36
Cuando Rebecka pasó por delante del Dust & Ash parecía un lugar abandonado.
No se veía un alma a esas horas de la mañana y solo había un par de motos estacionadas junto a una caravana en la zona reservada del aparcamiento.
Supuso que serían propiedad de John Peck, fundador de The Black Skull y dueño del bar.
Sin ninguna intención de volver a visitar aquel lugar, Rebecka descendió colina abajo y aparcó a escasos metros del motel que tres días atrás había visitado junto a Kilyan.
En esos momentos Sam Troughton se encontraba barriendo la entrada de la recepción y, al ver que se acercaba una posible cliente, se apoyó en el mango de la escoba y esperó pacientemente a que la mujer morena de cabello largo llegara a su encuentro.
—Buenos días, ¿se acuerda de mí?
Sam entrecerró los ojos y sonrió.
—Es usted la detective del otro día, ¿verdad? —dijo señalando a Rebecka con el dedo índice mientras lo movía de arriba abajo.
—Sí, me gustaría hacerle un par de preguntas, si no le importa.
—Faltaría más, ¿pasamos dentro?
—No hace falta.
—Como quiera.
—¿Recuerda si el día en que Elizabeth reservó la habitación había alguna furgoneta, camioneta u otro vehículo de dimensiones similares?
—Déjeme pensar. —Sam apoyó la cabeza sobre las manos que sujetaban lo alto del mango de la escoba—.
La verdad es que no lo recuerdo, lo siento —dijo al cabo de un rato, cuando Rebecka ya barajaba la posibilidad de que se hubiera quedado dormido—.
¿Por qué no le pregunta a mi mujer?, es más observadora que yo.
—¿Sabe dónde podría encontrarla?
—Está limpiando la habitación trece que acaban de dejar esta mañana. Voy a buscarla.
—De acuerdo, esperaré aquí.
Rebecka le dio la espalda a Sam tras ver cómo desaparecía por las escaleras exteriores del edificio.
Pensó que, si el hombre de la máscara se había llevado a Bud y a su motocicleta en un vehículo de gran tamaño, tuvo que haber aparcado en la explanada de cemento que se extendía hasta la carretera o en el descampado que había cruzando la calzada.
Lo que no conseguía entender era cómo había logrado que Bud accediese al vehículo sin llamar la atención de nadie.
A la derecha del motel había una gasolinera y a la izquierda un concesionario de coches.
Anotó mentalmente que tendría que acercarse a comprobar si había instaladas cámaras de vigilancia en alguno de los dos negocios. Con un poco de suerte podría conseguir una grabación de los vehículos que circulaban por esa carretera el día que Bud Delaney desapareció.
Al escuchar voces a su espalda, volvió la vista y vio cómo Sam y su mujer se acercaban discutiendo. Daba la impresión, al menos en las dos ocasiones en que los había visto juntos, de que ella casi siempre conseguía su propósito cuando discutía con su marido.
—Buenos días, detective —saludó inclinando la cabeza levemente mientras Sam miraba al cielo con gesto resignado—. Me ha comentado mi marido que buscan una furgoneta que pudo estar aparcada en nuestro motel el día que esa chica alquiló la habitación, ¿verdad?
—En realidad no sabemos con certeza qué tipo de vehículo andamos buscando, pero en principio creemos que podría tratarse de una camioneta o una furgoneta. ¿Le suena haber visto una?
—Venía comentándole a mi marido que vi una furgoneta aparcada allí enfrente. Era de esas que tienen el morro bajo, no sé si me explico.
—¿Y por qué no lo mencionaste el otro día? —protestó Sam.
—Ya te he dicho que no le di importancia, ¿será posible?
¿Sabe la cantidad de furgonetas que he visto aparcadas aquí fuera a lo largo de estos años?
—dijo Miriam dirigiéndose a Rebecka—. Además, como la primera vez que vinieron preguntaban por un motero, en ningún momento lo relacioné con la furgoneta.
—No se preocupe, ¿podría decirme de qué color era?
—Blanca. Creo que era blanca, sí.
—¿Marca?, ¿llevaba rótulos o alguna pegatina que le llamara la atención?
Miriam se quedó pensativa y Rebecka notó que le vibraba el móvil en el pantalón. Al comprobar que se trataba de Mark, decidió que lo llamaría más tarde y volvió a guardarse el teléfono.
—Lo siento, pero no lo recuerdo —dijo finalmente Miriam—. Solo vi que se trataba de una furgoneta blanca con el morro bajo, como le he comentado. Me fijé en ella porque esa mañana tuvimos pocas reservas y tan solo habría un par de coches más en todo el aparcamiento.
Rebecka miró hacia el lugar que había señalado Miriam.
—¿Dice que la furgoneta estuvo aparcada en la plaza que está al lado de la calzada?
—No exactamente. Estaba en horizontal.
—Quiere decir que estaba aparcada en fila —la corrigió Sam.
—Ya me ha entendido, ¡no vayas ahora de sabelotodo!
—Una última pregunta. Sabemos que el motero vino con una Harley Davidson. ¿Les suena haber visto una esa mañana?
Ambos negaron con la cabeza.
—Está bien, por el momento eso es todo. Si recuerdan algo más…
—No se preocupe, tenemos la tarjeta que nos dejó su compañero. Les llamaremos en tal caso.
—Se lo agradezco, que tengan un buen día.
—Igualmente, detective —se despidió el matrimonio.
Una vez en la carretera, Rebecka devolvió la llamada a Mark.
—¿Puedes hablar?
—Sí. Dime, Mark.
—He estado investigando a Richard Baker y hay cierta información que quizá pueda interesarte.
—Soy toda oídos.