Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 35
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Bernard miró al cielo con los brazos en jarra y respiró profundamente sintiendo cómo el aire fresco de la mañana llenaba sus pulmones.

El día ya había comenzado torcido cuando a las cuatro y media de la madrugada una llamada de Ezra lo sacaba de un plácido sueño.

Habían recibido el aviso de una persona que decía haber escuchado un disparo en una vivienda situada en la carretera AllenGenoa, cerca del casino Big Blue, mientras hacía footing calle abajo.

Bernard acudió al lugar junto a los agentes Murray y Stoner y echaron un vistazo en derredor del edificio.

Al comprobar que había iluminación en una de las ventanas, llamaron a la puerta y obtuvieron un sospechoso silencio por respuesta.

Bernard sabía que se la jugaba si decidían entrar a la fuerza y terminaban apuntando con el revólver a una anciana medio sorda que veía tranquilamente el televisor, pero, ante la posibilidad de que una persona pudiera encontrarse en peligro, no se lo pensó dos veces y dio la orden de entrar.

Tras comprobar que en la planta baja no había nadie, fueron al piso superior y accedieron a la única habitación con la luz encendida.

Lo primero que vieron, y nunca lograrían borrar de su memoria, fueron las tres cabezas que colgaban de la pared sobre una cama de matrimonio.

Correspondían a dos niños y un hombre adulto que más adelante identificaron como Peter Gilmore y sus dos hijos.

Las cabezas tenían pintada la cara de un payaso triste y un ejército de moscas revoloteaba en torno a ellas incesantemente.

Sobre la cama descansaban los tres cuerpos decapitados.

Cada uno de ellos tenía las manos colocadas en el vientre y un pie encima del otro como si estuvieran descansando.

Había sangre por todas partes, pero ni rastro del arma homicida.

Lo siguiente que vieron fue el cuerpo inerte de una mujer tumbada boca abajo en una postura poco ortodoxa.

Llevaba puesto un vestido de novia y bajo su cabeza se extendía un pequeño charco de sangre que teñía el parqué de rojo.

El agente Stoner, que apenas tenía veintidós años, vomitó en la alfombra y Bernard se vio obligado a pedirle que abandonase la escena.

De todo aquello habían pasado ya cuatro horas y, sin duda, estaba siendo una de las peores noches de toda su carrera.

Además, como el edificio pertenecía a Pasadena, tuvieron que dar parte a la Policía local y esperar a que el inspector Jesús Rodríguez se personara in situ para ser informado de todo mientras varios agentes de la científica completaban su trabajo.

Si la casa de Sharon Fisher y Peter Gilmore llega a estar situada al otro lado de la carretera, el caso hubiera recaído en el Departamento de Policía de Houston y seguramente hubieran terminado hacía rato.

—¿Quieres uno?

—Gracias, no fumo —dijo Bernard rechazando el cigarrillo que le ofrecía Jesús, ya fuera del edificio.

—Cuando crees que lo has visto todo…

Bernard miró al inspector. Era más o menos de su misma estatura y una fea cicatriz le cruzaba la mejilla derecha. Tenía el pelo despeinado y cada dos por tres se soplaba el flequillo para que no le tapara el ojo izquierdo.

—Por más vueltas que le doy, no logro comprender qué le lleva a una madre a asesinar de una forma tan macabra a sus hijos y a su marido para acabar pegándose un tiro en la cabeza. Debía de estar completamente desequilibrada.

—Para estar desequilibrada se ha tomado muchas molestias para llevarlo a cabo —dijo Bernard quitándose el sudor de la frente con la manga de la camisa.

Varios coches comenzaron a pitar a una furgoneta que parecía no haberse dado cuenta de que el semáforo estaba en verde. Esta arrancó de inmediato y el ruido de los cláxones cesó al instante volviendo el tráfico a su normalidad.

—Jesús, me gustaría pedirte un favor.

El inspector lo miró con curiosidad.

—¿Te importaría tenerme al tanto de las novedades que se vayan produciendo en este caso?

Jesús se lo quedó mirando unos segundos como quien mira un cuadro de Kandinski por primera vez.

—Sin problema —contestó tras darle una profunda calada al cigarrillo. Bernard asintió con la cabeza—. ¿Puedo preguntarte por qué?

—Supongo que quiero encontrarle algo de sentido a todo esto —contestó encogiéndose de hombros.

—Comprendo —dijo Jesús arrugando la frente.

Como allí no tenía nada más que hacer, se despidió y subió al coche que tenía aparcado al otro lado de la carretera. Una vez dentro sacó el móvil y llamó a Kilyan.

—Dime, Bernard.

—Hola, Kil, no sé si te habrá contado algo Ezra sobre el incidente en Pasadena.

—Sí, estoy al tanto.

—Como sabrás, nos hemos encontrado un escenario bastante desagradable.

Los cuerpos de dos niños y su padre se hallaban decapitados sobre una cama de matrimonio y sus cabezas colgaban de la pared como si fueran trofeos de caza.

Enfrente de la cama había una mujer en el suelo con un disparo en la cabeza.

Ha sido identificada como Sharon Fisher, esposa del prestigioso traumatólogo Peter Gilmore y madre de los dos niños decapitados.

Hemos hallado residuos en la mano que sostenía el revólver, por lo que todo indica que ella misma apretó el gatillo.

Se trata de una Glock G19 de 9 mm registrada a nombre de su marido.

—Más o menos es lo que me ha contado Ezra.

—Bueno, pues hay más. En el espejo que había en la pared, al lado del cuerpo, habían escrito la palabra CULPABLE con sangre que se ha llevado a analizar.

He tenido un déjà vu y le he enviado de inmediato una fotografía del espejo a Mark.

Después de contrastarla con la pintada de la casa de Elizabeth Rush, reconoce que puede haberlo escrito la misma persona. La letra P era idéntica.

—¿Se lo has contado a alguien más?

—No.

—¿Han encontrado el arma con el que les cortaron la cabeza a Peter y a sus hijos?

—De momento, no.

—Está bien, mira a ver qué información puedes sacar de la familia Gilmore. Me interesan sobre todo los resultados de la autopsia de la mujer.

—Me temo que eso no va a ser posible.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kilyan extrañado.

—Sharon Fisher aún respiraba cuando la encontramos. Fue trasladada de urgencia al Hospital Médico de la calle Webster.