Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 53
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Los exteriores de la iglesia St. Jerome eran un hervidero de gente. Había un grupo de personas de espaldas a la iglesia y en completo silencio que portaba una pancarta en la que se podía leer:

«No es un suicidio. Es un asesinato.

Justicia para Mia»

A pocos metros de distancia, varios agentes formaban un cordón policial para mantener a los periodistas alejados de la entrada.

Tampoco podían faltar los curiosos de turno, agolpados en los alrededores de la congregación como lapas a una roca y con la esperanza de no perderse cualquier acontecimiento que tuviera lugar durante el funeral de Mia Tyson.

La policía antidisturbios observaba solemne a un grupo de manifestantes que increpaba a todo aquel que se acercaba a la iglesia.

En el ala este del edificio, varias empleadas del club fumaban en fila, con vestidos ceñidos y altos tacones, para despedirse de la empleada más longeva de La dama de las tentaciones.

A Susan Garner no se la veía por ninguna parte.

A escasos metros, sobre una base de piedra, un letrero de madera clavado en el césped rezaba «Dios es bueno todo el tiempo». Kilyan pensó que si eso fuera cierto nadie tendría que haber acudido al entierro de Mia esa mañana.

—¿Pasando lista? —preguntó Rebecka colocándose junto a él.

—Algo así.

Kilyan observó cómo Nataly Tyson salía de la iglesia con un vestido negro que le llegaba por encima de las rodillas y una pamela a juego.

—Con ese conjunto bien podría acudir después a una cena de gala —comentó Rebecka—. Por cierto, ¿qué tal el brazo?

—Mejor —contestó mirándose el cabestrillo.

Cuatro hombres vestidos con traje y corbata negra trasladaban el féretro de Mia al interior de la iglesia. Entre la muchedumbre, un grupo de personas gritaban «¡asesina!» ante las duras miradas del grupo que portaba la pancarta.

—Así que al final habrá entierro —dijo Rebecka mirando el ataúd.

—Al no haber motivos suficientes para mantener el cuerpo de Mia durante más tiempo en la sala de autopsias, ayer se tomó la decisión de entregárselo a su hermana para que pudieran oficiar la ceremonia de cuerpo presente y después proceder al entierro.

Nataly Tyson apuraba su cigarrillo cerca de la entrada cuando se le acercó un hombre de unos treinta años con unos pantalones estilo coreano a cuadros. Nataly lo miró un instante sin decir nada y después lo abrazó con ímpetu. Kilyan se fijó en que el abrazo no fue correspondido.

—¿Vas a contarme por fin qué ocurrió ayer? —le preguntó a Rebecka sin quitar ojo a la escena.

—Cómo no. Lo he contado tantas veces que me la sé de memoria.

—Soy todo oídos.

—Tras el interrogatorio a Michael Foster fui a River Oaks para que Richard Baker me respondiera a un par de preguntas que había dejado pendientes el día anterior.

Como nadie contestaba a la puerta, me acerqué a la cristalera que hay en la fachada y vi fugazmente cómo alguien sujetaba a una mujer del brazo y se perdía en el interior de la vivienda.

Sin pensarlo dos veces salté el muro que hay detrás del edificio, registré la casa y sorprendí en la primera planta a Richard Baker dentro de una extraña habitación llena de objetos de bebé, juguetes e indumentaria femenina.

Después de presionarlo prometió llevarme hasta la mujer que había visto desde el exterior, asegurando que se encontraba bien y que todo era un terrible malentendido.

El muy cabrón me la jugó encerrándose dentro de la habitación donde se suponía que la tenía.

Confundida, disparé a la cerradura y abrí la puerta de un empujón, pero para entonces ya no había rastro de él.

Más tarde descubrí que había huido por una trampilla que daba acceso a una galería subterránea.

Con la ayuda de la linterna del móvil, avancé por un oscuro pasadizo hasta que vi encenderse un candil a escasos metros de donde yo me encontraba.

