50
A Harvey Spiner y Pat McKirnan aún les quedaban un par de horas para acabar su turno. Harvey miraba su móvil mientras Pat escudriñaba las calles de River Oaks como si todos los problemas estuvieran escondidos a la vuelta de la esquina esperando a que él los resolviera.
—Ya podía haberme tocado una compañera como esa detective. En cambio, me tengo que conformar contigo.
—¿Y me lo dices a mí? —dijo Pat mientras se rascaba la barriga.
Harvey rio con ganas.
—Era guapa, ¿eh?
—Ya me he fijado en cómo la cacheabas. Tenías que haber visto la cara que ponía.
—¡No seas idiota!, me limitaba a buscar su identificación.
—Ya.
Harvey encendió un cigarrillo cuando pasaban por Meadow Lake.
—Menos mal que ha dejado de llover.
—Sí, dicen que es el tiempo que nos espera en lo que queda de semana —comentó Harvey mirando al cielo nublado.
—¿Echamos otro vistazo a la casa de los Baker?
—Tú lo que quieres es volver a cruzarte con esa poli.
—¡Lo hago por ti, merluzo! —dijo Pat dando un puñetazo en el hombro a su compañero en tono burlón.
Harvey levantó los hombros y los dos vigilantes se pusieron a andar a paso lento como en una procesión. Cuando se hallaban a dos manzanas de la mansión, escucharon un estruendo sordo.
Parecía el sonido de un disparo.
—¿Has oído eso?
Pat miró a Harvey apretando los labios bajo el poblado bigote.
—Ha sido en la residencia de los Baker.
—Deberíamos llamar a la policía.
—Vayamos primero a echar un vistazo. Es mejor asegurarse antes de avisar a la caballería —propuso Pat entrecerrando los ojos.
A Harvey a veces le daba la impresión de que su compañero se creía John McClane. A él, en cambio, le recordaba más a Kevin James en la película Paul Blart: Mall Cop .
—Como quieras —respondió poco convencido.
Una vez rodearon la casa, Pat llamó a la puerta.
—No contesta nadie —dijo Harvey.
—Deberíamos entrar.
—¿Estás loco?
—Hemos oído un disparo y Richard puede estar en peligro. No quiero cargar con la muerte de un inocente en mi conciencia.
—No me jodas, Pat. Deberíamos largarnos de…
Antes de terminar la frase, su compañero ya había roto el cristal que había junto a la puerta con la linterna que llevaba en el cinturón.
—¿Se puede saber qué coño haces?
Pat metió el brazo por el hueco del cristal roto y giró el pomo.
—Voy a entrar. Haz lo que consideres oportuno —respondió como si estuviese a punto de cruzar la línea enemiga en plena guerra.
En la mansión no había rastro del multimillonario por ninguna parte y el silencio reinaba en la casa.
—Quédate aquí y avísame si ves algo raro —susurró Pat.
Harvey vio cómo su compañero sorteaba un billar y se adentraba en un pasillo estrecho. Dos minutos después volvió a aparecer haciendo un gesto con el dedo índice para que lo siguiera y se aproximó a su posición.
—En la habitación del fondo hay luz. No he visto a nadie, pero hay una especie de acceso subterráneo.
—Esto no me gusta nada.
—Sígueme, confía en mí.
Harvey no confiaba nada en su compañero, pero aun así fue tras él.
Bajaron por una escalera estrecha. Pat alumbraba con la linterna en primer lugar y Harvey se fijó en que le temblaba un poco la mano. En el último tramo de peldaños la linterna se apagó.
—¿Qué coño pasa? —susurró Harvey nervioso.
—Creo que he oído algo. La he apagado para no delatar nuestra presencia.
—Joder, no veo una mierda. Vas a conseguir que me rompa la crisma.
A continuación, anduvieron a tientas hasta vislumbrar a lo lejos una débil luz.
—¡Mira eso!
