Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 43
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«¿Podría Michael Foster ser el hombre de la máscara?

», pensó Rebecka mientras veía cómo el dueño de La dama de las tentaciones apoyaba los codos sobre la mesa de la sala de interrogatorios y se tapaba la cara con las manos.

«En realidad, cualquiera con una máscara cubriéndole la cara, un chándal negro y la capucha puesta podría serlo», se dijo a la vez que Richard Baker acudía a su mente.

—¿Es él? —preguntó Kilyan colocándose a su lado.

—Quién sabe —contestó sin apartar la vista de quien había sido jefe de Mia Tyson durante más de treinta años.

—¿Ha dicho algo?

—Lleva más de una hora ahí dentro y no sabe ni por qué está aquí. Quiero que le dé un poco más al coco antes de entrar.

Michael Foster movía nervioso su pierna derecha. Rebecka pensó que, a pesar de encontrarse cerca de cumplir los sesenta, Michael conservaba un cuerpo atlético y musculado. Era como si solo su rostro hubiese decidido cargar con el paso de los años.

De vez en cuando, se pasaba la mano por la cabeza y la detenía en la nuca para rascarse. Era otro de esos gestos que denotaba su inquietud por la situación en la que se encontraba.

—¿Qué has averiguado de la mujer de Pasadena? —preguntó a Kilyan.

—Es probable que las muertes de Sharon y su familia tengan que ver con el caso.

Rebecka miró sorprendida a su compañero.

—Tenía entendido que fue ella quien mató a su familia para después suicidarse.

—También Mia mató a Bud para después cortarse las venas. Y te recuerdo que Elizabeth Rush fue ahorcada por su madre.

—¿Crees que ha sido todo orquestado?

—Aún es una hipótesis. Habían escrito con sangre la palabra CULPABLE en el espejo de la habitación donde hallaron los cadáveres con una caligrafía similar a la que usaron en los armarios de la casa de Elizabeth Rush.

Rebecka lo miró mientras su cabeza no dejaba de dar vueltas.

—En estos momentos Sharon se encuentra en coma inducido en el Hospital Central y no podemos hablar con ella hasta que despierte. Tenemos un agente custodiando la habitación.

Vieron cómo Michael Foster echaba el cuerpo hacia atrás y se quedaba mirando al techo.

Hacía dos horas que un par de agentes habían irrumpido en su despacho para acompañarlo a comisaría, mientras varias de las empleadas que preparaban el espectáculo de esa noche contemplaban la escena con asombro.

Sugar se encontraba en la barra y Rebecka aprovechó el momento en que trasladaban a Michael a comisaría para hablar con ella.

Fue una charla breve, pero la escasa información que obtuvo de ella pensaba usarla en el interrogatorio.

Ezra se acercó y se situó entre Rebecka y Kilyan.

—Tenemos que entrar ya, ¿estás preparada? —preguntó.

—Sí, jefe.

Rebecka entró con una carpeta a la fría sala en la que Michael Foster aguardaba inquieto y echó un fugaz vistazo al gran espejo unidireccional tras el cual observaban Kilyan y Ezra.

—Por fin, ya era hora. ¿Se puede saber qué hago aquí? —preguntó Michael mientras Rebecka extraía dos fotografías de la carpeta y las colocaba sobre la mesa.

En ellas aparecía el cadáver desnudo y ensangrentado de Mia Tyson sobre un colchón viejo y sucio.

Habían sido tomadas por la científica en la nave industrial.

Michael retiró la mirada y se echó hacia atrás en la silla como si de esa manera pudiera ahuyentar la imagen que acababa de alojarse en su cerebro.

—Joder, Mimi...

—¿Dónde estuvo el pasado veinte de noviembre entre las diez y las doce de la mañana? —preguntó sin retirar las fotografías de la mesa.

—No lo sé. Supongo que en el club. ¿A qué viene todo esto? Primero me tienen aquí encerrado como...

—¡Dónde estuvo el pasado veinte de noviembre entre las diez y las doce de la mañana!

Esta vez Rebecka levantó la voz y Michael se revolvió incómodo en el asiento.

—No lo sé… —dijo angustiado.

Rebecka lo taladró con la mirada en busca de alguna reacción. El empresario miró las fotos de nuevo durante un segundo y después cerró los ojos.

—Joder.

—No tenemos todo el día.

Rebecka ni siquiera se había sentado. Se encontraba de pie al otro lado de la mesa con el cuerpo inclinado hacia adelante y las manos apoyadas en el respaldo de la silla en la que le correspondía sentarse.

—Ya se lo he dicho, estaría en el club. A esas horas suelo estar en mi despacho.

Rebecka se quedó mirándolo un rato, después arrastró la silla hacia atrás provocando un desagradable sonido y se sentó cruzando los brazos sobre la mesa.

—¿Se puede saber qué está pasando?

—Si no le importa, por el momento las preguntas las haré yo. ¿Es suya?

Rebecka sustituyó las fotos de Mia por un folio en el que aparecía la Mercedes Sprinter extraída de las grabaciones de la gasolinera.

Michael miró a la fotografía y después a Rebecka sin entender nada.

—¿Qué significa esto?

—Conteste.

—¡Y yo qué sé!, ¿sabe la cantidad de furgonetas como esta que puede haber en Houston?

—¿Tiene una furgoneta como esta?

—Sí que la tengo, ¿quieren colgarme el muerto de esos asesinatos? —dijo Michael con la cara desencajada.

—¿Es esta su matrícula?

Rebecka sacó de la carpeta una captura de la matrícula que había retocado Mark.

