Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 46
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Rebecka llamó a la puerta y miró bajo la intensa lluvia hacia el balcón de piedra en donde Richard Baker se escondía la primera vez que lo visitó.

Se preguntó si estaría allí agazapado esperando a que se marchara, con su cara redonda y rosada y aquellos pequeños ojos que no paraban de moverse como si quisieran huir de la realidad.

Al no obtener respuesta, cruzó el césped que había en el ala este de la casa y se acercó a los grandes ventanales para mirar a través de ellos como ya había hecho el día anterior.

Tras colocar las manos alrededor de los ojos y apoyar la nariz en el cristal, le pareció distinguir una silueta perdiéndose entre las sombras por una puerta que daba al recibidor, pero, debido a la cortina de agua que caía sobre el ventanal, no podía estar segura de ello.

Finalmente regresó a la entrada del edificio y llamar a la puerta una vez más.

«¿Qué pretendías conseguir viniendo aquí, Hannah?», se preguntó intranquila ante la situación.

—¿Hola?, ¿hay alguien ahí? —Rebecka aporreó la puerta—. Richard Baker, soy Rebecka Pennino, de la policía de Houston. Abra, por favor.

Nada. Silencio.

Con un miedo un tanto injustificado, ya que no había motivos para pensar que Richard fuera una persona peligrosa, bajó las escaleras y rodeó la residencia de los Baker con la esperanza de encontrar una entrada al edificio.

«Nunca sabes lo que puede llegar a esconder una persona de esas características y con tanto dinero», le había dicho Mark esa mañana.

La frase de su compañero había sido suficiente para que empezase a desconfiar en cierto modo del tímido multimillonario, por no hablar de las sospechosas desapariciones que se habían producido años atrás.

Saltó dos setos, atravesó un jardín con varias especies de flores y se situó frente a un muro de piedra natural de unos tres metros de altura que la separaba de la parte trasera de la mansión.

Aprovechando los surcos que había entre piedra y piedra comenzó a trepar el muro.

La superficie se encontraba tan resbaladiza que le costó horrores poder agarrarse bien a la roca sin que sus manos y pies patinaran constantemente.

Una vez apoyó el antebrazo en la parte alta del muro, pasó una pierna al otro lado y se quedó allí sentada.

Desde esa altura alcanzaba a ver una enorme piscina con fuentes y varias hamacas.

Un corredor de arcos conectaba el edificio con el exterior, rodeado de exuberante vegetación y altas palmeras.

Mientras buscaba una zona por la que pasar sin ser vista, se le cortó la respiración al oír pisadas sobre la hierba mojada.

—¡Alto, no se mueva!

Rebecka miró por encima del hombro. Dos vigilantes de seguridad, uno moreno y otro pelirrojo, la apuntaban con sus armas.

—Tranquilos, soy detective —advirtió levantando las manos.

—Eso habrá que comprobarlo. ¿Se puede saber qué está haciendo ahí arriba? —preguntó el moreno de labios finos y un poblado bigote al que se le intuía un cinturón bajo su enorme barriga.

Rebecka sabía que estaba intentando entrar a la fuerza en una residencia privada cuando no había un caso de delito flagrante. Si compartía la información tan endeble que manejaba con aquellos inoportunos vigilantes, iba a meterse en un serio problema.

—Richard Baker, el propietario de esta casa, forma parte de una investigación en curso. Al llamar varias veces a la puerta y no obtener contestación, he pensado que podía haberle ocurrido algo —argumentó.

No tenía mucho sentido, pero fue lo primero que se le ocurrió.

—Será mejor que baje y no se le ocurra hacer ninguna estupidez.

—No lo entienden, necesito comprobar que Richard Baker se encuentra en el interior de la vivienda.

—Por Dios, no siga con esa historia —dijo el pelirrojo—. Ha sido el propio Richard Baker quien ha dado el aviso de que alguien merodeaba por las inmediaciones de su casa, así que no se preocupe por él.

Rebecka se puso pálida y comenzó a descender por el muro.

—Están cometiendo un grave error. ¡Están entorpeciendo una investigación en curso! —protestó mientras la esposaban por la espalda—. Tengo la identificación en el bolsillo trasero del pantalón.

El pelirrojo palpó el trasero de Rebecka en busca de la placa mientras ella cerraba los ojos exasperada. Después de comprobar que era cierto, se la entregó a su compañero.

—Dice la verdad, suéltala.

El pelirrojo le quitó las esposas y Rebecka lo fulminó con la mirada. Ni siquiera se disculparon.

—Sabe perfectamente que no puede andar asaltando viviendas sin una orden de registro así que, la próxima vez que intente hacerlo, le recomiendo que solicite una si no quiere tener problemas —dijo el moreno agarrándose con fuerza el cinturón—.

Ahora, si no le importa, será mejor que abandone la urbanización de inmediato.

Rebecka asintió con la cabeza y escuchó cómo reían y cuchicheaban entre ellos mientras se alejaba frustrada e impotente.

Una vez en el coche, buscó un nombre en la agenda del móvil y pulsó el botón de llamada.

—Dime, Rebecka —contestó Mark al otro lado de la línea.

—Necesito que me eches una mano, es personal.

—Dispara.

—Quiero que localices un número de móvil.

—¿Tiene que ver con algún caso en concreto?

—No, como te he dicho, es personal.

—Joder, Rebecka, si me pillan se me caerá el pelo —susurró Mark.

—No te lo pediría si no fuera importante.

—Cántame el número.

Tras anotarlo, prometió que la llamaría en cuanto tuviera la ubicación.

Siete minutos más tarde recibió la llamada.

—¿Lo tienes?

—Ahora mismo el móvil se encuentra apagado, pero la última vez que estuvo encendido fue en River Oaks, número... un momento, ¿esta no es la casa de Richard Baker?

—Mierda. Gracias, Mark, esta conversación no ha tenido lugar. Te debo una —se despidió Rebecka para que no pudiera hacerle preguntas.