51
Kilyan entró en La Dama de las Tentaciones.
Varios agentes tomaban declaración a las camareras, bailarinas y personal que les tocaba trabajar esa noche.
Se respiraba el particular olor que desprendían ese tipo de lugares sórdidos y de ambiente nocturno.
Varias botellas y copas rotas bañaban el suelo de cristales como consecuencia de la estampida de clientes que, o bien habían huido por temor a verse involucrados en un asesinato, o simplemente temían que sus familias descubriesen a dónde se dirigían cuando se suponía que iban a trabajar.
Tras sortear a una chica que aparentaba menos edad que la que se suponía que debía tener, Kilyan subió por unas escaleras estrechas que conducían al piso superior.
Tras saludar con la cabeza al agente que custodiaba el acceso a la escena del crimen, casi tropieza con Bernard que acudía a su encuentro con aspecto de necesitar una taza de café bien cargado.
—Lo ha vuelto a hacer y esta vez delante de nuestras narices —dijo con crispación.
—¿Cómo sabes que ha sido él?
—Será mejor que juzgues por ti mismo.
Kilyan lo siguió. Dejaron atrás el despacho de Michael Foster y pasaron a una zona donde Andrew Morgan, el analista de patrones de manchas de sangre, fotografiaba con destreza el cadáver del empresario desde diferentes ángulos como si fuera el mismísimo David de Miguel Ángel.
El cuerpo de Michael Foster yacía despatarrado en un sillón de piel marrón. Daba la impresión de que lo sorprendieron mientras descansaba. En la parte central de la frente llevaba dibujado un agujero de bala y le habían arrancado los ojos dejando dos cuencas vacías sobre su nariz.
Kilyan resopló.
—¿Nadie oyó los disparos? —preguntó mientras observaba la cara ensangrentada de Michael.
—Creemos que usaron un silenciador. Además, hay que tener en cuenta que la habitación está insonorizada y que allí abajo tenían la música a tope —contestó Bernard.
—¿Qué puedes decirnos, Max? —preguntó Kilyan al forense asignado al caso.
—La muerte se produjo hará tres horas, entre las siete y media y las ocho de la tarde. Los ojos fueron sustraídos con un sacacorchos que se han llevado para analizar los de criminalística. Todo apunta a que la causa de la muerte sea el disparo de la cabeza.
—Entonces, lo de los ojos… —dijo Bernard sin terminar la frase.
— Perimortem —sentenció Max.
—Joder.
—¿No se defendió? —preguntó Kilyan.
—Por lo visto no pudo. Tiene marcas en las muñecas y en los tobillos que sugieren que fue atado.
Después le sacaron los ojos, le pegaron un tiro y después lo desataron.
Lo que no podemos saber de momento es el tiempo que pasó desde que le extrajeron los ojos hasta que le pegaron el tiro, ni si estuvo consciente o no en ese periodo.
—¿Y los globos oculares?
—No han aparecido.
Kilyan se giró y miró a Bernard contrariado.
—Aún no lo entiendo. ¿Cómo sabes que esto es obra del hombre de la máscara?
—Mira en la mesa que hay a tu izquierda.
Kilyan vio varios objetos metidos en bolsas de plástico y dispuestos en orden.
Cada uno de ellos llevaba rotulado el número de muestra, el nombre del objeto, lugar donde fue recogido, fecha, hora y número de causa.
Hizo un barrido visual por la mesa y enseguida entendió a qué se refería Bernard.
Una de las bolsas contenía una máscara idéntica a la que llevaba puesta el hombre del cajero.
Kilyan se giró y volvió a posar sus ojos verdes en Bernard.
—El cadáver lo encontró Susan Garner, una chica de veinticuatro años que asegura ser la persona de confianza de Michael Foster.
Según nos ha contado, entró al despacho para informarle que un borracho andaba molestando a una de las bailarinas y se lo encontró así —dijo desviando la mirada al cuerpo del empresario—, pero con la famosa máscara de Joe Cassidy cubriéndole la cabeza.
—¿No vieron subir o bajar a nadie?
—Parece ser que no. Barajamos la posibilidad de que puedan haber entrado por la ventana del baño —dijo Bernard señalando con la cabeza una puerta corredera que había al otro lado de la habitación.
Kilyan se acercó y entró en un modesto pero pulcro baño con un retrete, una ducha y un lavabo. Cuando asomó por la ventana que se hallaba junto a la ducha, comprobó que esta daba a un callejón situado en la parte trasera del edificio.
—Pudo subir por la tubería —sugirió Kilyan.
—Es lo que habíamos pensado.
—Si no me necesitáis más, creo que me voy a marchar. Os mantendré al tanto si surgen novedades.
—Está bien. Gracias, Max —dijo Bernard mientras Kilyan observaba pensativo el cuerpo de Michael Foster.
