39 #2
Una vez cruzaron el amplio recibidor, Richard hizo pasar a la mujer que se hacía llamar Mara a una habitación contigua.
Se trataba de un espacio acogedor con una chimenea de leña y revestimiento de piedra natural, una mesa de centro fabricada en madera de olmo antiguo con acabado rústico y acero inoxidable y dos sofás Chester Detroit de una plaza.
Un par de librerías repletas de diversos ejemplares terminaban de conformar lo que él y su madre bautizaron como «zona de reposo».
Richard invitó a la periodista a sentarse en uno de los sofás mientras él se acomodaba en el otro.
—Y bien, ¿qué es eso que tiene que contarme, señorita Mara? —preguntó tenso.
—¿Recuerda el día en que falleció su madre? —Aquella pregunta hizo que Richard la mirase directamente a los ojos, aunque solo fuese por un segundo. El multimillonario cerró las piernas y asintió nervioso con la cabeza—. ¿Qué ocurrió?
—¿A qué se refiere?
—A cómo encontró a su madre y en qué circunstancias.
—No comprendo su pregunta, ¿no decía que tenía información comprometida?
—Conteste, por favor, le prometo que guarda relación con lo que he venido a contarle.
Richard titubeó un segundo, pero necesitaba conocer la información que aquella arpía tenía en su poder.
—Por aquel entonces mi madre, como ya sabrá, padecía alzhéimer.
Se encontraba en una fase avanzada de la enfermedad y había momentos en que ni siquiera me reconocía.
—Richard se removió nervioso en el asiento y continuó—.
El día anterior a su muerte, se quedó gritando delante del armario de su habitación asegurando que había un hombre escondido dentro.
Lo dijo con tal convicción que me vi obligado a comprobar si realmente era cierto lo que decía.
Le costaba hablar de aquella época en la que Lynda Mitchell había dejado de comportarse como su madre.
—Aquella noche la dejé en su cama aparentemente tranquila y, cuando me pareció que estaba dormida, apagué la luz y regresé a mi habitación —continuó tras una breve pausa—.
A la mañana siguiente, entré a verla y la encontré tirada en el parqué.
Tenía los brazos y las piernas en una posición difícil de reproducir.
Era como si su cuerpo se hubiera desplomado repentinamente.
Sobre la cama había varios de los medicamentos que yo le suministraba a diario y mantenía escondidos en uno de los cajones del baño.
Supongo que tuvo uno de sus escasos momentos de lucidez y decidió no continuar con el final de vida que le aguardaba.
Vio cómo la periodista asentía con la cabeza.
—¿Cómo era la relación entre sus padres?
A Richard le volvió a pillar por sorpresa con aquella pregunta.
—¿Por qué lo dice? —protestó molesto.
—Conteste, por favor, le prometo acabar pronto.
—Perdone, señorita Mara, pero no entiendo la índole de sus preguntas. Será mejor que me diga algo acerca de la información que presume tener sobre mí o me veré obligado a pedirle que abandone ahora mismo mi casa.
El multimillonario notó cómo la periodista dudaba sobre qué decisión tomar.
—De acuerdo, Richard —dijo finalmente—. ¿O debería llamarlo Charlie?
Durante un instante, volvió a posar sus ojos en ella.
—¿Alguien más aparte de usted conoce la información que posee? —preguntó tras un prolongado silencio.
—No, he investigado por mi cuenta y he creído oportuno hablar con usted antes de publicar nada. Podríamos llegar a un acuerdo.
—Al haber acudido aquí sola, imagino… —comenzó a decir con un ligero temblor en la voz.
—No se preocupe —lo interrumpió—, esta visita es totalmente confidencial, puede estar tranquilo.
Richard sopesó la situación. Sabía que más adelante vendrían los chantajes y las amenazas.
Una vez exponían tu vida en prensa y televisión, hacían un escarnio de ella y sacaban hasta el detalle más ínfimo por mucho que te hubieras empeñado en ocultarlo.
Ya se enfrentó a esa situación una vez y no iba a consentir que volviera a repetirse.
—¿Le apetece un café, señorita Mara? —preguntó mientras se frotaba las manos y se ponía en pie.
—¡Me parece perfecto! —contestó la periodista mostrando una sonrisa de oreja a oreja.
—De acuerdo, vuelvo enseguida —dijo abandonando la habitación.
Hannah se sentía satisfecha con su actuación.
Parecía evidente que no se había equivocado en sus pesquisas y que Richard se había tragado la historia de la periodista de principio a fin.
Podía haberla mandado a freír espárragos, pero de momento todo iba sobre ruedas y se sentía como Mata Hari.
Había conseguido que el hombrecillo de ojos inquietos mordiese el anzuelo a pesar de mostrarse reticente a hablar de su vida privada en un principio.
No sabía lo que acabaría descubriendo, pero seguro que Rebecka iba a quedar fascinada con sus dotes de investigadora.
Como disponía de unos minutos hasta que Richard volviese con los cafés, decidió echar un vistazo por la habitación.
Sobre una chimenea de leña colgaba un lienzo enmarcado de Richard junto a su madre.
Se trataba de una pintura al óleo firmada por Gustav Goldman y en ella aparecían los dos con una sonrisa posada delante de un fondo verde oliva.
Parecía el típico retrato que podía verse en las películas de terror donde ocurren sucesos paranormales dentro de una casa encantada.
Justo detrás de donde había estado sentada, se alzaba una librería clásica doble de madera de nogal.
En ella podían encontrarse tantos libros como géneros: historia, medicina, hípica, decoración, moda, cocina, ciencia, arqueología, religión o fotografía por nombrar algunos de ellos.
Hannah se detuvo en una primera edición de tapa dura de Peter Pan y Wendy escrita por J.M.
Barrie. Cuando se disponía a echar una ojeada al libro, sintió una presencia a sus espaldas.
—¿Busca algo, señorita Mara?
Hannah se sobresaltó. No le había oído entrar en la habitación y se sentía como una alumna a la que acababan de pillar mirando una chuleta en pleno examen.
—Admiraba su colección de libros —dijo después de contar hasta tres y darse la vuelta.
Richard se encontraba de pie junto a la puerta. Sostenía una bandeja de plata con dos tazas de café.
—¡Huele de maravilla! —exclamó antes de ocupar el sofá Chester que le correspondía.
Richard dejó la bandeja en la mesa de centro y se sentó posando las manos sobre sus rodillas.
—Y bien, ¿dónde lo habíamos dejado?
—Podría comenzar explicándome sus visitas a La Dama de las Tentaciones.
Richard Baker tomó una taza de café y le dio un sorbo. Hannah, como si fuera un acto reflejo, hizo lo propio con la suya.
—¿Está grabando nuestra conversación?
—No, por supuesto.
—De acuerdo —dijo el multimillonario moviendo sus ojillos marrones aleatoriamente mientras depositaba de nuevo la taza de café en la reluciente bandeja de plata—. Si le parece, comenzaré mejor por el principio.