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Hannah estiró el brazo y palpó las sábanas a oscuras.
Tras comprobar que estaba sola en la cama, se desperezó y abrió la persiana para que entrara algo de claridad en el dormitorio.
Su ropa estaba esparcida por toda la habitación sin orden ni concierto: las bragas encima de un peluche grande que había tirado en el suelo, el sujetador en la lámpara de la mesita que se encontraba a su izquierda y los pantalones al lado de la puerta.
Lo que no consiguió averiguar es dónde había ido a parar su camiseta.
Como si hubiese dormido doce horas seguidas, se desperezó con languidez mientras la pantalla del móvil marcaba las once y veinte de la mañana.
Supuso que Rebecka hacía rato que se habría marchado y se alegró al ver la confianza que había depositado en ella dejando que se quedara sola en su casa cuando tan solo habían compartido una noche juntas.
Con el espíritu renovado y una radiante sonrisa, se puso las bragas y una camiseta con la cara estampada de David Bowie que encontró en el armario y se dirigió a la cocina, donde rezumaba un intenso olor a café. Encontró una nota bajo el salero de madera que reposaba sobre la encimera.
Hannah la cogió y leyó:
Buenos días, perezosa:
Dejo café recién hecho. Tienes donuts y galletas en el armario que hay al lado de la nevera. Quédate el tiempo que necesites. Espero verte pronto, que sepas que lo he pasado muy bien contigo.
La marca de unos labios rojos firmaban la nota. Se le escapó una sonrisa y se mordió el labio inferior pensando en la noche que habían pasado juntas.
Tras servirse café en una taza con forma de gato, donde el asa era la cola del animal, y ponerlo a calentar en el microondas, cogió un donut y se sentó en una de las tres sillas altas que rodeaban la encimera de la cocina.
El sonido estridente del teléfono hizo que se sobresaltara en el momento en que le daba un mordisco al donut.
Sonaron seis tonos antes de que saltara el contestador.
«Rebecka, soy Mark. Te he llamado al móvil, pero tampoco contestas. Llámame cuando puedas, se trata de Richard Baker».
Hannah se levantó de la silla, con el café en una mano y el donut en la otra, y se quedó mirando al teléfono que se encontraba en la otra punta del salón. Al lado de este había un portátil y un periódico local de la semana anterior.
«Richard Baker… ¿de qué me suena?», pensó sin lograr que el recuerdo acudiera a su mente.
Como tenía el día libre y tampoco había planeado hacer nada durante la mañana, se sentó en el sofá mientras daba el último bocado al donut y encendió el televisor dejando la taza de café en el reposabrazos.
En el canal que salió por defecto estaban dando las novedades acerca del incendio que había tenido lugar en Richmond el día anterior.
En la parte inferior de la pantalla podía leerse sobre un rótulo azul: «Arde la vivienda de la Dama Caníbal».
—¡Serán cretinos! —murmuró Hannah.
Una vista aérea mostraba los alrededores del edificio incendiado donde se podía ver a los bomberos sofocando el fuego. En la siguiente toma, dos sanitarios atendían a un hombre. Junto a la ambulancia le sorprendió ver a Rebecka sentada en el bordillo de la acera con la mirada puesta en el edificio.
«¿Cómo es que no me ha contado nada de esto?» se preguntó molesta. Habían estado juntas pocas horas después del incidente.
Hannah apagó el televisor, cogió un portátil que había junto al teléfono y volvió a sentarse en el sofá al estilo Buda.
Tras encenderlo, la pantalla se iluminó sobre su regazo.
Permaneció a la espera de tener que introducir una contraseña, pero, en lugar de eso, apareció la imagen de unas montañas bajo un cielo estrellado.
En la parte izquierda del escritorio había cuatro carpetas y el acceso directo a un navegador de internet.
Abrió el navegador y escribió Richard Baker en el buscador de Google.
La mayoría de los resultados que aparecieron guardaban relación con un periodista inglés que trabajó como locutor varios años en la BBC y con un escritor y diseñador de juegos estadounidense.
Como ninguno de ellos era la persona que buscaba, probó a entrar en la sección de noticias para ver si tenía más suerte.
En la segunda página encontró un titular que rezaba «La herencia maldita de los Baker».
Hannah seleccionó la noticia y apareció una sección de sucesos del diario digital de Houston.
