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Sharon Fisher, la mujer que presuntamente había decapitado a su marido y a sus dos hijos para después pegarse un tiro en la cabeza, había sido trasladada a urgencias en estado grave.
Kilyan y Bernard aguardaban en una de las salas de espera del hospital a que les recibiera el doctor Rudy Marley quien, según la recepcionista, era la persona que se había encargado de atender a la esposa del también doctor Peter Gilmore tras su hospitalización.
Pasados veinte minutos, un hombre de piel muy blanca, pelo canoso y barba cuidada se acercó a ellos con paso ligero. Vestía una bata blanca sobre una camisa azul oscura y unas gafas de montura fina le colgaban del cuello. En una mano llevaba la tablilla de hospital con el informe del paciente.
—Buenos días, soy el doctor Rudy Marley, ¿preguntan por la paciente Sharon Fisher?
—Sí —contestó Bernard.
—Síganme, por favor —dijo dando media vuelta y abandonando la sala de espera, acostumbrado a que los demás hicieran lo que él sugería.
Kilyan y Bernard lo acompañaron por un pasillo largo y caótico por el que iban esquivando a pacientes y personal sanitario que se iban cruzando en su camino, unos con paso lento y errático y otros con determinación y ritmo apresurado.
Después de sortear un par de camillas, en una de las cuales un paciente manifestaba a gritos la imposibilidad de seguir soportando los dolores que padecía y asegurando que pretendían dejarlo morir como a un perro, giraron a la derecha por otro pasillo, después a la izquierda y nuevamente a la derecha, para acabar frente a una puerta doble de cristal con un cartel que rezaba «Prohibido el paso. Solo personal autorizado».
Rudy Marley sacó la tarjeta de identificación y la insertó en la ranura correspondiente.
Las puertas se abrieron y accedieron a un corredor completamente desierto, de paredes y techos blancos e iluminado con tubos fluorescentes.
Se pararon al llegar a la tercera puerta de la derecha y accedieron a un modesto despacho con un ordenador, un teléfono, una impresora y un organizador de archivos repleto de documentos.
Una ventana con la persiana a medio bajar daba a una pared de ladrillo del edificio contiguo y, junto a la ventana, un cuadro con la fotografía de una cabaña en medio de una extensa pradera colgaba de la pared.
Varios dibujos infantiles y un par de fotografías de una niña que debía rondar los cuatro años decoraban un tablero de corcho situado junto a la puerta.
—Siéntense, por favor —ofreció señalando las sillas que había frente a su mesa—. ¿En qué puedo ayudarles?
—La mujer que ingresó anoche, Sharon Fisher. Necesitamos hablar con ella —espetó Kilyan.
—Me temo que eso no va a poder ser —dijo mientras se colocaba las gafas y cogía la tablilla con el informe médico que había dejado sobre el escritorio—.
La paciente Sharon Fisher presenta un orificio de entrada de proyectil por el maxilar inferior y un orificio de salida por la parte superior izquierda de la nuca.
Lo que ha hecho que Sharon en estos momentos siga con vida —dijo levantando la mirada del informe—, es que el proyectil no haya tocado áreas del cerebro cuya lesión hubiera sido mortal.
Una de las principales preocupaciones que tenemos ahora, el equipo médico que tratamos a la señora Fisher, es la posibilidad de que el cerebro se inflame causando un edema cerebral.
Lo esencial en estos casos —prosiguió explicando como si estuviera impartiendo clase en un aula—, es eliminar la presión dentro del cráneo para evitar que la inflamación afecte los centros nerviosos cerebrales y efectuar una abertura en el cráneo para que el cerebro pueda relajarse.
Para ello hemos puesto a la paciente en un estado de coma inducido y, como comprenderán, por el momento no puede recibir visitas.
—Joder —soltó Kilyan ante la severa mirada del doctor.
—¿Y cuándo cree que podremos hablar con ella? —preguntó Bernard.
—Primero hay que ver cómo responde a la cirugía y, en el caso de que existan lesiones cerebrales, tendremos que evaluarlas ya que las vías neurales operan de distinta forma en cada individuo.
También tendremos que practicarle una cirugía maxilofacial a consecuencia del disparo.
Lo siento, agentes, es todo cuanto puedo decirles.
Kilyan solo podía pensar que Sharon Fisher era el único testigo que tenían hasta el momento y que podría haber estado en contacto con el hombre de la máscara.
—Pondremos dos agentes que se irán turnando en la puerta de su habitación las veinticuatro horas del día —dijo molesto con la situación—. Esa mujer es de vital importancia en una investigación en curso y necesitamos hablar con ella cuanto antes.
—Si no hay contratiempos y todo va bien, les avisaremos cuando despierte. Ahora, si me lo permiten, tengo mucho trabajo —contestó Rudy Marley levantándose de la silla e invitando a Kilyan y a Bernard a abandonar el despacho.