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Hacía rato que los vigilantes de seguridad se habían marchado de la zona y Rebecka observaba la casa con unos prismáticos desde su coche.
No había señales de Richard Baker por ningún lado y necesitaba saber en qué parte de la casa se encontraba para entrar sin ser vista.
Al final decidió hacer una llamada al Fast Food más cercano a nombre de Noah Preston, quien vivía dos manzanas más abajo, pero facilitando la dirección de Richard Baker.
De esta forma no levantaría sospechas y todo parecería un malentendido.
Pidió una pizza , cruzó la carretera y se adentró en una pequeña arboleda que había cerca de la mansión.
Se escondió tras un macizo roble mientras esperaba la llegada del repartidor.
Un pequeño gorrión cayó de una de las ramas del roble como si de una manzana madura se tratara para acabar aterrizando en la hierba mojada.
Dio un par de pequeños saltitos, la observó con curiosidad durante cinco segundos y echó a volar, perdiéndose entre los árboles.
Veinte minutos más tarde, una motocicleta aparcó en la entrada del edificio.
Rebecka aprovechó para rodear la residencia ocultándose entre la maleza.
Tenía poco tiempo para actuar y debía darse prisa, pero, a pesar de haber escampado, el suelo se encontraba tan embarrado que la impedía ir todo lo rápido que le hubiese gustado.
Sacó su arma reglamentaria y se acercó al muro donde poco antes la habían sorprendido los vigilantes.
Una vez estuvo segura de que no le seguía nadie, escaló la pared de piedra y saltó al otro lado del muro sin pensárselo dos veces.
Con la rodilla hincada en el suelo, miró en derredor del edificio como si fuera una atleta antes de escuchar el disparo de salida y se desplazó a toda velocidad hasta un corredor de arcos.
Se situó junto a una puerta de madera de medio arco con cristales y esperó hasta controlar la respiración.
Cuando trató de girar el pomo, se alegró de que la puerta no estuviera cerrada.
La casa estaba en penumbra. No se escuchaba ni el revolotear de una mosca.
En uno de los accesos que daban a la habitación en la que se encontraba, había un largo pasillo.
Podían verse tres puertas cerradas, una a la izquierda y dos a la derecha, así como un salón al fondo del pasillo del que solo alcanzaba a ver la esquina de un billar, un armario empotrado con varios compartimentos y parte de un sofá gris.
Rebecka entró en el pasillo apuntando con su arma en dirección al salón mientras caminaba hacia atrás.
Su plan era registrar habitación por habitación hasta dar con Hannah.
De alguna manera se sentía responsable de la situación en la que ella se encontraba y no se había parado a pensar en las consecuencias que iba a tener su allanamiento de morada y mucho menos en las explicaciones que tendría que dar fuera cual fuese el resultado final de su intrusión.
Como la puerta que quedaba a su espalda se encontraba cerrada con llave, probó suerte con las otras dos sin dejar de apuntar hacia el salón.
La de la izquierda correspondía a un baño y a la derecha podía verse una austera pero elegante habitación que parecía no haber pisado nadie en un largo periodo de tiempo.
Antes de continuar avanzando por la suntuosa mansión de techos altos y blancas paredes, aguzó el oído esperando escuchar un sonido que le indicara en qué parte de la casa se encontraba Richard Baker.
Al no percibir el menor ruido, se acercó al billar y se ocultó detrás de él en estado de alerta.
Solo había dos accesos que daban al salón: el que daba al pasillo, por el que acababa de pasar, y otro que conducía al recibidor donde ya estuvo en su anterior visita.
Lo más probable era que Richard se encontrara en el piso superior o en la habitación que había al otro extremo del recibidor.
Optó por la segunda opción.
Allí no había nadie, pero se le pusieron los pelos de punta al reconocer el perfume de Carolina Herrera que guardaba en el baño de su casa.
Frente a una enorme chimenea, dos sofás Chester rodeaban una mesa sobre la que descansaba una bandeja de plata con dos tazas de café.
Una de ellas estaba rota y observó que en el suelo había fragmentos de cerámica.
Si algo tenía claro, era que Hannah había estado allí.
A su izquierda había una amplia cocina. La luz que entraba provenía de dos grandes ventanales que iban desde el suelo hasta el techo. A través de ellos podía verse el bosque que se extendía por el ala oeste de la residencia.
Allí tampoco había nadie.
Si en algún lugar estaba Richard Baker, tenía que ser en el piso superior.
Rebecka subió las escaleras con la suavidad y la precisión de un felino. Una vez arriba se arrimó a la pared con el arma pegada al pecho. Inmóvil.
Tras unos segundos en completo silencio, escuchó una serie de ruidos a pocos metros de donde se encontraba. Era como si alguien anduviera registrando la casa: cajones que se abrían y se cerraban, perchas que chocaban entre sí, pasos apresurados...
