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—El ticket fue expedido el día 31 del mes pasado a las 19.30h en la tienda de ultramarinos donde se realizó la compra, a solo dos manzanas de la casa de la víctima. Han corroborado que Elizabeth era una clienta asidua y que hacía varias semanas que no aparecía por allí.
—Está claro que su plan era suplantar la identidad de Elizabeth para que Bud mordiera el anzuelo en la web de citas.
Por las fechas que manejamos, primero se quitó a Elizabeth de en medio, después secuestró a Mia y, por último, quedó con Bud en el motel.
Lo que no sabemos es si Elizabeth fue escogida al azar, aún no tenemos nada que la vincule con las otras víctimas —comentó Kilyan ante la atenta mirada de Ezra—.
Tampoco hemos encontrado ningún ordenador en su casa.
Es probable que el tipo del cajero se lo llevara para crear una cuenta falsa y contactar con el motero.
—¿Algo interesante en su móvil? —preguntó el jefe de policía dirigiéndose a Mark.
—Nada.
—Rebecka, ¿qué puedes decirnos sobre tu visita al club?
Rebecka pensó que podría contar que, gracias a su visita a La Dama de las Tentaciones, había pasado una de las mejores noches de los últimos años, pero decidió ceñirse al caso.
—Mia Tyson llevaba veinticinco años trabajando en el club.
Michael Foster, el dueño del local, me comentó que tenía su clientela y que por eso la mantenía en plantilla a pesar de sus cuarenta y ocho años.
Cuando le dije que se había quitado la vida parecía afectado, sensación que no tuve con una joven que se hace llamar Sugar y que se encarga de tener el local en orden.
Ya sabéis, que ningún cliente se pase de la raya y que todos los empleados cumplan con sus obligaciones.
Sugar asegura haber visto a Mia por última vez la noche del quince de noviembre antes de marcharse con un tal Charlie.
Esa chica parece ser la persona de confianza de Michael y me gustaría hacerle unas cuantas preguntas más fuera del local.
—Bien. Mark, mira a ver qué encuentras del dueño del club. También quiero una lista de todos los empleados ¿Sabemos algo del tipo con el que se marchó del club?
—Su nombre real es Richard Baker, pero se hace llamar Charlie cada vez que quiere llevar a una mujer a su casa para que lo traten como a un bebé.
Parece ser que le gusta que lo azoten mientras va a gatas con un pañal puesto.
Una de las camareras que ha estado varias veces con él, me dijo dónde podría encontrar su casa y fui anoche a hacerle una visita.
Al principio se mostró reticente, pero terminó confesando que esa noche Mia Tyson estuvo en su casa.
Según Richard se marchó a eso de las doce y media de la noche.
Era un tipo repulsivo. Llegó a mearse en los pantalones mientras hablaba conmigo.
—Por Dios, ¿merece la pena ponerle vigilancia?
—De momento no. No parece guardar relación con el caso.
—¿Kilyan? —preguntó Ezra esperando que arrojara algo de luz a aquella locura.
—Anoche estuve repasando los informes completos del forense y por lo visto a Bud lo neutralizaron con un taser.
Lo más probable es que eso ocurriera en el motel, lo que me lleva a pensar que, si Bud acudió al lugar en moto, el hombre que lo secuestró tuvo que llevársela de alguna manera ya que allí no había rastro de ella.
Tratándose de una Harley, debió ser en un vehículo grande. Me decanto por una furgoneta.
—También pudo llevarse primero a Bud y después ir a por la moto —propuso Ezra.
—No lo creo, hubiera sido exponerse demasiado.
—Entonces habrá que preguntar al dueño del motel si vio una furgoneta o un vehículo de gran tamaño ese día.
—Eso haremos —afirmó Kilyan.
—Bien, ¿y que podéis decirme de vuestra fugaz visita a la casa de Mia?
El jefe de policía no pudo evitar dar cierto tono irónico a su pregunta.
—La casa de Mia Tyson disponía de una habitación juvenil decorada con pósteres de películas y grupos musicales en la planta superior.
No nos consta que Mia tuviera hijos y es algo que no termina de cuadrarnos.
También encontramos la fotografía que le enseñé ayer donde aparecen Mia y Bud juntos y de la que podríamos deducir que mantuvieron al menos una relación de amistad —comentó Kilyan mientras se la pasaba a Mark para que pudiera verla.
—¿Has hablado con su hermana de todo esto?
—Sí, Nataly asegura no conocer a Bud. Veremos si con la fotografía cambia de opinión.
—Está bien.
—Jefe —comenzó a decir Rebecka con poca convicción en lo que iba a argumentar—, en la mesita de noche del dormitorio de Mia había un vaso con restos de una sustancia y, cuando abrí el cajón, me encontré con un arsenal de somníferos y pastillas para los nervios.
Si el hombre de la máscara conocía sus hábitos y tenía acceso a la casa, pudo drogarla allí mismo y después llevársela en un vehículo al sótano de la nave industrial.
—Insinúas que el tipo de la máscara se coló en su casa, fue hasta su habitación y le echó una droga en el vaso para que, cuando Mia regresara, se lo tomase como hacía todas las noches, ¿es así?
—Más o menos. Creo que más que echarle la droga en el vaso, la sustituyó por uno de los medicamentos que tomaba habitualmente.
—Es una posibilidad, pero dudo que después del incendio podamos comprobar nada. Necesitamos más pruebas y menos conjeturas.
Ezra se levantó de la silla y se acercó con paso lento al ventanal de su despacho. Rebecka sabía que cuando el jefe de policía les daba la espalda para observar las calles de Houston, su intención era poner un orden a todo lo que pensaba decir a continuación.