—Quiero un abogado.

—¿Está seguro? Aún no es sospechoso de nada. Solo queremos aclarar qué hacía su furgoneta en el parking del motel de la calle Asbury.

—No entiendo nada —dijo tapándose la cara con las manos.

—¿Dónde dejó aparcada la furgoneta por última vez? —preguntó suavizando el tono.

—No lo recuerdo.

—¿No recuerda dónde aparca su furgoneta?

—Hace mucho tiempo que no la uso.

—Comprenderá que no tiene mucho sentido lo que dice.

—Hace por lo menos doce años que no conduzco esa furgoneta —dijo el empresario apartando las manos de la cara y colocándolas sobre el regazo.

—¿Y decidió dejarla aparcada en un lugar al azar para después olvidarse de ella?, ¿pretende que me trague eso?

Michael agachó la mirada. Parecía estar considerando qué contar y qué no. Rebecka esperó pacientemente a que el empresario tomara la palabra mientras este no dejaba de mover la pierna derecha de manera rítmica. Nervioso. Pensativo.

—Le presté la furgoneta a Mimi.

—¿Le prestó su furgoneta a Mia Tyson?

—Así es.

—¿Y ya está? ¿Se desentendió de ella?

—Mire, apenas salgo del club. Vivo en el piso de arriba y podría decirse que en ese edificio es donde hago la vida desde que me levanto hasta que me acuesto.

Cuando quiero trasladarme para hacer algunas compras o tomarme una cerveza en otro lugar, tengo una moto que me permite hacerlo con más agilidad que con esa furgoneta —dijo señalando la fotografía—.

Mimi no tenía vehículo y venía a trabajar en autobús al club, así que decidí prestársela. Pensé que le haría más falta que a mí.

—¿Qué relación tenía con Mia Tyson?

Michael suspiró cansado.

—He sido su jefe durante muchos años. Pero creo que eso ya lo sabe.

—¿Cómo la conoció?

—Se presentó una mañana buscando trabajo.

Era joven y guapa. Muy guapa. Si hubiera sido en otras circunstancias, la hubiera contratado ese día sin pestañear, pero en aquella época el negocio iba muy bien y no pude ofrecerle nada.

A partir de ese día, Mimi se dedicó a visitar el club todos los fines de semana.

Se sentaba en la barra, pedía un Bloody Mary y contemplaba las actuaciones.

Un día, sobre la una de la madrugada, una de las bailarinas sufrió un percance en mitad de la actuación y tuvo que retirarse.

Era el último show de la noche y la gente empezó a quejarse.

—¿Qué le ocurrió?

—Creo que fue el tobillo, pero no lo recuerdo bien.

—Continúe.

—El caso es que, en medio de los abucheos de algunos clientes, que en esos momentos ya tenían suficiente alcohol en las venas como para irse de allí sin más, Mimi subió a la tarima e hizo una de las mejores actuaciones que había visto jamás.

Toda ella era sensualidad y erotismo. Cada movimiento, cada mirada, cada gesto.

Al día siguiente ya formaba parte de la plantilla y en poco tiempo se convirtió en el reclamo del club.

Fue una buena época… —dijo Michael con un brillo de nostalgia en la mirada.

—Pero no siempre fue así, ¿verdad?

Michael negó lentamente con la cabeza.

—Varios años después comenzó a tener problemas con la bebida y eso repercutió en su trabajo y en su conducta. Había días que entraba tarde y sus actuaciones ya no eran tan brillantes como en un principio. Además, estaba irascible, a la defensiva y todo eran discusiones.

—¿Cómo es que, aun así, permitió que Mia siguiera actuando en su club?

—Como le comenté la primera vez que nos vimos, Mimi tenía sus «seguidores» —dijo Michael entrecomillando con los dedos la última palabra—. Supongo que, de alguna manera, me sentía su protector. Me daba lástima.

Rebecka no se tragaba lo que le estaba contando.

—¿Tuvieron una aventura Mia Tyson y usted?

Michael, que en esos momentos miraba la mesa, levantó la cabeza y posó sus ojos en los de Rebecka. No contestó de inmediato.

—Tuvimos algún encuentro cuando comenzó a trabajar en La dama, pero fue en contadas ocasiones.

—¿Le chantajeó alguna vez?

—No —contestó tajante.

Rebecka vio cómo se frotaba las piernas con las manos. Solo le aguantó la mirada dos segundos. Mentía.

—Eso es todo por ahora. Encontraremos esa furgoneta e investigaremos lo que hizo el pasado 20 de noviembre. Espero que me haya contado todo lo que sabe, Michael, si no es así, la próxima vez puede que sí necesite un abogado. En breve vendrá un agente para acompañarlo a la salida.

Rebecka abandonó la sala de interrogatorios y oyó cómo se cerraba la puerta a sus espaldas.

—No le creo —dijo Kilyan.

—Yo tampoco. Habrá que hurgar un poco en su pasado.

Una empleada del club me ha contado que siempre se ha rumoreado sobre el tipo de relación que mantenían él y Mia.

Parece que hubo un punto y aparte en un momento dado en el que Mia comenzó a campar a sus anchas por el club sin horarios ni obligaciones.

Por lo visto algo ocurrió entre ellos que Michael no está dispuesto a contarnos.

—Le diré a Bernard que lo siga. Me gustaría saber los pasos que da una vez salga del edificio. No olvidéis que mañana es el funeral de Mia y os quiero allí a los dos —dijo Ezra señalándolos para enfatizar así sus palabras.