Rebecka accedió al dormitorio donde Richard dijo haber estado con Mia Tyson. No terminaba de acostumbrarse al enorme espejo que abarcaba la totalidad del techo. El simple hecho de mirarlo llegaba a provocarle cierta angustia.
Al fondo del dormitorio, había una puerta abierta y una débil luz salía del interior.
El ruido había bajado de intensidad hasta tal punto que resultaba imperceptible.
Llegó a temer que Richard la hubiera oído acercarse y estuviese listo para defenderse.
También se le pasó por la cabeza que podría estar haciendo un castillo de arena de algo insignificante y que quizás había una explicación razonable para todos sus temores.
Rebecka sacudió la cabeza poniendo todos los sentidos en la habitación que tenía delante y avanzó con paso lento como si caminase por un terreno minado.
Richard Baker estaba agachado frente a un baúl marrón de madera contrachapada, cuyo contenido quedaba oculto por su cuerpo rechoncho.
Rebecka se sentía como si hubiera entrado en el almacén de un bazar oriental.
Había dos grandes armarios de baldas que contenían una gran cantidad de artículos de bebé como pañales, chupetes, sonajeros, biberones o muñecas.
Las paredes estaban pintadas de azul cielo y decoradas con vinilos de pájaros y nubes de algodón.
El techo contenía las típicas estrellas y planetas que al apagar las luces brillaban en la oscuridad.
Un caballo balancín de madera la observaba desde el fondo de la habitación.
No pudo evitar un escalofrío por todo el cuerpo.
—¡Quieto! —dijo con voz neutra.
Richard giró la cabeza en su dirección sorprendido.
—¿Dónde está Hannah?
—¿Se puede saber qué hace en mi casa?
Richard intentó recomponerse poniéndose de pie en actitud desafiante. No había nada del hombre tímido y acobardado que recordaba.
—No te muevas o juro que te pego un tiro.
—¿De verdad cree que puede colarse en mi casa y apuntarme con un arma así, sin más? ¡Márchese ahora mismo!
—Dónde está la mujer que vino aquí esta mañana.
—¿De qué mujer...?
—No me mientas, Richard —dijo sin dejar que terminara la frase.
Richard no dijo nada y levantó levemente los hombros.
—Si no me dices dónde está no pararé hasta encontrarla. Será mejor que no me hagas perder el tiempo ni pongas a prueba mi paciencia.
—Nadie la invitó a venir —dijo finalmente cruzando los brazos y adoptando la actitud de un niño enfadado. Volvía a ser el hombre infantil del día anterior.
—Dime dónde está y te prometo que me marcharé.
Richard la miró de reojo y a Rebecka le pareció ver cómo torcía la boca un breve instante, pero no supo decir si era un espasmo muscular o un amago de sonrisa.
—Acompáñeme.
Rebecka lo siguió escaleras abajo. Tras cruzar el salón, se dirigieron al pasillo que conducía a la única puerta que no había conseguido abrir.
—¿Le importaría dejar de apuntarme con eso, por favor? —suplicó Richard mientras sacaba un manojo de llaves del bolsillo.
No del todo convencida, Rebecka bajó el arma y Richard introdujo una deslucida llave en la cerradura. Su propósito era encontrar a Hannah y salir de allí lo antes posible, así que no pensaba darle motivos para que aquello se alargara durante más tiempo.
Los movimientos del multimillonario eran tan lentos que le dieron ganas de apartarlo de un empujón y abrir ella misma la puerta. Por fin vio cómo giraba la llave y entraba a una oscura habitación.
Cuando quiso ir detrás de él, la puerta se cerró de golpe delante de sus narices.
—¡Joder! —exclamó girando el pomo—. ¡Abre la maldita puerta! —ordenó furiosa al ver que esta no cedía.
Richard se la había jugado y no lo había visto venir. Se sentía una idiota.
—¡Abra ya o me veré obligada a entrar a la fuerza!
Rebecka contó mentalmente hasta tres, apuntó con el arma a la cerradura y apretó el gatillo. Era consciente de que los vigilantes podrían oír el disparo, pero estaba dispuesta a correr ese riesgo.
Una vez hizo trizas la cerradura, abrió la puerta de una patada.
La habitación se encontraba a oscuras. Rebecka palpó la pared en busca de un interruptor mientras apuntaba con la Smith & Wesson de izquierda a derecha, esperando a que de un momento a otro Richard Baker se abalanzara sobre ella.
Cuando por fin encontró el interruptor, una lámpara de araña de cristal iluminó la estancia.
Ni rastro de Richard Baker.
«¿Dónde diablos se habrá metido?», se preguntó incrédula.