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Bernard ofreció un casco protector a Kilyan y a Rebecka antes de entrar en el edificio que dos días atrás resultó ser una trampa mortal para ambos.
La casa de Mia estaba irreconocible. Impactaban las secuelas destructivas del fuego. Las paredes estaban ennegrecidas y parte del suelo, donde estaban las escaleras que conducían al piso superior, se había hundido arrastrando consigo un aparador y una butaca.
Rebecka se acercó al socavón.
—Ten cuidado, no es seguro —dijo Bernard.
—¿Qué hay abajo?
—Es lo que quería mostraros. Hay un sótano oculto.
—¿Habéis podido bajar? —preguntó Rebecka mientras Kilyan miraba el reloj en el que habían encontrado la cámara de vigilancia.
—Sí, gracias al hundimiento que se produjo en esta zona pudimos encontrar la entrada —dijo Bernard mientras señalaba el gran agujero que se abría bajo el conjunto de escaleras que habían quedado suspendidas en el aire—.
Eric, el especialista en seguridad y protección contra incendios en edificios públicos que nos ha estado acompañando en todo momento, descendió y comprobó que se hallaba en la despensa que hay junto al cuarto de baño, tras un montón de trastos viejos que la cubrían.
La puerta estaba cerrada con llave, pero no nos costó abrirla —Rebecka escuchaba pacientemente a Bernard y Kilyan no quitaba ojo al reloj carbonizado con aire pensativo—..
No sabría interpretar muy bien lo que encontramos ahí abajo. Podéis echar un vistazo si queréis.
—¡Bajemos! —dijo Kilyan.
Eric los acompañó hasta la despensa. La madera se quejaba a cada paso que daban.
Por un momento, Rebecka se imaginó suspendida con medio cuerpo asomando en cada planta al igual que le ocurría a Tom Hanks en la película Esta casa es una ruina , cuando la alfombra que pisa se desliza dentro de un boquete y el actor termina atascado en él.
Tras pasar agachados por una puerta, que medía poco más de metro y medio, bajaron por una escalera recta de dos tramos a un sótano que debía tener unos cinco metros cuadrados.
Varias telarañas serpenteaban por las tuberías que cruzaban a lo largo del techo.
El suelo era de cemento. Las paredes lucían un verde deslavado y alguien había dibujado en ellas con pinturas de colores.
Manchas de humedad y hongos ascendían en formas caprichosas desde el suelo hasta el techo, como si la casa padeciese una enfermedad degenerativa.
Un mueble con tres baldas, un baúl infantil de los que se usan normalmente para guardar juguetes, un viejo somier y un oso de trapo era lo único que había en toda la estancia.
La única iluminación que había provenía de una bombilla que colgaba del techo.
—Joder, Kil. Esto me recuerda al agujero de la nave industrial .
Kilyan asintió con la cabeza y se acercó al baúl para ver su contenido. Dentro, solo encontró un coche de bomberos, el juego de la oca y una baraja de cartas de Mickey Mouse.
—Es la habitación de un niño —comentó Rebecka.
—Peyton se está ganando todas las papeletas para convertirse en nuestro primer sospechoso. Será mejor que visitemos ese orfanato cuanto antes.