57
Rebecka se acercó al Starbucks de la calle Dallas y esperó a que una camarera risueña y algo entrada en kilos se acercara a tomarle nota.
Tras pedir un café y ver cómo se alejaba contoneando las caderas a paso rápido, sacó el móvil y revisó las llamadas recientes.
Cuando encontró el nombre que buscaba pulsó el botón de llamada.
—Hola —contestó una voz apagada que poco tenía que ver con el tono alegre que Rebecka recordaba de ella—. Sé que me dijiste que no te llamara, pero necesitaba hablar contigo.
—Hannah, no conviene que se sepa lo nuestro, es mejor que no me llames más.
—Entiendo. Solo quería que supieras que les he contado todo lo que me pediste.
—No te preocupes, todo va bien.
—¿Cuándo crees que podremos vernos?
—Será mejor que no lo hagamos en un tiempo, al menos hasta que todo esto pase. Ya sabes cómo es la prensa.
—Que sepas que me gustaría seguir conociéndote. Además, te debo una camiseta.
—¿Has borrado la grabación?
—Iba a hacerlo.
—Joder, Hannah, creo que te dejé bien claro que debías deshacerte de ella. Me juego mucho si descubren el motivo por el que fuiste a su casa.
—Vale, vale. Te prometo que la borraré nada más colgar.
—Eso espero.
Un silencio incómodo ocupó durante cinco largos segundos la línea.
—Sé que cometí una estupidez y espero que algún día puedas perdonarme.
—Ya hablaremos, Hannah, ahora tengo mucho trabajo. Cuídate.
Rebecka cortó la llamada. Le habría gustado decirle que a ella también le apetecía seguir conociéndola, pero aún seguía molesta por la imprudencia que había cometido visitando a Richard Baker. Tenía mucha suerte de no tener a asuntos internos investigándola por ello.
El teléfono comenzó a sonar antes de guardárselo en el bolsillo. No conocía el número, pero aun así aceptó la llamada.
—¿Rebecka Pennino?
—Sí, ¿quién es?
—Soy Renata, nos hemos visto esta mañana. Solo quería que supiese que ya tengo las fotografías que me pidió. ¿Quiere que se las envíe a algún sitio en particular?
—No, iré personalmente a recogerlas. Deme media hora.
—De acuerdo, aquí la espero.
—Gracias.
Rebecka bebió el café de un trago y llamó a Kilyan para informarle de que iría al orfanato a recoger las fotografías. Como él se dirigía a casa de Nataly, quedaron en verse tan pronto terminaran con sus respectivas visitas.
Rebecka entró en el amplio vestíbulo y la recepcionista le comunicó que Renata estaba esperándola en el despacho de la directora.
Subió las amplias y lustrosas escaleras de mármol y encaminó el largo pasillo hasta la entrada del despacho de la directora del centro.
En esta ocasión la puerta se encontraba medio abierta, pero, aun así, Rebecka golpeó tres veces con los nudillos antes de entrar.
—La estábamos esperando, pase por favor —dijo Elsa al verla asomarse.
La directora del centro sostenía un enorme archivador entre las manos. Renata miró a Rebecka con su habitual sonrisa complaciente.
Elsa apoyó el archivador en el escritorio y le entregó un pequeño sobre a Rebecka.
—Solo son tres fotografías. Espero que sea lo que buscaba —dijo Renata cruzando las manos sobre el vientre.
Rebecka sacó las fotografías del sobre. En la primera aparecían unas treinta niñas en las escaleras de la entrada del edificio.
La típica fotografía que incluso ella misma llegó a hacerse con sus compañeros y profesores de la escuela de Nashville.
Recordaba haberla roto varios años atrás y no conservaba nada de aquella época excepto los malos recuerdos.
—¿Quiénes son Elizabeth y Sharon?
Renata se acercó a ella y señaló con un dedo raquítico a dos niñas que estaban juntas en la segunda fila, una mirando a la cámara con la cabeza gacha y la otra mirando hacia la derecha de la imagen con la sonrisa torcida.
A Rebecka le recordó a un meme que le enviaron por WhatsApp tiempo atrás, donde aparecía una niña con un gesto similar delante de una casa en llamas.
—La tímida es Sharon y la que tiene cara de pilla es Elizabeth.
—Me sorprende que pueda acordarse de ellas con la cantidad de niños que habrán pasado por el centro —comentó Rebecka con cierta admiración.
—De todos, evidentemente, no me acuerdo, pero sí de muchos de ellos.
Tenga en cuenta que cada uno de estos chicos ha sido abandonado o separado de su entorno familiar por determinadas circunstancias que acaban haciendo mella en su conducta y su forma de ser.
Nuestra labor aquí es enseñarles ciertos valores, como ser tolerantes con los demás o respetar las diferencias, ya sean de raza, cultura o religión.
En definitiva, que aprendan a vivir en paz y armonía con el resto de los niños.
De todas formas, si lo que quiere es saber el nombre de cada una de ellas, podrá encontrarlos al dorso de la fotografía.
Están escritos en el orden que aparecen.
Rebecka comprobó que lo que Renata acababa de contarle era cierto.