Había una mujer amordazada y atada a una silla junto a Richard Baker.

Este le apuntaba con una pistola a la cabeza y fue entonces cuando la reconocí.

Se trataba de una de las camareras que había entrevistado en La dama de las tentaciones.

Mientras intentaba convencer a Richard de que dejarla marchar era la mejor opción, se presentaron dos vigilantes de seguridad y se liaron a tiros con él.

Uno de ellos recibió un disparo en el brazo y Richard otro en el pecho.

Su cuerpo se desplomó y aterrizó sobre el candil sufriendo graves quemaduras por todo el cuerpo, aunque para entonces creo que ya estaba muerto —mintió.

Kilyan la escuchaba sin quitar ojo a Nataly Tyson.

—Al fondo de la galería, tras una cortina, encontraron dos cuerpos momificados —continuó Rebecka—.

Para retrasar los efectos de descomposición, Richard había utilizado formaldehido, así como abundante cantidad de perfumes, agentes preservadores de tejidos y desinfectantes.

Era horrible, Kil. Las había vestido con ropa y enseres de su madre.

También las había puesto una peluca idéntica al cabello de Lynda Mitchel y las había maquillado. Parecían de cera.

Kilyan miró de reojo a Rebecka y volvió a posar sus ojos verdes en Nataly Tyson. La hermana de Mia regresaba al interior de la iglesia tras haber discutido con el hombre de los pantalones a cuadros, que parecía debatirse entre seguir a Nataly o largarse de allí.

—Vamos, es nuestro momento —dijo dirigiéndose a la entrada.

Rebecka lo siguió sin saber si le había prestado atención a lo que acababa de contarle.

—Disculpe, ¿es usted familiar de Mia Tyson? —preguntó Kilyan a la persona que hacía un instante había estado hablando con Nataly.

El hombre de ojos azules lo miró con desconfianza y asintió lentamente con la cabeza. Si en algún momento había tenido dudas, estas se disiparon en cuanto lo vio de cerca. Tenía la misma nariz respingona y la misma boca caída que Nataly, solo que sus labios eran algo más finos que los de ella.

—Soy el detective Kilyan Kil y ella es la detective Rebecka Pennino. Estamos investigando la muerte de Mia Tyson —dijo tendiéndole la mano.

El hombre se la estrechó.

—Peyton Tyson.

Kilyan se quedó mirándole a los ojos. Parecía que a aquel tipo no le apetecía hablar mucho en esos momentos.

—Era mi tía —terminó diciendo.

—¿Le importa si le hacemos unas preguntas?

—Supongo que de todas formas me las terminarán haciendo. Cuanto antes acabe con esto, mejor.

—¿Tenía contacto con su tía?

—Digamos que no la veía desde que me marché a vivir a Sacramento.

—¿Cuánto hace de eso?

—Casi ocho años.

—¿Dónde estuvo el pasado quince de noviembre?

Peyton desvió la mirada. Parecía estar hurgando en su memoria.

—En mi casa.

—¿Había alguien con usted?

—No. Mi mujer trabaja y yo estoy en el paro. Puede que saliera un par de veces a hacer unos recados, pero pasé la mayor parte del día en casa.

—¿Y no ha tenido contacto con su tía en todo este tiempo?

—¿Acaso les parece extraño? Si indagan un poquito en su vida, comprobarán que era una persona un tanto complicada.

—¿A qué se refiere? —preguntó Rebecka.

—¡Oh, vamos! ¿Me van a decir ahora que no conocen las adicciones de mi tía? Todo lo que ha hecho en su vida ha sido para poder costearse los vicios que tenía, sin importarle las consecuencias. Siempre se ha movido por el interés.

Kilyan notó que en las palabras de Peyton había cierto desprecio y reproche hacia Mia. Era una sensación que ya tuvo con Nataly la primera vez que habló con ella.

—Hace poco hemos visto cómo discutía con su madre. ¿Tienen buena relación?

