Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 55
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El orfanato Niños con Esperanza, era un edificio que se encontraba a solo dos manzanas del Museo del Holocausto y tenía el aire siniestro propio de una película de terror, en medio de un campo de seis hectáreas con frondosos árboles y zonas de esparcimiento.

Tras identificarse y dejar atrás la verja que separaba las instalaciones de la carretera, Kilyan y Rebecka cruzaron el enorme portón de la entrada del edificio y pasaron a un elegante y espacioso vestíbulo de baldosas de mármol de tonos beige .

Tras un mostrador de recepción semicircular de madera, una mujer los miraba a la vez que señalaba el auricular que tenía pegado a la oreja, instando a que aguardasen un momento para poder terminar con la llamada.

Pocos minutos después, la mujer de traje negro y moño al estilo bailarina de ballet colgó el teléfono y les invitó a acercarse al mostrador con un gesto de la mano.

—Buenos días, ¿qué desean? —preguntó con una sonrisa complaciente.

—Somos los detectives Kilyan Kil y Rebecka Pennino. Queremos hablar con la directora del centro.

La mujer del mostrador levantó levemente las cejas.

—Llevamos una investigación en la que creemos que puede ayudarnos.

—¡Oh, vaya! Un momento, por favor —exclamó tensa mientras volvía a descolgar el teléfono.

A Rebecka le asombró la diferencia que había entre el estilo victoriano del edificio y la elegante arquitectura del interior. Era un claro ejemplo de la típica frase «las apariencias engañan».

—Suban, por favor, por esas escaleras hasta la primera planta y después sigan el pasillo que hay a mano izquierda. En la puerta que verán al fondo les estará esperando la directora Elsa Castillo.

—Gracias —dijeron Kilyan y Rebecka al unísono.

Cuando llegaron, la puerta estaba cerrada y Rebecka golpeó tres veces con los nudillos.

—¡Adelante! —respondió una voz dulce y de acento mexicano al otro lado de la puerta.

Kilyan y Rebecka pasaron a un modesto despacho. La directora del orfanato los observaba con curiosidad. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa y el sol iluminaba el contorno de su figura a través de una ventana con vitrales y de ángulos redondos situada a su espalda.

—Pueden sentarse.

Kilyan y Rebecka tomaron asiento en dos sillas que había frente a la mesa.

—Me ha comentado Emma que querían hablar sobre una investigación. ¿En qué puedo ayudarles?

—Ante todo, gracias por recibirnos. Somos los detectives Kilyan Kil y Rebecka Pennino del Departamento de Policía de Houston —dijo Rebecka mientras sacaba dos fotografías—. Sabemos que estas dos personas estuvieron internadas aquí. ¿Las reconoce?

Elsa Castillo cogió las fotografías y las miró con detenimiento durante un largo rato.

—Lo siento, pero no me suena la cara de ninguna de ellas. Posiblemente las acogieran antes de mi nombramiento como directora.

—¿Cuánto tiempo lleva como directora del centro?

—Nueve años. Anteriormente fui cuidadora en un orfanato de Piedras Negras en México, pero cuando me ofrecieron el cargo de directora en Niños con Esperanza, lo dejé todo y me vine a vivir aquí.

Si me dan los nombres de esas chicas creo que podría buscarlas en la base de datos.

Hemos digitalizado todos los documentos existentes desde 1975 en adelante.

—Esta niña es Elizabeth Rush y esta otra es Sharon Fisher —dijo Rebecka.

—¿Les ha ocurrido algo? —preguntó Elsa levantando la vista de las fotografías mientras se llevaba una mano al pecho.

—Elizabeth apareció ahorcada en su domicilio y Sharon recibió un disparo. Lo sentimos, pero no podemos darle más detalles.

—Santo cielo, pobres chicas. Miraré en la base de datos a ver si encuentro algo.

La directora del orfanato se enfrascó en el ordenador que había sobre el escritorio.

—Aquí está. Elizabeth Rush ingresó en nuestro orfanato tras ser abandonada con solo tres meses en la puerta del hospital Cornerstone —comenzó a leer Elsa—.

