Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 42
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Hannah no daba crédito a lo que Richard le estaba contando.

Se había abierto en canal como si le acabaran de dar la extremaunción.

Había episodios en su vida donde cometía actos delictivos graves, como cuando envenenó a Thomas Baker junto a su madre en la cena de Navidad o cuando decidió quitarle la vida a Lynda Mitchel tras años aquejada de alzhéimer.

A pesar de todo, eran situaciones en las que Hannah había llegado a empatizar con el hombre bajito e inseguro que tenía delante. Había crecido en el seno de una familia desestructurada, donde el lujo y las comodidades no eran suficientes para aportarle al menos un poco de felicidad.

—¿Recuerda cuándo comenzó a utilizar el nombre de Charlie?

Hannah seguía exprimiendo al máximo la situación. Tenía la esperanza de sacar algo en claro en la desaparición de Mia Tyson.

—Charlie era como me llamaba mi madre en la intimidad.

Era el nombre que ella quería haberme puesto al nacer, pero mi padre se empeñó en que debía llamarme Richard.

Richard significa «rey fuerte». Comencé a usar el nombre de Charlie como seudónimo para quedar con mujeres a cambio de dinero —dijo mirando hacia abajo como un niño al que pillan haciendo algo que no debe.

—¿Dónde iba a buscar…? —comenzó a preguntar Hannah antes de sentir un pequeño mareo.

—¿Se encuentra bien, señorita Mara?

—Sí, perdone —dijo frotándose los ojos con el dorso de las manos—. ¿Dónde iba a buscar a esas mujeres?

Hannah vio cómo Richard la observaba con curiosidad. Sentía el cuerpo pesado y le costaba enfocar la vista.

—Acudía a clubs nocturnos en busca de un tipo de mujer que pudiera satisfacer mis fantasías. Aún sigo haciéndolo, pero supongo que de eso ya está enterada. Por cierto, ¿quién le ha contado lo que sabe sobre mí?

Hannah no se sentía bien. Tenía la sensación de que podía perder el conocimiento en cualquier momento y la casa de Richard Baker era el último lugar donde quería que le ocurriese.

—¿Podría decirme dónde está el baño, por favor? —preguntó sin obtener contestación mientras intentaba levantarse torpemente del sofá.

Cuando consiguió ponerse en pie, le fallaron las fuerzas y cayó de bruces contra el suelo golpeándose el costado izquierdo con la mesa de centro. La bandeja de plata y la taza de café cayeron con estrépito al suelo ante la atenta mirada de Richard que observaba todo impertérrito.

Aturdida y con una punzada de dolor bajo las costillas, Hannah notó cómo movían su cuerpo inerte y hurgaban en su ropa. Apenas podía enfocar la vista, pero, a su lado, una silueta borrosa parecía observarla.

—¿Quién eres realmente, Hannah Reydler? —consiguió escuchar segundos antes de desvanecerse.