—Como cualquier madre e hijo. ¿Acaso ustedes nunca han discutido con su madre?

—En el funeral de su hermana, le aseguro que no —dijo Rebecka tajante.

Peyton suspiró.

—Chocamos mucho por el carácter que tenemos, pero eso es todo. Miren, creo que ya he contestado suficientes preguntas, si no les importa el funeral va a comenzar en breve y me gustaría estar al lado de mi madre.

—Como quiera —dijo Rebecka mientras Kilyan navegaba en sus pensamientos.

—Una última pregunta.

El hijo de Nataly se detuvo cuando se disponía a entrar en la iglesia.

—¿Que hizo usted la tarde de ayer?

—Estuve alojado en el Hilton de Post Oak Boulevard. Si les interesa, también pasé por el centro comercial The Galleria a eso de las siete y media y cogí comida para llevar en el Starbucks que hay de camino al hotel.

—Muy simpático —dijo Rebecka después de que les diera con la puerta en las narices.

—Ayer te soltaron enseguida, ¿verdad? —preguntó Kilyan.

—No te creas, me pasé cerca de tres horas contestando las mismas preguntas. Ahora estarán comprobando que lo que les he contado coincida con las declaraciones de los vigilantes de seguridad y Hannah Reydler.

—No te preocupes, tampoco creo que indaguen mucho en el asunto. Diría que les ha venido muy bien apuntarse el tanto de Richard Baker en medio de un caso como este en el que no hacemos más que dar palos de ciego.

Kilyan dio la espalda a Rebecka para observar a un grupo de jóvenes que no dejaba de increpar a quienes portaban la pancarta. Habían pasado de ser ocho personas haciendo algo de ruido a más de veinte energúmenos exaltados cuya ira se iba haciendo cada vez más palpable.

—¿A qué te refieres? —preguntó Rebecka.

—Imagino, por lo que te conozco, que tenías una razón de peso para volver a casa de Richard Baker, pero no esperes que me crea a pies juntillas todo lo que me has contado.

Rebecka lo miró con el ceño fruncido. En ese momento el teléfono de Kilyan comenzó a sonar.

—Lo importante es que estás bien. Dime, Bernard —dijo atendiendo la llamada.

—Hola, Kil. Te he llamado hace un rato, pero me ha saltado el contestador.

Era para informarte de que nos han dado permiso para entrar en la casa de Mia Tyson.

En estos momentos estamos analizando la planta baja y de momento solo hemos encontrado una pequeña cámara de vigilancia entre los restos del reloj de pie que había en el salón.

Tal vez os vieran entrar desde un dispositivo remoto. Pensé que debías saberlo.

—Hay que peinar la casa. Si no encontramos más cámaras, es posible que quisiera ocultar algo en esa habitación.

—De acuerdo, Kil, pero el edificio está en un estado deplorable y nos han aconsejado no pasar de la planta baja. Te aviso si hay alguna novedad.

Cuando se disponía a guardar el teléfono, Kilyan sintió un fuerte golpe en el hombro izquierdo que le hizo caer de bruces.

Desorientado, se palpó la cintura para comprobar que el arma seguía en su sitio mientras veía cómo Rebecka sujetaba por la espalda a un chico alto y fuerte, que no debía tener más de dieciséis años.

—¿A dónde te crees que ibas? —dijo mientras lo esposaba y se lo entregaba a dos agentes que acudían raudos a su encuentro—. En lugar de mirarme así deberías darme las gracias. Acabo de librarte de una buena.

—Si no me llego a chocar con ese imbécil, esto habría acabado de otra manera —gritó el chico con los ojos llenos de ira—. Te arrepentirás de esto, zorra asquerosa.

—Tranquilo, valiente, el día que tengas razón dejarás de estar equivocado.

El chico la miró extrañado mientras los agentes se lo llevaban en volandas.

—No te preocupes, tampoco espero que lo entiendas —dijo Rebecka haciendo un gesto con la mano, como si quisiera restar importancia al asunto.

