadie y solo el sonido de un claxon, dos calles más al sur, rompía el silencio en la urbanización.
Habían pasado veinte minutos desde que le había llamado a Nataly Tyson con la excusa de intentar aclarar ciertos aspectos de la investigación. Ella aceptó verse con él siempre y cuando el encuentro se produjera en su casa.
Kilyan subió los tres escalones que conducían al porche y la puerta se abrió sin necesidad de llamar.
—Me alegro de volver a verle, detective.
Kilyan asintió con la cabeza a modo de saludo y Nataly lo condujo al salón comedor. Ella se sentó en el sofá de tres plazas azul y cogió una jarra térmica de café que había sobre la mesita de centro.
—Está recién hecho, ¿le apetece uno?
—No, gracias. Seré muy breve.
Kilyan se sentó en una silla que había al otro lado de la mesita para poder ver cómo Nataly reaccionaba a sus preguntas.
—Como quiera —dijo sirviéndose una taza—, ¿hay alguna novedad en el caso?
—De momento estamos trabajando varias líneas de investigación.
—No suena muy prometedor. Es lo que dicen en las noticias cuando la policía no tiene ninguna pista.
Kilyan sonrió sin ganas.
—La verdad es que estamos tratando de atar ciertos cabos sueltos y esperaba que usted pudiera ayudarme con alguno de ellos.
—Adelante.
Nataly cruzó las piernas y bebió un poco de café.
—Bien. Supongo que alguna vez habrá visitado la casa de su hermana.
—Varias veces, pero hace años que no lo hago.
—¿Recuerda si la vivienda tenía un sótano?
Nataly frunció el ceño, extrañada.
—La verdad es que no, ¿por qué lo pregunta?
—Es lo que hemos descubierto esta mañana al derrumbarse parte del suelo de la planta baja como consecuencia del incendio.
—Perdone, pero ¿qué tiene eso que ver con la muerte de mi hermana?
—En el sótano había un colchón y juguetes. A pesar de las humedades, se podían apreciar dibujos realizados con pinturas de colores en las paredes. Probablemente realizadas por un niño. ¿Le suena de algo esto que le estoy contando?
Nataly negó con la cabeza. Kilyan esperó.
—Cuando Peyton era pequeño pasaba temporadas en casa de mi hermana.
El trabajo me impedía dedicarle el tiempo que requería y Mia era la única persona en quien podía recurrir para que cuidara de él en mi ausencia.
Había semanas en las que trabajaba de noche y Peyton dormía en su casa. Ser madre soltera no es fácil, ¿sabe?
—No la juzgo.
Nataly dio otro sorbo al café.
—Al principio todo era perfecto. Mi hermana llevaba un tiempo sobria y cuidaba de Peyton siempre que era necesario.
Parecía otra persona. Pero, todo comenzó a torcerse cuando Peyton fue creciendo.
Debía tener unos once años cuando tuve que dejarlo tres semanas con ella por un viaje de ayuda humanitaria a Tanzania.
A mi regreso, dijo que estaba a gusto con su tía y que quería quedarse el resto del verano con ella.
Supongo que mi hermana le permitía acostarse tarde, ver lo que quisiera en la tele y comer lo que le apeteciese.
A esas edades ya sabe lo que eso supone para un niño.
Como a Mia le pareció bien, terminó quedándose con ella durante casi dos meses.
—Nataly desvió la mirada durante una fracción de segundo hacia la fotografía que había en la librería, donde aparecía junto a Peyton y su hermana—.
De vez en cuando la llamaba para comprobar que todo iba bien.
Me preocupaba que cayera en una de esas rachas en las que le daba a la bebida y a saber a qué otras sustancias por lo que me he ido enterando después.
Por no hablar de mi temor a que volviese a frecuentar antiguas amistades.
Eran fantasmas que siempre rondaban a su alrededor.
Le he estado dando vueltas a esa habitación por la que me preguntó en su primera visita.
Probablemente sea donde dormía Peyton cuando visitaba a mi hermana.
—¿Vio a su hijo el tiempo que estuvo con su hermana ese verano?
—Solo lo vi el día que regresé de Tanzania.
—De acuerdo. Continúe, por favor.
—Pocas semanas después, mi hermana volvió a las andadas pidiéndome dinero y llamándome a altas horas de la noche con unas copas de más.
A partir de ese momento hice todos los malabares posibles para no tener que dejarle a Peyton.
Me vi obligada a hacerlo un par de tardes.
La primera de ellas, mi hijo me contó en voz baja y sin aguantar la risa, como si fuera un secreto gracioso, que su tía se tropezaba por la casa y que apenas se la entendía al hablar.
La segunda y última vez que estuvo en su casa, me suplicó que no volviera a dejarlo con ella.
Recuerdo cómo temblaba. Me dijo que Mia se encerraba en su cuarto y él la oía desde el otro lado de la pared hablar a solas, reír como una loca o llorar desconsoladamente.
—¿Cree que es ahí donde nace el desprecio que tiene su hijo hacia su hermana?
Hubo algo apenas perceptible en la expresión de Nataly que captó la atención de Kilyan.
—¿Por qué dice eso?, ¿desprecio?
—Es lo que advertí en la breve charla que tuvimos en la iglesia.
Nataly cogió la taza de café, pero volvió a dejarla en la bandeja.
Después, cruzó las piernas y posó las manos sobre las rodillas.
—Supongo que Peyton, en cierto modo, terminó decepcionado al ver el rumbo que había tomado la vida de su tía.
—¿Conoce el orfanato Niños con Esperanza?
—Sí, lo conozco, ¿por qué lo pregunta? —contestó Nataly confundida.
—Sé que le va a sonar raro, pero ¿ha llevado alguna vez a Peyton a ese orfanato?
—No, ¿por qué iba a hacerlo? —dijo indignada—. No sé a dónde quiere ir a parar, ¿hay algo que me esté ocultando?
—Es curioso, yo tengo la misma sensación con usted desde que la vi por primera vez —dijo Kilyan entrelazando las manos.
Nataly bajó la mirada, pensativa.
—Le aconsejo que, si tiene algo que decir, lo diga ahora. Tarde o temprano nos acabaremos enterando y no le conviene ocultar información de una investigación en curso.
Kilyan sabía que se la estaba jugando. Si Nataly decidía cerrarse en banda, la conversación habría finalizado.
—¿Tiene algo que ver con su hijo Peyton? —preguntó al ver que no decía nada.
Nataly, que en esos momentos miraba la taza, posó sus vidriosos ojos azules en él.
—Peyton no es mi hijo —confesó mientras una lágrima caía en el dorso de su mano.