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Rebecka salió a la calle bajo la fina lluvia otoñal y subió al Toyota Corolla que tenía aparcado a dos manzanas del Departamento de Policía.
Mientras conducía por Jefferson Street, la lluvia comenzó a arreciar con fuerza y Mia Tyson acudió a su mente.
«Una de tantas chicas que escogió el camino equivocado en una edad en la que hacer lo contrario a lo que te decían parecía ser lo correcto».
Rebecka repasó mentalmente lo que habían averiguado hasta el momento sobre ella: Alcohol, drogas y vida nocturna desde una temprana edad, distanciamiento con su familia, una denuncia contra Bud Delaney por agresión sexual que retiraría más adelante, una extraña relación con su jefe que parecía esconder algún que otro secreto, un encuentro con Richard Baker y, finalmente, su muerte dentro del sótano de la nave industrial abandonada, donde aguantó durante días en unas condiciones infrahumanas, bebiendo absenta y alimentándose en última instancia del cuerpo mutilado de Bud, antes de suicidarse.
Después estaba la furgoneta.
¿Le habría contado Michael Foster la verdad?
Hasta que no descifrara alguno de los interrogantes que aparecían en la vida de Mia, no conseguiría avanzar en el caso.
Tras hacer unas llamadas, llegó a la conclusión de que Richard Baker no era trigo limpio.
Primero habló con el policía que investigó la desaparición de Melinda Mathisson, una periodista de prensa sensacionalista que cubrió el supuesto suicidio de Lynda Mitchel.
El detective en cuestión se llamaba Paul Torrens y llevaba cuatro años jubilado.
Según le contó, el caso se cerró de la noche a la mañana asegurando que la orden venía de muy arriba.
La otra llamada que realizó fue al club donde desapareció la bailarina Samantha Willmott.
El dueño del local dijo que la habían visto por última vez subiendo a un Porsche Panamera tras acabar su jornada.
Recordaba que la policía tan solo se pasó un par de veces por el local para hacer unas preguntas rutinarias al personal del club y más tarde se enteró de que no había ninguna investigación abierta ya que, según el agente que le atendió, no encontraron indicios de un posible secuestro, dando a entender que Samantha era mayor de edad y que podía haberse marchado con cualquiera por su propia voluntad.
Al entrar en la cocina, encontró sobre la encimera una hoja de cuaderno donde esa mañana ella había dejado una nota a Hannah.
Gracias por el café, estaba a la altura de la maravillosa noche que hemos pasado juntas. Repetimos cuando quieras. Por cierto, la próxima vez que te veas involucrada en un incendio, me llamas y, si quieres, lo apagamos juntas...
Esta vez, los gruesos labios de Hannah rubricaban la nota.
Rebecka suspiró. Había tenido pocas relaciones sentimentales, pero en todas había surgido la desconfianza.
Siempre le daba la impresión de que tenía que dar explicaciones de todo lo que hacía, cuando no podía hablar abiertamente de las investigaciones que tenía entre manos.
Para un momento en el que podía relajarse y desconectar del trabajo, no le apetecía ponerse a hablar de violadores, asesinos y psicópatas.
Con Hannah solo había pasado una noche y ya le había lanzado la primera indirecta.
Seguro que había visto el incendio de la casa de Mia Tyson en las noticias y se creía con todo el derecho de saberlo.
Rebecka entró en el dormitorio en sujetador y se puso una camisa blanca y una chaqueta impermeable verde trébol con capucha.
Con asombro, comprobó que Hannah se había molestado en hacer la cama y recoger la habitación.
Si no fuera por la camiseta de tirantes que asomaba por la parte baja del armario, no quedaba rastro de lo que había sucedido la noche anterior.
Cogió la camiseta arrugada, se la acercó a la nariz y respiró profundamente. Cuando abrió el armario y echó un vistazo rápido, dedujo que se había llevado la de David Bowie, su favorita. La consiguió en el concierto que ofreció en Texas junto a Nine Inch Nails en 1995.
No sabía a qué hora se habría marchado Hannah, pero había dejado patente en toda la casa el olor a perfume de Carolina Herrera 212 que le regalaron cinco años atrás por su ascenso a detective. Lo guardaba para ocasiones especiales y tenía el frasco casi lleno.
Cuando volvió a la cocina para servirse un café, le llamó la atención encontrar el portátil sobre la mesa.
Hacía tiempo que no lo cogía y no era el lugar en el que debería estar.
Cogió la taza y se sentó en el sofá donde anteriormente lo había hecho Hannah.
Tras entrar en internet, comprobó el historial de búsqueda.
—¡Mierda! —soltó antes de bajar la tapa del portátil de golpe y salir de casa a toda prisa.