—¿Estás bien?

Kilyan asintió con la cabeza sin entender qué era lo que había ocurrido, mientras se sacudía el polvo de la cazadora y cogía el móvil del suelo.

Sus dudas se disiparon al ver un cóctel molotov a los pies de Rebecka y un zippo un metro más atrás.

Por suerte a ese chico no le había dado tiempo a prender la mecha.

En el momento en que la gente comenzó a increpar a la policía entre insultos y amenazas al ver que detenían a uno de los suyos, Kilyan vio cómo una piedra impactaba en una de las ventanas de la iglesia haciéndola estallar en mil pedazos.

Otro objeto redondo pasó a gran velocidad muy cerca de la cabeza de Rebecka y una papelera de hierro cayó con estrépito sobre el capó del coche de policía en el que llevaban detenido al chico del cóctel molotov.

En cuestión de segundos, aquello se convirtió en una batalla campal.

—¡Será mejor que nos pongamos a cubierto! —exclamó tapándose el rostro con el antebrazo mientras los antidisturbios avanzaban en columna intentando dispersar a los manifestantes.

Una hora y cinco detenciones más tarde, Kilyan y Rebecka observaban a cierta distancia y bajo un cielo abierto cómo el cura pronunciaba unas palabras antes de proceder al entierro de Mia.

Kilyan pensó en el día que tuvo que enterrar a Evelyn mientras su mujer se hallaba en estado de coma.

Aquel día su mente estaba tan lejos de la realidad que apenas recordaba nada de lo acontecido.

Nataly giró la cabeza para observar a su hijo mientras dos sepultureros descendían con dos fuertes cordeles el féretro de su hermana.

Después arrojó una corona de flores sobre la caja de madera y los sepultureros comenzaron a cubrir la fosa de tierra con las primeras paladas.

Peyton aprovechó el momento para alejarse a paso ligero hacia la salida dedicándoles una rápida mirada.

Cinco minutos más tarde, Nataly siguió los pasos de su hijo, pero, en lugar de abandonar el cementerio, se aproximó a su encuentro.

—Hola. Gracias por haber venido.

Al observarla de cerca, a Rebecka le sorprendió el gran parecido que tenía con Mia. Era una mujer muy guapa y atractiva.

—La acompaño en el sentimiento —dijo estrechándole la mano.

—Mi hermana no era una santa, pero tampoco se merecía esto.

—Esperamos poder esclarecer los motivos que la llevaron a quitarse la vida.

Nataly asintió con la cabeza.

—¿Sabe cuándo se marchará su hijo a Sacramento? —preguntó Kilyan.

—Me ha dicho que se quedará un par de días antes de coger el avión de vuelta. Por cierto, ¿es verdad que anoche asesinaron al dueño del club donde trabajaba mi hermana?

Kilyan asintió.

—Santo cielo. ¿Y saben si tiene relación con su muerte?

Rebecka y Kilyan cruzaron sus miradas.

—Aún es pronto para sacar conclusiones —dijo Rebecka.

—¡Qué horror! —exclamó Nataly tapándose la boca con la mano—. Si no les importa, creo que me iré a casa a descansar un rato. Me alegro de haberle visto, Kilyan. Encantada de conocerla, detective.

Cuando Nataly desapareció tras el muro del camposanto, Kilyan sacó el móvil e hizo una llamada.

—Necesito que averigües los últimos pasos que ha dado Payton Tyson…

Eso es…. No, le pusieron el apellido de la madre…

Sí, se encuentra bien, está aquí conmigo…

Mark, tengo otra llamada, he de colgar. —Kilyan colgó y aceptó la llamada entrante—.

Dime, Bernard… ¿Entonces?... Entiendo... Vale, vamos para allá.

—¿Algo que deba saber? –preguntó Rebeka que hasta ese momento se había limitado a escuchar.

—Era Bernard. Por lo visto han encontrado lo que el hombre de la máscara no quería que viésemos.