Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 38
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Kilyan llamó a Nataly Tyson y una voz le invitó a dejar un mensaje en el contestador tras el cuarto tono. Le dijo de forma escueta que quería mostrarle una fotografía y, pocos minutos más tarde, Nataly le devolvió la llamada ofreciéndole quedar en el City Café.

Conocía el lugar. El City Café era una amplia cafetería donde se comía muy bien y aceptó la cita pensando en acudir unos minutos antes para degustar unos tacos mexicanos con salchicha.

No sabía el porqué, pero tras la reunión de esa mañana le había entrado tanta hambre que ni siquiera le importaba que Nataly le pillase en plena faena.

En el momento en que se metía el último trozo en la boca y la camarera se disponía a retirar el plato, la vio entrar en el local con un elegante vestido azul y negro sin mangas y cierre de cremallera.

El ruido de los tacones resonaba en el suelo de baldosas blancas provocando que varios de los clientes que consumían en la barra se dieran la vuelta para mirarla.

Nataly era una mujer guapa y atractiva. Ella lo sabía y parecía sentirse cómoda siendo el centro de atención.

—Buenos días, detective. Siento la espera.

—No se preocupe, he estado entretenido. ¿Quiere un café?

—Mejor un Manhattan.

—Está bien. ¡Perdone! —exclamó Kilyan dirigiéndose a la camarera—, tráiganos por favor un Manhattan y un café solo con dos azucarillos.

—Me han dicho que la casa de mi hermana ha quedado hecha un desastre. A este paso me va a salir caro venderla, ¿qué pretendían con ese incendio si Mia no tenía nada de valor?

—Lo desconozco, pero pienso averiguarlo —contestó Kilyan mirándola a los ojos.

—El funeral será mañana a las once y media en la iglesia St. Jerome —dijo Nataly de sopetón—. Creo que debe enterarse por mí antes de que lo escuche en cualquier medio de comunicación. Ya he dado la noticia a la NBC.

—¿Es consciente de que al hacerlo público acudirá mucha gente?

—Me parece que en eso consiste un funeral, detective —contestó Nataly haciendo que su pregunta sonara ridícula.

Kilyan era consciente de que una vez se emitiera la noticia en televisión, el funeral se convertiría en un festín para la prensa sensacionalista y la gente acudiría en masa al lugar.

A esas alturas ya existían varias plataformas que defendían la causa de Mia, entre las que se hallaba una llamada «Todas somos Mia» con un ojo cerrado al que le caía una lágrima roja como imagen del colectivo.

Si a este tipo de grupos les sumaba los detractores, que tampoco eran pocos, la vigilancia policial iba a complicarse sobremanera dando la oportunidad de campar a sus anchas al hombre de la máscara.

Solo esperaba que aquello no terminara siendo una batalla campal.

—¿No tenía que enseñarme una foto? —preguntó Nataly mientras se echaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

En ese momento la camarera se acercó a la mesa y les sirvió el Manhattan y el café. Kilyan esperó a que se marchara para entregarle a Nataly la fotografía donde aparecían Bud Delaney y Mia Tyson subidos en una moto. Nataly posó sus ojos en la instantánea y después miró a Kilyan.

—¿Reconoce al hombre que está junto a su hermana?

—¿Debería? —preguntó Nataly con semblante serio.

—Es muy importante, su cadáver apareció junto al de Mia en el sótano de la nave industrial y sabemos que años atrás interpuso una denuncia contra este hombre por agresión sexual.

La fotografía se hallaba oculta en un álbum que encontramos en casa de su hermana y confirma que ambos tuvieron una relación.

Nataly se mantuvo callada unos instantes sosteniéndole la mirada.

—Sí, los vi hace años juntos un par de veces —dijo finalmente arrastrando las palabras como si se arrepintiera al instante de reconocerlo.

—¿Por qué lo ocultó la primera vez que nos vimos?

—No estaba segura de que fuera él. Han pasado muchos años desde la última vez que lo vi y tan solo fue en un par de ocasiones.

Por aquel entonces, Mia frecuentaba entornos en los que se trapicheaba con droga y era capaz de vender su cuerpo por unos gramos de cocaína.

Ella misma llegó a confesármelo. Había días en los que salía a tomar una cerveza y acababa despertándose en la habitación de un desconocido.

En ocasiones me llamaba para que fuese a buscarla y al día siguiente no quería hablar del tema.

En esa fotografía debía tener diecisiete o dieciocho años.

—¿Alguna vez le contó haber sufrido algún tipo de agresión sexual?

—No. ¿De qué fecha es la denuncia que puso a ese tipo?

—Del año 2007.

—Por aquel entonces no teníamos casi relación, pero no le extrañe que acabara siendo una invención suya. Mi hermana hubiera hecho cualquier cosa por conseguir algo de dinero y yo no descartaría que usara esa denuncia a modo de extorsión.

—¿Qué relación tenía su hijo con Mia? —preguntó Kilyan cambiando totalmente de tercio.

Nataly, sorprendida, se ajustó la parte superior del vestido incomodada por la pregunta.

—¿Peyton?, cuando era pequeño podríamos decir que buena.

En ocasiones se quedaba a dormir en su casa si yo salía tarde de trabajar.

Después comenzó con los estudios y se volvió más independiente.

Además, Mia llegó a tal punto que no se podía tratar con ella y, entre una cosa y otra, dejaron de tener contacto.

—¿Cree que se presentará mañana en el funeral?

—No tengo ni idea.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

—Supongo que no le ha afectado demasiado. Hace años que no sabe nada de su tía y, como le dije la primera vez que nos vimos, tiene su vida hecha.

—¿Eran muchas las ocasiones en que iba a dormir su hijo a casa de Mia?

—No. Las veces que lo hacía, pasaba la noche y volvía a la mañana siguiente, ¿por qué lo dice? Esto comienza a parecer un interrogatorio —dijo Nataly molesta mientras se alisaba la parte baja del vestido.

—Se lo pregunto porque, cuando estuvimos en casa de su hermana, vimos una habitación juvenil y no parecía precisamente la de un chaval que solo iba de vez en cuando a dormir allí.

—¿A qué se refiere? —preguntó Nataly extrañada.

—Había pósteres de cine y de grupos musicales en las paredes, libros, una minicadena con varios cds, juegos...

—No sé... serán cosas que le habría comprado mi hermana.

—Kilyan notó que a Nataly aquello le había pillado por sorpresa—.

Si le soy sincera, hace muchos años de todo aquello y no veo qué relevancia puede tener con su muerte —dijo recobrando la compostura—.

¿Hemos terminado?, tengo que acudir a la iglesia para terminar con los preparativos de la ceremonia.

—Sí, puede irse. Gracias por su tiempo.

—Adiós, detective.

Nataly terminó su copa y dejó a Kilyan solo en la mesa.

—Hasta mañana —murmuró Kilyan bajo el ruido de los tacones de Nataly Tyson, mientras se alejaba contoneando las caderas.