—Aquí ha habido ensañamiento. Sigo pensando que esto se trata de una especie de venganza y que quiere impartir justicia por su cuenta.
Existe una extrema violencia en cada una de las muertes y en todas parece querer dejar un mensaje.
En esta ocasión le ha arrancado los ojos a la víctima.
Puede que Michael viera algo que no debía.
—O que hiciera la vista gorda —repuso Bernard.
Kilyan no dijo nada.
—Por el momento podemos decir que tres de las víctimas se conocían —comentó Bernard refiriéndose a Mia Tyson, Bud Delaney y Michael Foster.
—¿Sabemos algo del estado de Sharon?
—No. Pero, ahora que lo dices, Jesús me envió el informe hará un par de horas por correo electrónico. Entre lo del retrato robot y esto, lo había olvidado por completo.
—De acuerdo, si te parece haré un par de preguntas a la mujer que encontró el cadáver y después iremos a echar un vistazo a ese expediente.
—Está bien, sígueme. Sé dónde encontrarla.
Tras bajar las escaleras, Bernard escrutó el local en busca de la mujer que poco antes se hallaba sentada en uno de los taburetes que había junto a la barra.
—Perdone, ¿ha visto a la chica que había aquí hace un momento? —preguntó a una joven morena con dos coletas que no dejaba de masticar chicle mientras jugaba con un trapo que se pasaba de una mano a otra—. Se llama Susan Garner.
—Si se refiere a Sugar, dijo que salía un rato a que le diera el aire.
—Gracias.
Kilyan y Bernard salieron a la calle y la encontraron fumando un cigarrillo.
Vestía un abrigo de pelo blanco medio abierto que dejaba entrever un conjunto de ropa interior de encaje negro y unos zapatos de aguja de idéntico color.
Por su expresión, Kilyan no supo decir si se encontraba afectada por la muerte de Michael o pensando en qué iba a ser de ella si terminaban cerrando el club.
—¿Susan Garner?
La mujer tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la punta del zapato. Después de dedicarles una rápida mirada posó sus ojos grises en el abanico de uñas esmaltadas de azul y negro que lucía su mano izquierda.
—¿Le importa si le hacemos unas preguntas?
Susan se encogió de hombros.
—¿Es usted quien encontró el cuerpo de Michael Foster?
—Sí. Pero no creo que sea una novedad para vosotros.
—¿A qué hora ocurrió? —preguntó Kilyan haciendo caso omiso a su comentario.
Susan puso los ojos en blanco.
—Acabábamos de abrir. Serían poco más de las once y media. Un borracho molestaba a una de las chicas y decidí subir a su despacho para ponerle al corriente.
—¿Qué se suponía que hacía Michael a esas horas?
—Plantar un pino, ¿y yo qué sé?
Kilyan no dijo nada y esperó.
—Suele estar hablando con proveedores o haciendo cuentas, pero en esta ocasión se sentía cansado y simplemente no quería que lo molestaran.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí, señorita Susan?
—Van a hacer seis años este mes.
—¿Y cómo acabó trabajando para Michael?, ¿tenía problemas en casa?
Sugar miró a Kilyan levantando una ceja y Bernard lo hizo de reojo.
—¿Quiere saber si soy una de esas que deciden marcharse de casa para acabar mendigando en un antro como este?
¿En serio me está preguntando eso? ¿Le digo también mi talla de bragas y la marca del champú con el que me ducho todas las putas mañanas?
—protestó haciendo aspavientos con las manos—.
Esto empieza a parecerse a un interrogatorio y por ahí sí que no paso.
—Disculpe, Susan, no era nuestra intención —intercedió Bernard para cambiar el rumbo que estaba tomando la conversación—. ¿Puede decirnos si conocía bien a Mia Tyson?
—Dudo que nadie la conociera bien del todo. Ni siquiera Michael.
—¿Qué quiere decir?
—Que de puertas para afuera apenas sabíamos nada de ella.
—¿Cómo era en el trabajo?
—Mia hacía lo que le daba la gana. Michael no nos habría permitido a ninguna de nosotras llegar tantas veces tarde al trabajo y menos aún con unas copas de más.
A veces los oíamos discutir. Le gustaba coquetear con los clientes.
Cada vez que entraba en el club se comportaba como si estuviese en su propia fiesta.
Se sentía la anfitriona. Las chicas siempre hemos pensado que tenía a Michael agarrado por las pelotas, si no, no se puede explicar que él fuera tan permisivo con ella.
Por Dios, tenía cuarenta y ocho años, ¿dónde se ha visto a una estríper con esa edad?
—¿Qué pasó cuando subió a ver a Michael esta tarde?
Susan lo miró un instante y después se cerró el abrigo.
—Lo reconocí por la ropa que llevaba puesta. Su rostro lo cubría una horrible máscara.
