48 #2
No entendía nada. La única salida posible era una ventana, pero estaba cerrada y era imposible hacerlo desde fuera.
Entre dos armarios empotrados de madera que llegaban hasta el techo, había un enorme cuadro en donde aparecía retratada una mujer que Rebecka identificó al instante como Lynda Mitchell.
La madre de Richard lucía un vestido azul victoriano y mostraba una mirada melancólica a pesar de su postura distante y poderosa.
Le sorprendió el realismo que desprendía la pintura.
Bajo el cuadro, una preciosa planta de lirios de la paz ascendía desde una copa de estilo clásico sobre una base gris de piedra blanqueada.
Desconcertada, giró sobre sí misma. No lo veía por ninguna parte y, sin embargo, tenía que hallarse en algún lugar.
Pero ¿dónde?
Rebecka comenzó a mover los libros que había en dos de las baldas de uno de los armarios. Tenía la esperanza de que en un momento dado se abriera una puerta secreta como ocurría en las películas.
No fue así.
El resto de las baldas contenían un precioso tocadiscos Soundmaster, una colección en miniatura de soldados de metal, dos pequeños baúles con joyas y accesorios, una caja de música en forma de carrusel de madera, diferentes figuras y elementos decorativos y varias fotografías de Richard junto a su madre enmarcadas en madera de abeto de diferentes acabados.
En todas ellas aparecían serios y solemnes.
A Rebecka le produjeron cierto estremecimiento.
Después de mirar tras el cuadro de Lynda Mitchell, mover la planta e intentar empujar horizontalmente las librerías sin obtener ningún resultado, retrocedió hasta apoyar la espalda contra la pared junto a un antiguo reloj de pie.
Paseó la mirada por toda la habitación en busca de una vía de escape.
Sin embargo, no consiguió ver ningún saliente o fisura en ninguna de las cuatro paredes.
Al bajar la mirada observó que la moqueta del suelo llevaba una gráfica compuesta por dameros de colores pastel de un metro por un metro.
Le llamó la atención que uno de ellos tuviera los bordes un poco oscuros, como si fuera un parche.
Rebecka se arrodilló y pasó los dedos alrededor del surco, hasta notar que en uno de los lados se le hundían levemente. Con el corazón a mil por hora, tiró hacia arriba y el trozo de moqueta se levantó sin apenas realizar esfuerzo. Unas escaleras bajaban y se perdían en la oscuridad.
Sin pensárselo dos veces comenzó a descender por ellas.
Según iba avanzando, la oscuridad fue apoderándose de ella obligándola a encender la linterna del móvil.
«¿Habrá una salida?»
«¿Me estará esperando abajo?»
«¿Dónde diablos está Hannah?»
Las preguntas se agolpaban en su mente mientras el frío se colaba por sus huesos.
Los peldaños y las paredes eran de piedra y sentía como si estuviera descendiendo a las mismísimas catacumbas del Convento de Capuchinas en la Antigua Guatemala.
Recordaba haberlas visitado en uno de los pocos viajes que realizó con su madre cuando era pequeña.
Una vez abajo, caminó por una galería abovedada y maldijo no haber cogido una linterna en condiciones.
La tenue luz que le proporcionaba el móvil apenas la dejaba ver lo que había a un metro de distancia.
Si Richard se hallaba oculto entre las sombras de la galería, gozaba de cierta ventaja y eso la hizo sentirse aún más insegura.
—¡Quieta!
El eco de la estridente voz de Richard Baker resonó por las paredes de la galería. Rebecka se sobresaltó y apuntó con el arma en todas las direcciones. Era incapaz de intuir en qué posición se encontraba el multimillonario.
—Deja el arma en el suelo y empújala hacia adelante o mataré a tu amiguita.
—Antes quiero ver que se encuentra bien.
—Primero el arma.
Rebecka dejó su Smith & Wesson en el suelo y la empujó con el pie como le había pedido. El revólver se deslizó por la superficie de piedra y acabó chocando con un objeto de metal. El fuerte olor a humedad que percibía se mezclaba con otros olores que fue incapaz de descifrar.
—Muy bien —susurró Richard.
A pocos metros de donde se encontraba, un antiguo candil cobró luz mostrando a Richard Baker, quien apuntaba a Hannah con una pistola.
La mujer con la que había pasado una noche maravillosa estaba sentada en una silla frente a Richard con un trapo rojo como mordaza y los ojos abiertos de par en par y anegados de lágrimas.
Detrás de ellos, una cortina como las que separan a los pacientes en los hospitales tapaba parcialmente una camilla.
Una larga mesa de metal junto a una estantería de aluminio con equipamiento de laboratorio como probetas, vendas, tijeras o frascos con contenidos indescifrables completaban un escenario que la descolocó por completo.
—Cálmate, Richard, aún puedes remediar todo esto. Si la sueltas, nos largaremos de aquí y te prometo que no volverás a vernos.
—¿Crees que soy imbécil?
—Escúchame, nadie sabe que he venido. —Richard la miraba inexpresivo—. No tienes por qué hacer esto. Déjala marchar al menos a ella, yo me quedaré contigo. Puedo ayudarte… Charlie.
—¡Cállate ya! Los policías no decís más que mentiras —esta última frase la escupió con desprecio—. En eso os parecéis mucho a las estríperes, ¿verdad, Mara? —dijo en tono irónico agarrando a Hannah por la mandíbula mientras hundía el cañón del revólver en su cabeza.
Rebecka sentía que la situación se le había escapado totalmente de las manos.
—Todas ponéis esa cara de no haber roto un plato, lo he visto muchas veces —continuó Richard—.
Pero en el fondo lo que pretendéis es engañarme y aprovecharos de mi buena voluntad.
Ya me advirtió mamá. Lo único que de verdad os importa a las mujeres de hoy en día es el dinero. Sois todas unas zorras avariciosas.
Rebecka barajó las opciones que tenía para neutralizar a Richard Baker, pero todas ellas ponían en peligro la vida de Hannah y la suya propia.
—¡Levanta las manos! —gritó Richard nervioso.
Rebecka obedeció.
—Ahora, acércate muy despacio y colócate al lado de tu amiguita. No se te ocurra hacer ninguna tontería.
Hannah miraba aterrada cómo Rebecka se acercaba por su izquierda mientras Richard se alejaba de ella por la derecha. Tenía el pánico instalado en sus ojos. Rebecka no pudo evitar echar un vistazo tras la cortina que había a su espalda.
De inmediato se arrepintió de haberlo hecho.
—Ahora quiero que te pongas esto.
Richard arrojó unas esposas a los pies de Hannah. Rebecka se agachó para cogerlas y tomó conciencia del olor tan fuerte a productos químicos que había en esa zona. Cuando se levantó, se fijó en que Hannah cerraba los ojos unos segundos a modo de disculpa por haberla metido en esa situación.