En la segunda fotografía, multitud de niños jugaban en una zona lúdica de los amplios jardines que rodeaban el orfanato.
Oscilaban entre los siete y los quince años.
Barrió la imagen con la mirada en busca de Elizabeth y Sharon.
Las encontró junto a un grupo de niñas que parecían jugar al pillapilla o un juego similar.
Elizabeth se escudaba tras un árbol y Sharon corría sonriendo junto a otra niña.
Otro grupo de niños jugaban a la pelota a escasos metros y, en un primer plano, una joven pelirroja con dos largas trenzas saltaba a la comba ante la atenta mirada de una joven Renata.
Rebecka prestó atención al grupo que jugaba con Elizabeth y Sharon.
En el encuadre de la fotografía contó hasta seis niñas más que parecían jugar con ellas.
El sol brillaba desde un cielo despejado y todas vestían camisetas de tirantes, shorts y zapatillas.
Al fondo de la fotografía, a unos metros de distancia, otros niños se entretenían en unos columpios situados cerca de un frondoso álamo.
Se trataba de una gran estructura de madera con dos hamacas, trepadoras y un enorme tobogán.
Acercó la fotografía a su cara y entrecerró los ojos.
Bajo la rampa del tobogán podía verse a un niño encogido y abrazado a sus rodillas.
Era moreno, de pelo corto y llevaba unos pantalones desgastados y una camiseta de rayas azul y blanca que parecía quedarle algo grande.
A Rebecka le dio la impresión de que miraba directamente a Sharon Fisher.
La tercera fotografía era una panorámica de una de las aulas del orfanato.
En ella aparecía gran parte de las niñas de la primera fotografía y cada una de ellas ocupaba un pupitre.
En esta ocasión Elizabeth miraba a la cámara con la mano levantada en señal de victoria mientras que Sharon parecía estar distraída dibujando algo.
—Las aulas no eran mixtas, ¿verdad? —preguntó Rebecka mientras volvía a observar la fotografía anterior.
—Por aquel entonces, no. Una cosa era el patio, donde tanto niños como niñas se juntaban para jugar, pero las aulas mixtas no se implantaron hasta hace poco más de diez años.
—¿Conoce al niño que hay bajo el tobogán?
Renata cogió la fotografía en la que varios niños jugaban en los exteriores del centro y entrecerró los ojos como había hecho anteriormente Rebecka.
—Sí, creo que sí. Si no me equivoco se trata de Elías.
—¿Puede decirme algo de él?
—Su caso era un tanto especial, ¿sabe? Este niño pasó una temporada en nuestro orfanato, pero no encontrará constancia de ello —dijo Renata mirándola a los ojos a la vez que sacudía la fotografía—.
La hermana Ramsey, anterior directora del centro, acogió a este chico tras encontrarlo durmiendo a la intemperie fuera de nuestros muros.
Parecía haberse escapado de casa y la hermana Ramsey decidió darle cobijo para que no anduviese deambulando por la calle.
Antes de tomar una decisión, pretendía averiguar su situación y albergaba la esperanza de que el propio Elías se la contase.
Podía venir de una familia donde hubiera sufrido abusos o maltrato, podían haberlo abandonado, se da bastante en familias donde hay alcoholismo o drogadicción, o simplemente podía haberse escapado de casa por pura rebeldía.
—¿Le suena haberlo visto con a Elizabeth y Sharon?
—Sí, pero no era lo habitual. Elías era muy reservado y le costaba relacionarse con los demás.
—¿Elías era su verdadero nombre?
—No. Se lo puso la hermana Ramsey. Elías nunca reveló su nombre real ni nos dio ningún tipo de información que tuviera que ver con la vida que había llevado hasta ese momento.
—¿Qué ocurrió finalmente con él?
—Desapareció. No sabemos cómo, pero una mañana ya no estaba con nosotros. Siempre creímos que podría haberse escapado en uno de los camiones que suministraba comida al centro. No volvimos a saber nada más de él.
—¿Podría decirme cuánto tiempo pasó en el orfanato?
—No creo que llegara a estar un año. ¿Por qué tanto interés en ese chico? ¿Cree que ha podido tener algo que ver con las muertes de Elizabeth y Sharon?
—Nuestra intención es no dejar ningún cabo suelto, seguimos varias líneas de investigación. ¿Le importa si me llevo las fotografías?
—En absoluto. Puede quedárselas el tiempo que considere oportuno.
La sonrisa complaciente de Renata volvió a asomar una vez más en las comisuras de sus labios.
Rebecka les dio las gracias y salió del despacho con paso decidido por el largo pasillo de paredes blancas.
Una vez en el coche llamó a Mark.
—Dime, Rebecka.
—Te voy a enviar una fotografía. Necesito que la cara del niño que hay bajo el tobogán quede lo más nítida posible.
—Espero que esta vez tenga que ver con el caso…
—Sí, Mark, perdona por no haberte dado las gracias. Te debo una.
—Veré lo que puedo hacer.
Rebecka colgó sabiendo que, de no haber sido por Mark, el destino de Hannah habría sido muy diferente y le hubiera tocado cargar con esa culpa el resto de su vida.