Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 49
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Michael Foster cerró con llave el despacho y se sirvió una copa de The Macallan, un whisky escocés de doce años que guardaba en el mueble bar situado tras el escritorio.

«¿Por qué se había suicidado Mimi en una nave industrial tras practicar el canibalismo?»

«¿Cómo narices había ido a parar su furgoneta hasta aquella gasolinera?»

«¿Por qué se empeñaba la policía en cargarle a él el muerto?»

Se preguntaba Michael mientras le daba un buen trago a la copa.

El día ya había comenzado mal con la llamada de Melissa.

Melissa Hale era una de las chicas con más éxito en el club en los últimos años. Guapa, joven y bailaba bien. Además, tenía ese punto de timidez sobre el escenario que la hacía más deseable.

La noche anterior había tenido una reacción alérgica durante la cena y esa mañana se había despertado con ronchas rojizas por todo el cuerpo, obligándolo a tener que echar mano de una de sus camareras para sustituirla.

Más tarde irrumpieron dos agentes en el club y lo llevaron detenido como a un delincuente delante de las chicas, porque habían encontrado su furgoneta cerca de la gasolinera en la que desapareció el motero que hallaron muerto junto a Mimi.

Para colmo, después de pasar cerca de tres horas en una sala de interrogatorios, Sugar acababa de comunicarle que Hannah, la chica nueva, no daba señales de vida, por lo que solo podía contar con una camarera esa noche e iba a tener que anular la actuación o hacer que otra de las chicas repitiera su baile.

Vamos, un desastre.

Por si fuera poco, había una detective que no lo dejaba en paz mostrándole fotografías desagradables del cadáver de Mimi e interesada en la relación que mantuvieron.

¿Que si tuvieron algo?, por supuesto que lo tuvieron.

Pero lo que ocurrió no podía guardar relación con su muerte.

Fue algo que ya arreglaron en su momento.

Hicieron un pacto verbal que debió haber vencido dieciocho años atrás, pero que terminó alargándose hasta el instante en que Mimi decidió quitarse la vida.

Es verdad que no tenía por qué haber aguantado sus impertinencias después de tanto tiempo, pero se sentía en deuda con ella a pesar de haberse extralimitado con él.

También tuvo que escuchar durante mucho tiempo las continuas quejas de sus compañeras y los rumores acerca del presunto chantaje que Mimi le hacía con un asunto turbio que había descubierto durante su relación.

En cierto modo había algo de verdad en todas esas habladurías, pero Michael pensó que, después de todo, había valido la pena el sacrificio.

El empresario se descalzó y se dejó caer en un sillón de piel marrón mentalmente agotado.

Había dado órdenes explícitas a Sugar de que no lo molestaran.

Era muy probable que los policías que lo habían estado siguiendo se encontraran dentro del club y en esos momentos necesitaba descansar y olvidarse del asunto durante un rato.

Cerró los ojos y su mente viajó varios años atrás.

Hacía tiempo que no tenía noticias de él y lo poco que conocía era gracias a Mimi.

Más de una vez se había preguntado cómo sería y qué le habría deparado la vida.

Hay decisiones que en su día las tomas convencido de estar haciendo lo correcto, pero, con el paso de los años, las acabas viendo desde otra perspectiva.

Si ahora mismo tuviera que tomar la misma decisión que hace veintiocho años, posiblemente lo haría de otra manera.

O tal vez no.

Michael se recostó en el sillón y dejó que sus brazos colgaran fuera de él.

Los pensamientos y recuerdos se desvanecieron al igual que lo hace una pompa de jabón cuando impacta con un objeto.

Preso del agotamiento, el empresario notó cómo sus músculos se relajaban y la cabeza le colgaba del cuello entregándose poco a poco a la ley de la gravedad.

En cuestión de segundos, Michael había sucumbido al sueño.

Cuando abrió los ojos, el cuerpo de una mujer le daba la espalda. Ambos se encontraban desnudos sobre la cama y el cabello rubio de ella le rozaba suavemente la cara.

No tenía la menor duda de quién era. Conocía ese olor.

Se trataba de Mimi.

Ella se dio la vuelta y lo miró con la cabeza apoyada en el brazo.

—Buenos días, grandullón.

Michael no dijo nada. Sonrió.

—¿Sabes que si hubiésemos permanecido juntos todo habría sido más sencillo? —dijo mientras acariciaba su pecho.

Michael asintió.

De repente, una mueca demudó las facciones de Mia.

—En cambio, ¡mira cómo has conseguido que acabe! —gritó histérica y fuera de sí, con la desesperación reflejada en sus ojos azules.

Michael observó horrorizado cómo levantaba los brazos con los puños hacia abajo y le mostraba las muñecas mientras la sangre goteaba en las sábanas. Asustado, retrocedió hasta el borde de la cama al ver cómo Mia empezaba a descomponerse.

Cerró los ojos entre lágrimas y cuando los volvió a abrir vio sus pies descalzos sobre la alfombra persa de su despacho.

Solo había sido una pesadilla.

Con la respiración agitada, estiró el brazo y cogió la copa que había dejado en el suelo para beber de un trago lo poco que quedaba en ella.

—¡Mierda! —soltó dando un brinco en el sillón al entrever una figura que lo observaba inmóvil en la penumbra de la habitación—. ¿Quién cojones te ha dejado entrar aquí?

La figura dio dos pasos al frente y Michael palideció al comprobar que lo apuntaba con un revólver.

—Oye, mira, si lo que quieres es dinero, dame un minuto para bajar y te daré lo que tengamos en caja. Aquí no tengo nada en efectivo, ¿de acuerdo? —se ofreció pensando en salir corriendo a la comisaría más cercana nada más cruzar la puerta.

La persona que lo apuntaba firmemente con el arma no dijo nada y se acercó un paso más a él. Vestía un chándal negro y llevaba una máscara con el aspecto de un bebé enfadado cubriendo su cabeza.

—¿Qué coño es esto?

Michael le lanzó la copa al intruso y este la esquivó hábilmente sin apenas moverse. El empresario miró a ambos lados en busca de un objeto con el que poder defenderse, pero no encontró nada a mano.

Comenzaron a caerle gotas de sudor por la frente cuando vio al intruso ladear la cabeza mientras se llevaba el dedo índice a la boca de la máscara instándolo a que se callara.

No sabía qué hacer.

Estaba paralizado.

El tipo se llevó una mano enguantada hacia la máscara, la agarró por uno de los bordes y, sin dejar de apuntarlo con el revólver, se la quitó de un tirón.

Michael se lo quedó mirando con la boca entreabierta. Había algo en aquel rostro que le resultaba familiar.

—Hola, papá —dijo arrastrando las palabras en un susurro.

Se fijó en sus ojos. Tenía una mirada tan fría y cristalina, que lo que vio en ella hizo que se le helara la sangre.