Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 47
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Dennis Murray aparcó el coche cerca de la bifurcación que conducía al club La dama de las tentaciones. Al parecer, Bernard aseguraba haber visto esa mañana una furgoneta blanca que se ajustaba a la descripción que tenían y tuvo que sustituirle mientras hacían un retrato robot del conductor.

—A ver si pillan ya a ese cabrón —murmuró antes de dar un mordisco al sándwich de pollo que había cogido en un Starbucks de camino.

La escena que Bernard y Stonner se encontraron la pasada madrugada era de esas que se te quedan grabada para toda la vida.

Dennis ya había pasado por crímenes tan atroces como los acontecidos en la casa de Sharon Fisher.

Aún no podía quitarse de la cabeza un caso sucedido cuatro años atrás en el que el cadáver de una joven llamada Cindy, a la que habían cortado las extremidades para después meterla en una bolsa de basura, apareció flotando en el río White Oak Bayou.

Fue el padre de Cindy quien llamó a la policía.

Estaba inquieto porque su hija esa noche no había regresado a casa después de ir al cine con unas amigas.

Dos días más tarde, una persona que paseaba en bicicleta por Championship Park encontró el brazo de la joven flotando en la orilla.

No les costó mucho dar con el resto del cuerpo.

Después de estar dragando el río durante tres largas horas, pudieron recuperar lo que faltaba de la pobre Cindy Golinger.

Los peritos dictaminaron que la víctima había sido violada, asfixiada y descuartizada por su propio padre.

Encontraron restos de su ADN en las uñas de Cindy y fluido seminal en la zona genital de la joven.

Al padre lo condenaron a cadena perpetua sin libertad condicional.

Ya eran las ocho de la tarde y comenzaba a anochecer.

El cielo cubierto de nubes grises amenazaba con volver a traer lluvia a las cálidas calles de Houston.

Hasta el momento había estado todo muy tranquilo, pero ya se empezaba a ver gente merodeando por las inmediaciones del club.

Como dentro estaba prohibido vender o consumir droga, los clientes se la compraban a los camellos que paseaban por el exterior del local minutos antes de su apertura.

Un tipo salió del club y se colocó a un lado de la puerta con las manos juntas y los brazos caídos al más puro estilo «matón de discoteca», cuando el teléfono comenzó a sonar.

—¿Sí? —contestó Dennis.

—Dennis, soy Bernard, ¿cómo va todo por allí?

—Nada nuevo. En el tiempo que llevo aquí no he visto a ese tal Michael por ninguna parte. ¿Qué tal ha ido el dibujo?

—Bueno, teniendo en cuenta que lo vi unos segundos...

—Ya.

—¿Quieres que vaya a relevarte?

—No hace falta. Además, abrirán enseguida y tengo esperanzas de que esto se vaya animando.

—Te veo muy optimista —dijo Bernard, sonriendo—. Avísame si sale y procura no perderlo de vista.

—Descuida.

Dennis colgó el teléfono y vio que comenzaban a entrar los primeros clientes.

Pensó que era un lugar idóneo para aquellos que buscaban discreción.

El edificio se encontraba en un polígono industrial, cerca de Brays Bayou Park, por donde solo pasaban los coches de los obreros que iban y venían a las fábricas de la zona.

Solo había estado una vez en un club de striptease como cliente y se prometió a sí mismo no volver a hacerlo.

Ocurrió cuando apenas tenía diecisiete años y acudió acompañado de varios amigos.

Mientras ellos se fijaban en las mujeres desnudas que bailaban sensualmente sobre el escenario, él miraba a los borrachos que gritaban obscenidades a las chicas y bebían sin tregua.

El simple hecho de pensar que su padre podría ser uno de ellos era suficiente para querer salir de allí corriendo.

No obstante, debido a su participación en algunos casos, se había visto obligado a visitar clubes similares en más de una ocasión.

Dennis sacó una pitillera y encendió un cigarrillo. «¿Dónde estás, Michael?», se preguntó mientras miraba hacia las ventanas que había en lo alto del edificio.

En cierto modo, se alegraba de que el caso hubiera sido asignado a los detectives Kilyan y Rebecka.

Rebecka era joven e impulsiva y, aunque llevaba poco tiempo en el cuerpo de Policía, a Dennis le caía bien y la consideraba una buena profesional.

Kilyan, en cambio, a pesar de su veteranía en el cuerpo y de sumar una buena cantidad de casos resueltos, le parecía una persona poco sociable y un tipo que iba bastante a su bola.

Una vez le tocó compartir una investigación con él y tuvo la sensación de que mientras Kilyan conseguía pistas para el caso, a Dennis le tocaba seguirle la pista al propio Kilyan.

Cuando iba por el sexto cigarrillo, a eso de las once y media de la noche, dos tipos salieron con paso apresurado del club y la gente que andaba por el exterior comenzó a correr confundida en ambas direcciones.

—¿Qué cojones está pasando?

Como si de un incendio se tratara, no paraba de salir gente corriendo como pollo sin cabeza. Entre la multitud, varias empleadas lloraban y gritaban semidesnudas. A Dennis le pareció escuchar «¡lo han matado!» en medio de la histeria.

—Aquí cuatro-Murray-uno-tres. Central, responda —dijo cogiendo la radio del coche.

—Aquí central. Responda cuatro-Murray-uno-tres —contestó una voz de mujer al otro lado de la línea.

—Necesito que envíe refuerzos al club La dama de las tentaciones. Posible asesinato.

Dennis le proporcionó a la mujer la dirección y apagó la radio sin dejar de mirar el espectáculo que se producía al otro lado de la calle.