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Movida por la curiosidad, Hannah se plantó delante de la suntuosa mansión del multimillonario Richard Baker.
«¿Cómo será ese tipo tan raro al que le gusta vestirse de bebé y ha tenido una infancia repleta de caprichos, por un lado, y de tragedias familiares, por otro?» se preguntó mientras contemplaba el imponente edificio de estilo francés.
Trataba de repasar mentalmente cómo iba a afrontar su visita cuando una gota cayó sobre su nariz. Al mirar al cielo, observó cómo una enorme nube negra amenazaba con tapar el sol de media mañana entre las densas ramas de uno de los macizos robles que rodeaban la residencia.
Antes de la amenaza de lluvia, Hannah había estado echando un vistazo por la zona.
Era impresionante ver el lujo y confort del que se rodeaba la gente que poseía tanto dinero: una piscina, un frondoso jardín con pista de tenis o una barbacoa de piedra podían llegar a verse simplemente desde el exterior.
No le cabía la menor duda de que dentro encontraría más señales de la opulencia en que vivía el multimillonario, tales como obras de arte de un valor incalculable o un spa .
Se preguntó cuántas veces habría hecho uso la familia Baker de todo aquello mientras miraba el portón de madera que le impedía la entrada.
Hannah apretó el timbre en un par de ocasiones, pero nadie acudió a abrir la puerta.
Desilusionada, comenzó a descender los anchos escalones de la entrada en el momento que comenzaba a llover con más fuerza.
Una vez abajo, un hombre asomó por detrás de uno de los leones de piedra provocando que soltara un grito ahogado al verlo.
Tenía el pelo canoso y casi al rape. Un pantalón beige de pana, unos zapatos náuticos marrones y un jersey crema Lacoste completaban el vestuario de un señor menudo al que Hannah identificó al instante como Richard Baker.
—¡Buen día!, perdone por presentarme así, ¿es usted Richard Baker? —preguntó en tono alegre.
Richard asintió sin expresión alguna en el rostro.
—Me llamo Mara —dijo soltando el primer nombre que le vino a la cabeza, que no era otro que el de su madre—, he intentado en vano contactar varias veces con usted y pensé que si me presentaba…
—¿Eres policía? —la cortó Richard Baker.
—No… Soy periodista del News Now Houston Post .
Richard la miró de arriba abajo con desconfianza.
—No quisiera molestarle, pero me ha llegado cierta información comprometida que me gustaría contrastar con usted antes de escribir nada.
Richard titubeó nervioso.
—Será mejor que entremos o acabaremos empapados, señorita Mara —contestó esbozando lo que parecía ser una sonrisa, pero que a Hannah le pasó inadvertida.
A Richard Baker nunca le había gustado rodearse de gente.
Podía decirse que era una persona poco sociable.
Cuando era pequeño e iba a la escuela primaria, se sentaba a hacer garabatos en el pupitre sin levantar la cabeza mientras los otros niños interactuaban entre ellos.
A la hora del patio, se acercaba a una zona de césped donde permanecía apartado del resto de niños que jugaban al fútbol o se reunían en los columpios, para observar insectos y pequeños animales como caracoles, mariquitas u hormigas.
Su preferida era la oruga. Siempre tan organizada.
Le fascinaba ver cómo se desplazaba por la tierra, lentamente, pero sin perder el ritmo.
Fue una decepción cuando a la edad de seis años descubrió que se transformaba en mariposa.
En ese momento dejaron de atraerle y, cada vez que se encontraba con una y conseguía capturarla, le cortaba las alas y la dejaba en el suelo mientras se movía erráticamente de un lado a otro.
En el colegio le ponían motes como boliche o topo debido a los kilos de más que tenía y a sus gafas de montura gruesa. Él no hacía caso a los insultos y se resignaba a que de vez en cuando le dieran palmadas en el pescuezo o le bajaran los pantalones para ridiculizarlo ante las niñas.
En su casa tampoco es que marcharan mejor las cosas.
Las discusiones entre sus padres eran cada vez más intensas.
Al principio se encerraban en el dormitorio entre gritos mientras a él lo dejaban viendo la televisión a un volumen alto.
Con el paso del tiempo, ya no ocultaban sus diferencias.
Un día presenció cómo su padre la abofeteaba y la empujaba contra una cómoda provocando que perdiera el conocimiento tras sufrir un fuerte golpe en la cabeza.
Richard debía de tener unos trece años y, a partir de entonces, las palizas se volvieron en la tónica diaria de la familia.
Cuando su padre se marchaba dando un portazo y su madre se quedaba sollozando en el dormitorio, él entraba y la abrazaba apoyando la cabeza en su pecho.
En el momento en que parecía que su madre se calmaba, pasaba del llanto a la ira y le echaba en cara lo poco que la defendía.