Se desconoce quiénes son sus padres biológicos y pasó por varias casas de acogida antes de que la señora Betty Greene y el señor Thomas Rush la adoptaran con catorce años.

Kilyan y Rebecka escuchaban pacientemente a la directora del centro. Tenía la cara a escasos centímetros de la pantalla del pequeño ordenador y Rebecka pensó que no le vendría mal ponerse las gafas que le colgaban del cuello gracias a un fino cordón de plata.

—Por lo que puedo ver en sus notas no era una niña muy estudiosa —continuó Elsa—.

La hermana Dolores, quien se encargó de redactar este informe, anotó que Elizabeth solía comportarse con una actitud un tanto rebelde.

Ya saben cómo son los chiquillos a esas edades —dijo apartando la vista de la pantalla para dedicarles una mirada comprensiva—.

Perdón, ¿cómo han dicho que se llamaba la otra chica?

—Sharon Fisher —contestó Rebecka.

Elsa buscó el nombre.

—Veamos. Sharon vino a parar a nuestro orfanato a la edad de ocho años.

Vivía dentro de una caravana en Escobares con su madre, quien nos la entregó en estado de desnutrición.

Como ya saben, es una zona en la que la gente vive en extrema pobreza —dijo separando la vista de la pantalla un momento para ponerse las gafas, como si acabara de acordarse de que las llevaba encima—.

Estuvo con nosotros hasta los dieciocho años y, al contrario de Elizabeth, era una niña muy aplicada.

—¿Coincidieron durante su estancia? —preguntó Kilyan.

—Un momento, voy a comprobarlo.

Incomprensiblemente, Rebecka vio cómo Elsa se volvía a quitar las gafas para acercar su perfilado rostro a la pantalla.

—En efecto. Elizabeth tenía tan solo dos años más que Sharon y coincidieron cuatro años. De todas formas, en aquella época había muchos niños y es posible que ni siquiera se conociesen. Por suerte, hoy en día no se manejan las cifras de hace treinta años.

—¿Es posible que compartieran aula durante ese periodo? —preguntó Kilyan.

—Un momento —dijo Elsa volviéndose a colocar las gafas sobre su nariz griega.

Rebecka no pudo evitar levantar las cejas.

—Así es. Estuvieron juntas en el aula quince del ala este en el transcurso de dos años.

—¿Cuántos niños había en esa aula?

—Todas nuestras aulas tienen capacidad para dieciséis niños.

—¿Conservan fotografías de los que convivieron con Elizabeth y Sharon en aquella época?

—Tiene que haber. ¿Qué les parece si invito a esta pequeña charla a la hermana Renata? Ella podrá ayudarles mejor que yo. Lleva en esta institución prácticamente desde que se creó allá por 1964.

Sin esperar respuesta, Elsa Castillo se levantó y abandonó la habitación. Rebecka miró a Kilyan mientras este observaba cómo desaparecía por la puerta.

—Es muy probable que el hombre de la máscara haya coincidido con Elizabeth y Sharon en este orfanato.

Kilyan asintió pensativo.

—¿Estás mejor? No me había dado cuenta hasta ahora de que no llevabas el cabestrillo. ¿No es un poco pronto para quitártelo?

—Podré soportarlo.

Rebecka giró el cuerpo sobre la silla y observó la habitación con detenimiento.

A la izquierda de la puerta, un cuadro colgaba de la pared con una jovencísima Elsa Castillo posando sonriente junto al papa Juan Pablo II.

Al otro lado, un crucifijo de madera sostenía la figura de Jesucristo con varios rosarios tradicionales colgados del cuello.

—No me gustan estos lugares —dijo Rebecka antes de que su teléfono comenzara a sonar a todo volumen provocando que diera un respingo en la silla.

Al ver que se trataba de Hannah volvió a guardarlo en el bolsillo.

No la había vuelto a ver desde que la acompañó a comisaría para que prestara declaración de lo ocurrido en casa de Richard Baker.