Arriba a la izquierda, bajo el nombre de la redactora, podía leerse la fecha de la noticia que databa del 12 de abril de 2004.
Hannah dio un sorbo al café y comenzó a leer.
«Lynda Mitchell, viuda del famoso pintor Thomas Baker, ha sido hallada muerta el pasado martes por la mañana en su mansión de River Oaks, Houston, a los setenta y cuatro años.
Su hijo, Richard Baker, alertó al servicio de emergencias a las 9.
45 horas de la mañana al comprobar que su madre no respiraba.
Cuando acudió la ambulancia al domicilio, solo pudieron certificar la muerte de la multimillonaria.
Según la policía, habrá que esperar los resultados de la autopsia para determinar la causa de la muerte».
Más adelante, el artículo continuaba adentrándose en el drama familiar.
«La tragedia comenzó salpicando a la familia Baker hace veintidós años, cuando los padres de Thomas Baker realizaron un vuelo de Canadá a Houston para pasar las Navidades con la familia de su hijo.
En el trayecto sufrieron un accidente aéreo en su avión privado, donde el exitoso promotor inmobiliario Tom Baker y su mujer Marielle Melling, al igual que el piloto del avión, fallecieron en el acto dejando un patrimonio de 140 millones de dólares.
Thomas, famoso por sus pinturas y grabados surrealistas en blanco y negro, se casó cinco años después con la modelo Lynda Mitchell en uno de los momentos más álgidos del artista.
Tras sufrir tres abortos espontáneos, Lynda y Thomas tuvieron su primer y único hijo al que llamaron Richard».
Hannah cerró un anuncio que apareció de repente ocupando toda la pantalla y continuó leyendo.
«En los años noventa comenzaron a surgir rumores de varias mujeres que aseguraban haber tenido un romance con Thomas y posibles conductas de maltrato en la pareja.
Tanto Lynda como su marido, siempre negaron las acusaciones alegando que no eran más que bulos lanzados por la propia prensa.
En la nochebuena de 1994, cuando más se hablaba de una posible crisis en el matrimonio, Thomas Baker sufrió un infarto de miocardio, minutos antes de las campanadas, mientras comía junto a su familia.
Diez años después, Lynda Mitchell se convierte en la última víctima hasta la fecha de la llamada “herencia maldita” que ahora recae en manos del único heredero de la familia, Richard Baker».
Ahora lo recordaba. Cuando Lynda Mitchell falleció ella era pequeña y su madre tuvo que explicarle la tragedia familiar de una manera edulcorada, después de haber escuchado las barbaridades que decían tanto en la radio como en la televisión.
Como a esas edades los niños absorben todo lo que oyen y ven, ella no fue menos y aquella noticia hizo que tuviera pesadillas durante una semana entera.
Llegó a sentir lástima por aquel hombre que había perdido de manera trágica a todos sus seres queridos.
Hannah volvió a la parte superior de la página del diario digital y en la casilla de búsqueda escribió «Lynda Mitchell autopsia». Enseguida encontró lo que buscaba.
«…Una vez realizada la autopsia, el jefe de policía de Houston confirma mediante un comunicado a la prensa que Lynda Mitchell falleció a causa de una ingesta de pastillas tras consumir medicamentos de forma masiva.
Su hijo Richard Baker comentó entre lágrimas a nuestra redactora Sonia Praga que su madre “llevaba días apática” y que “apenas comía. Se sentaba frente a la ventana del salón y se quedaba contemplando la calle con la mirada vacía”».
La redacción continuaba haciendo un repaso a la vida de Lynda Mitchell.
En una fotografía situada en mitad del artículo aparecía junto a Thomas Baker y su hijo en las escaleras de una mansión.
Se trataba de una imagen de archivo y el pie de foto rezaba: «La familia Baker posa en su casa de River Oaks».
Lynda abrazaba a un joven Richard Baker con gesto serio, mientras que Thomas sonreía a la cámara pasando el brazo por el hombro de su mujer.
Dos leones de piedra flanqueaban majestuosos la entrada de la mansión.
—Un momento, ¿no dijo Rebecka que en la entrada a la vivienda de Charlie había dos leones? —dijo en voz alta como si a su pregunta no le hiciera falta una contestación.
Hannah apagó el portátil y dio un último sorbo al café. Nunca había estado en River Oaks, pero sabía cómo ir y no iba a tener problemas en encontrar la casa.