«¡Siempre tengo que aguantar yo sus palizas, cuando todo es culpa tuya!
», le reprochaba. Solía recordarle que todos los males de la familia comenzaron con su nacimiento.
Después venían los azotes que llevaba recibiendo desde pequeño mientras la escuchaba decir lo mal que se portaba con ella.
A continuación, lo llevaba de la mano al baño, cerraba la puerta y echaba el pestillo.
Su madre se desvestía y luego le quitaba la ropa a él, se metían en la ducha y mientras el agua corría por sus cuerpos desnudos, ella lo abrazaba por detrás y le enjabonaba de arriba abajo provocando que en más de una ocasión tuviese una erección.
«No te preocupes» solía decir antes de ayudarlo a masturbarse.
Siempre pensó que era la manera que ella tenía de demostrar que lo quería y que lo perdonaba a pesar de todo el mal que había traído a la familia.
El tiempo pasaba y la agresividad de su padre iba en aumento. En una ocasión llegó incluso a amenazarla con los ojos inyectados en sangre y blandiendo un cuchillo, mientras gritaba «¡no me jodas más o acabaré cortándote en pedacitos, puta zorra!».
Ese año decidieron acabar con su vida echándole cianuro en la bebida en plena celebración de nochebuena. Un paro cardíaco fue lo que dictaminó el forense y lo que acabó siendo la versión oficial.
A partir de entonces, Richard disfrutó de lo que para él fueron los mejores años de su vida.
Dejó los estudios para estar al lado de su madre y ayudarla en todo lo que necesitase.
Había días en los que se ponía triste y lo azotaba por haberla hecho pasar tantos años de calvario junto a su padre, pero luego se lo compensaba con abrazos y caricias.
Fueron felices a su manera hasta que comenzó a perder la memoria.
Al principio eran detalles sin importancia, como olvidarse dónde había dejado las gafas o preparar la cena dos veces consecutivas, pero con el paso del tiempo la enfermedad fue avanzando hasta hacerla perder totalmente la razón.
Tan pronto preguntaba por su padre, como le pedía explicaciones de cómo había conseguido entrar en su casa.
«¡Márchese ahora mismo o llamaré a la policía!
», le advertía con una mirada gélida y penetrante.
Como no soportaba ver a su madre en aquellas condiciones, una noche tomó la determinación de ayudarla a dejar este mundo con la escasa dignidad que aún conservaba.
La ausencia de su madre provocó un inmenso vacío en su interior. Se sentía como un bebé al que habían abandonado a su suerte y, por las noches, cuando la soledad lo carcomía por dentro y no podía conciliar el sueño, usaba un chupete con el que conseguía relajarse.
Al poco tiempo se vio atraído por los pañales y compró sus primeras cien cajas por Internet.
Años más tarde, construiría una especie de guardería en la habitación donde antes su padre tenía el estudio de pintura y acudía allí por lo menos una o dos veces al día.
Le gustaba sentir el tacto de los pañales mientras andaba a gatas sobre la alfombra de espuma de polietileno que cubría la habitación.
Eran momentos en los que alcanzaba un estado de completo bienestar.
Esa mañana no llevaba puesto ningún pañal.
Venía de visitar la tumba de su madre y era una de las pocas ocasiones en las que abandonaba su mansión.
No se sentía seguro fuera de ella, pero a veces no le quedaba otro remedio que hacerlo, como cuando acudía a un club nocturno en busca de una mujer que le ayudara a satisfacer sus fantasías.
Tampoco le gustaba recibir visitas y esa mañana era la segunda vez en dos días que se encontraba a una mujer husmeando en la entrada principal de su residencia.
Algo que no le ocurría desde que aquellos indeseables periodistas se dedicaron a asediar las inmediaciones del complejo, día sí y día también, durante dos largas semanas tras la muerte de su madre.
Recordaba a una mujer de melena rubia que se atrevió a preguntarle por el tipo de relación que mantenían y si, bien mirado, era el mejor final que cabía esperar teniendo en cuenta el estado de su enfermedad y la herencia que dejaba.
Cómo podría olvidarla. Él mismo se encargó de quedar con ella al día siguiente para evitar que volviera a molestarlo.
La mujer se llamaba Melinda y era una pseudo-periodista que comenzó llevando un blog en internet donde publicaba entrevistas a famosos en las que les hacía preguntas de ámbito privado.
Después se dedicó a realizar labores de investigación sacando los trapos sucios de celebridades y, con el tiempo, se ganó cierta fama colaborando en programas del corazón.
Por suerte, pudo deshacerse a tiempo «del problema» y esperaba no tener que emplear el mismo método con la mujer morena de pelo rizado que aseguraba tener información comprometida suya.
Deseaba despacharla cuanto antes, pero optó por invitarla a entrar y comprobar el verdadero propósito de su visita.