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Rebecka no obtuvo ningún resultado de las cámaras de seguridad de la gasolinera. Esperaba tener más suerte en el concesionario de coches, donde no le pusieron ninguna objeción para echar un vistazo a las grabaciones. Cuarenta minutos después, abandonó el edificio con una memoria USB en su poder.
El dispositivo contenía un único archivo. En él aparecía la parte trasera de una furgoneta Mercedes Sprinter blanca que se dirigía al motel a las diez y treinta y cinco de la mañana. Media hora antes de que Bud abandonara el Dust & Ash, según les había dicho Jhon Peck.
No se apreciaba bien la matrícula, pero confiaba en que Mark pudiera solucionarlo cargando una captura del vídeo en uno de sus programas y pulsando un par de teclas.
Ya se lo había visto hacer otras veces. Una hora y trece minutos más tarde, la furgoneta volvía a aparecer de nuevo en escena circulando en dirección opuesta.
En esta ocasión el vehículo se mostraba de frente.
Cuando vio las grabaciones junto al dueño del concesionario, maldijo al comprobar que el conductor miraba hacia el otro lado de la carretera, como si fuera consciente de que las cámaras le estaban grabando.
Era una prueba más de que la persona tras la que iban era muy inteligente y planeaba minuciosamente cada uno de sus movimientos.
No obstante, a pesar de la frustración que le provocaba la sensación de ir un paso por detrás de él, no estaba dispuesta a bajar la guardia y albergaba la esperanza de cazar a ese cabrón al mínimo descuido que tuviese.
Camino al Departamento de Policía pensó en la llamada de Mark.
Según había podido averiguar, el padre de Richard Baker no era otro que el famoso pintor Thomas Baker.
Antes de ser reconocido por sus pinturas, ya manejaba una inmensa fortuna heredada de sus padres, quienes perdieron la vida en un accidente de avión.
Thomas se casó con la modelo Lynda Mitchel y tuvieron a Richard tras pasar por varios abortos. Durante un tiempo se rumoreó mucho sobre las infidelidades del pintor y sus continuos comportamientos autoritarios y tratos despectivos hacia su pareja.
Thomas falleció unas navidades junto a su familia de un paro cardíaco y, pasado unos años, Lynda se suicidó tras años de lucha contra el alzhéimer.
Richard Baker pasó un tiempo recluido en su mansión de River Oaks, hasta que se vio involucrado en la desaparición de una periodista y una mujer que trabajaba en el ocio nocturno.
Resultaba extraño que se hubiera decretado el sobreseimiento de ambos casos y que, de un día para otro, dejaran de ser noticia en los medios de comunicación.
Pensó que nada en la vida del hombre que se hacía llamar Charlie podía tratarse de corriente. Una vez hablase con Mark, tendría que hacer un par de llamadas para ver si sacaba algo en claro de todo aquello.
Rebecka pasó por delante del despacho de Ezra y escuchó cómo este gritaba su nombre.
—Hola, jefe —saludó al ver que acudía a su encuentro.
—¿Tenemos algo? —preguntó Ezra.
—Tenemos la furgoneta —dijo agitando un pendrive en el aire.
—Bien, joder, ¿se ve al conductor?
—No, pero ahora mismo iba a donde Mark para ver si desciframos la matrícula.
—Te acompaño —dijo Ezra pasando delante de ella con paso apresurado.
Cuando llegaron al puesto de Mark, este daba golpecitos con el lápiz sobre una lista de nombres y fechas impresos en un folio mientras Alyssa Huerta hablaba por teléfono.
Alyssa comenzó haciendo prácticas de administrativa en el Departamento de Policía de Houston y llevaba apenas un año en nómina.
Se pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en su oficina con un montón de papeleo.
Sin embargo, cuando no tenía trabajo, enseguida le ofrecía su ayuda a un compañero. A Rebecka le caía bien.
Tras saludar a Mark, aguardaron a que Alyssa terminara de hablar por teléfono.
—¿Y esa lista? —preguntó Ezra.
—Son las personas que compraron en la tienda de Joe Cassidy el mismo modelo de máscara que llevaba el hombre del cajero.
—¿Quién os ha dado los nombres? —preguntó Rebecka.
—El mismísimo Joe Cassidy —contestó Mark, recostándose en la silla con una amplia sonrisa.
—¿El artista? —preguntó Ezra sorprendido por la rapidez con la que lo habían conseguido.
—Exacto —contestó Mark satisfecho a la vez que se subía las gafas con el dedo índice—.
Primero llamamos a la tienda de Dakota del Norte y preguntamos por Joe.
El empleado que nos atendió dijo que no se encontraba en esos momentos y se negó a darnos su teléfono hasta que supo que éramos de la policía.
Después llamamos a Joe y le pedimos un listado de las personas que habían comprado la máscara de bebé en su establecimiento durante el último año.
Desde un principio se mostró reacio, incluso cuando le dijimos que una de sus máscaras formaba parte de una investigación criminal en curso.