Susan encendió un cigarrillo y Kilyan se fijó en que le temblaba la mano.
—Al instante supe que estaba muerto —continuó—.
La sangre le caía por debajo de la máscara tiñéndole la camisa blanca de rojo.
La piel la tenía de color azul violáceo.
No era la primera vez que veía un cadáver.
Salí corriendo de la habitación y le grité a Kia desde lo alto de la escalera que habían asesinado a Michael.
En ese momento no pensé en el efecto que tendrían mis palabras.
Susan detuvo con rapidez una lágrima y dio una calada al cigarrillo aparentando indiferencia.
—A partir de ese momento todo fue un caos. Los clientes abandonaron el club a empujones como ratas huyendo del fuego. Nadie quiere verse involucrado en un asesinato y menos en un lugar como este.
—¿Alguien quería verlo muerto?, ¿tenía deudas?
—Michael no era el típico jefe cabrón que se aprovechaba de las chicas y acumulaba pufos. Tenía sus cosas, pero llevaba todo en regla y no recuerdo haberle visto envuelto en ningún lío. No era un mal jefe.
—¿Ha visto esta tarde a alguien sospechoso o ha notado algo inusual en los últimos días?
—No. Creo que más o menos he visto las mismas caras de siempre haciendo las mismas mierdas de siempre.
—¿Cree que pudieron colarse en el despacho de Michael mientras él estaba en comisaría?
—Ya se lo dije a un compañero tuyo. Mientras yo estuve aquí te puedo asegurar que no subió nadie.
Kilyan miró a Bernard y este asintió.
—De acuerdo, Susan, es todo por ahora. Nos pondremos en contacto con usted si necesitamos más información, gracias por su tiempo.
—Chica dura —dijo Kilyan mientras Susan Garner entraba de nuevo en el local tras arrojar la colilla del cigarrillo por encima de sus cabezas.
Una vez en la carretera, Kilyan recibió una llamada de Ezra donde le informaba que Rebecka se había visto envuelta en un tiroteo dentro de la casa que Richard Baker tenía en River Oaks.
El multimillonario había fallecido de un disparo en el pecho tras sufrir graves quemaduras por todo el cuerpo y un vigilante de seguridad había resultado herido de bala en el brazo derecho.
Por lo visto, Richard tenía secuestrada a una empleada del club La dama de las tentaciones en el interior de una galería subterránea del edificio en el que residía.
También hallaron el cadáver de dos mujeres y equipamiento suficiente para preservar los cuerpos en buen estado.
Kilyan no entendió nada de lo que Ezra le había contado, pero pensó que ya tendría tiempo de hablar con Rebecka para aclarar lo sucedido.
Casi no quedaba nadie en la oficina. Bernard se sentó en su mesa y movió el ratón para activar la pantalla. Kilyan cogió la silla más cercana y se colocó a su lado mientras abría el correo.
—Aquí está.
Bernard abrió un archivo y Kilyan posó la mirada en el rostro de la mujer que aparecía en un extremo del documento.
Su cabello era castaño oscuro y su piel de color vainilla.
Tenía una larga melena ondulada que llevaba recogida en una coleta y varias pecas salpicaban su cara sonriente.
Hizo una mueca al pensar que la persona que le devolvía la mirada se debatía entre la vida y la muerte en el Hospital Central de Houston.
—Sharon Fisher Hiddleston, treinta y nueve años, Houston —comenzó a leer Bernard—.
Su madre falleció tras el parto y a su padre le retiraron la custodia un año después por problemas con el alcohol.
Tras pasar por dos familias de acogida, fue internada en el orfanato Niños con Esperanza desde los ocho hasta los dieciocho años.
Tres años después de abandonar el orfanato se casó con Peter Gilmore y se fueron a vivir a Pasadena donde tuvieron dos hijos.
No tiene antecedentes y actualmente trabaja en el Hotel Hyatt Place de recepcionista.
Lleva una cicatriz en el mentón que se hizo en un accidente doméstico con siete años y tiene un Mercedes Benz Clase C Coupé de 2015 registrado a su nombre.
—¿Dónde has dicho que estuvo internada?
—En el orfanato Niños con Esperanza.
—¿De qué me suena?
Kilyan arrastró la silla hasta su mesa y encendió el ordenador. Después entró en la carpeta del caso que les ocupaba y tecleó «esperanza» como palabra clave en la casilla de búsqueda. Una palabra coincidente apareció en la lista de resultados.
Kilyan abrió el archivo.
—Tenemos que visitar ese orfanato —dijo con un brillo en los ojos.
La mesa de Bernard quedaba enfrente. Este se asomó por un lateral del ordenador y lo miró con expectación.
—Elizabeth Rush también fue internada en ese lugar y, por las fechas que manejamos, es posible que coincidiesen —sugirió sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro consciente de que, si eso era cierto, tendrían otra línea de investigación.