—Iremos despacio. Tú por la izquierda y yo por la derecha.
—Hola, ¿señor Baker?
Las palabras de Pat resonaron por toda la galería.
—Bonita táctica para no delatar nuestra presencia —se quejó Harvey mientras lanzaba una mirada de reproche a su compañero.
A Harvey el lugar le recordaba a una bodega que visitó años atrás en España, solo que en esta ocasión no había barriles de vino por ninguna parte. Las paredes y el suelo eran de piedra natural y, cuanto más avanzaban, el frío y la humedad se hacían cada vez más palpables.
—¿Se puede saber qué es todo esto? —preguntó Pat atónito sin esperar respuesta.
Harvey tampoco daba crédito a lo que veían sus ojos. Una mujer de piel oscura y pelo rizado estaba atada a una silla con un trapo en la boca. Junto a ella, la detective a la que habían sorprendido intentando entrar en la mansión buscaba algo por el suelo con desesperación.
Por un instante, sus miradas se cruzaron.
Todo parecía surrealista.
Richard Baker los miraba sorprendido mientras su compañero forcejeaba desesperado por sacar el arma del cinturón. Cuando quiso reaccionar, el multimillonario apuntaba a Pat con un revólver.
Rebecka veía que aquello no podía acabar bien. El vigilante del mostacho a lo Oliver Hardy intentaba sacar torpemente el arma en el momento en que Richard Baker se giraba hacia ellos.
Con el corazón a mil por hora, echó un vistazo rápido por el suelo en busca de la Smith & Wesson. Mientras palpaba el suelo, su mirada se cruzó con la del vigilante pelirrojo que parecía no saber qué hacer.
La situación extrema en que se encontraban exigía una actuación inmediata, por lo que Rebecka agarró el candil situado a su derecha y, ante la horrorizada mirada de Hannah y la incrédula expresión del vigilante pelirrojo, se lo lanzó a Richard Baker antes de que este pudiera efectuar el disparo.
A partir de ese momento todo pareció ir a cámara lenta.
El candil impactó contra la espalda de Richard Baker a la vez que una bala silbaba cerca de su oreja. Intentó poner a Hannah a salvo del tiroteo lanzándose sobre ella. Cayeron juntas al suelo en el momento en que se producía el segundo de los disparos.
Un desgarrador alarido retumbó por las paredes de la galería.
A Rebecka le pareció que se trataba de Richard Baker, pero no estaba del todo segura.
Fuera quien fuese, no dejaba de gritar desesperadamente.
Era como si le estuviesen arrancando las entrañas.
Solo cuando resonó el tercer y último disparo, la galería quedó en completo silencio.
—¡Mierda!, me ha dado el muy cabrón —oyó que se quejaba el vigilante moreno.
Rebecka se encontraba tumbada junto a Hannah sobre el frío suelo de piedra.
Con el hombro dolorido, levantó la cabeza y observó cómo Richard Baker yacía entre llamas.
El fuego que devoraba al multimillonario iluminaba la estancia como una hoguera en plena noche.
Quitó a Hannah el trapo de la boca mientras el vigilante pelirrojo atendía a su compañero.
—¿Estás bien?
Hannah asintió entre lágrimas.
—¿Es grave? —preguntó Rebecka al pelirrojo alzando la voz.
—Creo que no, le ha dado en el brazo.
El vigilante pelirrojo cogió la linterna de su compañero y se quitó la chaqueta para cubrir con ella el cuerpo de Richard Baker y así sofocar las llamas.
—¿Se puede saber qué diablos ha ocurrido aquí? Creo que le dejamos bien claro que se alejara de la zona —dijo el vigilante moreno que aún seguía tumbado en el suelo.
—Antes, será mejor que echéis un vistazo tras esa cortina —respondió Rebecka señalando hacia el fondo de la galería mientras desataba a Hannah—. Ya habrá tiempo de pensar lo que diremos que ha ocurrido aquí.