Insistía en no revelar los datos personales de ninguno de sus clientes.
Todo cambió cuando le dejamos caer que, si finalmente todo salía a la luz, sería de dominio público que no quiso colaborar en la detención de un asesino que utilizaba una de sus máscaras.
—Bien —soltó Ezra contento porque las cosas comenzaran a fluir sin inconvenientes.
—Y ahora aquí estamos —continuó Mark—, descartando compradores de la lista que nos ha enviado Joe por email . He pedido ayuda a Alyssa para agilizar el trabajo. Como podéis ver, tiene más soltura para hablar por teléfono que yo.
Alyssa sonrió encogiéndose de hombros.
—¿Habéis conseguido algo?
—De momento no, pero acabamos de empezar.
—Está bien, avisadme si hay novedades.
—Descuide, jefe.
—Mark —dijo Rebecka sacando el pendrive del bolsillo—, antes de que continuéis, necesito que mires el contenido de este USB. Estoy convencida de que la furgoneta que aparece en las grabaciones es la del hombre que buscamos. Creo que Alyssa podrá apañárselas sola con las llamadas.
—Por mí no hay ningún problema —dijo Alyssa.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Mark ansioso por regresar al ordenador.
—Son grabaciones de una de las cámaras de videovigilancia del concesionario de coches que hay cerca del motel.
Mark le arrebató el pendrive de la mano y se impulsó con los pies para ir rodando en la silla hasta su escritorio.
—Veamos —dijo conectando la unidad flash con forma de llave de coche en el puerto USB del ordenador.
En menos de un suspiro, la unidad del dispositivo apareció en el escritorio.
Mark hizo doble clic en ella y se abrió una ventana con un único archivo multimedia llamado NO1345325.
Al ejecutarlo, se abrió una aplicación donde se podía ver claramente la carretera que pasaba por delante del establecimiento, y el terreno que se extendía al otro lado hasta limitar con una finca a un kilómetro de distancia.
—Tenemos que ir a las diez y treinta y cuatro —se apresuró a decir Rebecka con un trozo de papel donde había anotado los dos momentos en los que aparecía la furgoneta.
Mark desplazó el puntero del ratón hacia la barra de progreso del programa y la deslizó hasta donde le había indicado Rebecka. Un minuto después del visionado, apareció la Mercedes Sprinter blanca en dirección al motel.
—Ahí está —dijo Rebecka señalando la pantalla.
Mark interrumpió la reproducción y retrocedió cuatro segundos. Después volvió a reproducir el vídeo, pero esta vez a cámara lenta. Cuando terminó la secuencia y la furgoneta desapareció por la izquierda de la pantalla, Mark se giró hacia Rebecka ante la atenta mirada de Ezra.
—Cinco minutos y tendremos el número de la matrícula.
—¡Bien, joder! —dijo Ezra dando una palmada en la espalda a Mark, al que casi se le caen las gafas por la efusividad con la que le había dado el golpe.
—Una vez tengas la matrícula hay que averiguar a quién pertenece. No sería raro comprobar que se trata de un vehículo robado.
Mark asintió, conforme con la opinión de Rebecka.
—Avisadme cuando tengáis un nombre. Tengo que preparar otra rueda de prensa para esta tarde y no sé cuánto tiempo podré estar ocultando el vínculo que existe entre los dos casos. Espero que no nos acabe salpicando en la cara. Ya sabéis cómo es la prensa —comentó Ezra.
—Por cierto, ¿sabemos algo del marido de Elizabeth Rush? —preguntó Rebecka mientras miraba cómo Mark trabajaba en la imagen de la matrícula.
—Descartado. Hace años que no mantenían ninguna relación y ha rehecho su vida en Seattle.
Además, tiene una buena coartada. Se encontraba en viaje de negocios en las fechas que manejamos.
Bernard se ha encargado de comprobarlo. Os dejo, chicos, ¡quiero un nombre!
—ordenó mientras se alejaba hacia su despacho.
Rebecka se quedó junto a Mark observando cómo los números de la matrícula cobraban forma con un programa de retoque fotográfico.
Primero había capturado un fotograma donde aparecía la furgoneta con bastante nitidez y después había aumentado con el zoom la zona de la matrícula.
Ahora trasteaba con el brillo y los niveles para corregir la exposición de la imagen.
—Antes de que se me olvide. Te he enviado por correo electrónico toda la información que he encontrado acerca de Richard Baker. Ándate con ojo, nunca sabes lo que puede llegar a esconder una persona de esas características y con tanto dinero.
—Gracias, Mark —dijo Rebecka extrañada por el enigmático comentario de su compañero.
—La tenemos.
La matrícula se leía perfectamente en la pantalla del ordenador.
—Bien, veamos a quién pertenece.
Mark entró en la base de datos policial, rellenó un par de casillas e introdujo el número de la matrícula. A continuación, pulsó el botón de búsqueda.
En menos de veinte segundos obtuvieron el resultado.
—¡No me jodas! —soltó Rebecka nada más leer el nombre que apareció en pantalla.