A pesar de saber que no estaría pasando por uno de sus mejores momentos, decidió llamarla más tarde, cuando Kilyan no estuviera presente.

—Os presento a la hermana Renata —dijo Elsa tras entrar con sigilo en la habitación.

La anciana que la seguía les dedicó una amable sonrisa a la vez que hacía una leve inclinación con la cabeza a modo de saludo.

A diferencia de Elsa, Renata vestía el típico hábito negro con cofia blanca y velo negro.

Unas gafas de montura fina dorada descansaban sobre la punta de su nariz.

Los escrutó pacientemente por encima de ellas como si de esa manera pudiera discernir lo que había de impuro en ellos.

—Viniendo hacia aquí le he contado por encima el motivo de su visita. Les ayudará en todo lo que le sea posible.

La monja volvió a asentir con la cabeza.

—De acuerdo, procuraremos no robarle mucho tiempo, hermana —dijo Rebecka dirigiéndose a Renata—, ¿podría decirnos si conoce a estas dos chicas?

Renata se subió un poco las gafas por el puente de la nariz y posó sus pequeños ojos en las dos fotografías que había sobre la mesa. Cuando las cogió para verlas más de cerca, Rebecka echó a la anciana entre setenta y ochenta años por el aspecto de sus huesudas y nervudas manos.

—Las conozco. Esta de aquí es Eli —dijo señalando a la niña de pelo largo y rizado que aparecía con cara de no querer posar para la fotografía—.

Era una niña un tanto indómita, pero, si no recuerdo mal, acabó en el seno de una buena familia y no estuvo mucho tiempo con nosotros.

En cambio, esta niña de aquí... ¿cómo se llamaba?

Renata hablaba con calma y bajito como si de lo contrario pudiera hacer daño con sus palabras.

—Sharon Fisher —dijo Kilyan impaciente.

—Sharon, sí. Si no me equivoco ha sido una de las niñas que más tiempo ha convivido con nosotros.

Era una buena chica —Rebecka se sorprendió de la memoria que conservaba—.

Recuerdo haberlas visto más de una vez juntas correteando por los pasillos con otros niños —continuó—.

A pesar de lo diferentes que eran, parecían llevarse bien.

Siempre hemos procurado el bienestar y el desarrollo de cada uno de los niños que hemos tenido la suerte de acoger.

—¿Tiene alguna fotografía del aula en la que coincidieron juntas?

—Tendría que buscar, han pasado muchos años. ¿Les ha ocurrido algo? —preguntó inclinando su cuerpo encorvado hacia adelante con gesto de preocupación.

—Como le hemos comentado a Elsa, Elizabeth apareció ahorcada y Sharon recibió un disparo.

—Santo cielo, ¿se quitaron la vida?

—Lo siento, hermana, no puedo darle más información.

—Qué tragedia. Que Dios las tenga en su gloria —dijo santiguándose—. Miraré en el archivo a ver si encuentro alguna fotografía.

—Al parecer, convivían en el aula quince del ala este —apuntó Rebecka.

—Ese dato será de gran ayuda para que la búsqueda resulte menos complicada —dijo Renata con actitud condescendiente.

—Les dejo mi tarjeta para que se pongan en contacto conmigo en caso de que encuentren algo. Muchas gracias por recibirnos.

—Encantadas de poder ayudarles, detectives.

Kilyan conducía camino a la comisaría mientras Rebecka miraba la calle por la ventanilla.

—Cualquiera podría ser un asesino —dijo cansada.

—O una futura víctima.

—¿Crees que los asesinos, antes de ser asesinos, fueron víctimas?

—La eterna pregunta, ¿nacen o se hacen? —dijo Kilyan mirándola de reojo—. Yo creo que nacen. Pero depende de las circunstancias que se den en su vida, esa parte oscura que arraiga en su interior permanece dormida o se desata sin control alguno.

—Según tu teoría cualquiera podríamos ser un asesino.

Kilyan se echó el pelo hacia atrás, se puso unas gafas de sol que tenía sobre la guantera y continuó conduciendo calle abajo en silencio.