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El reloj de pared con forma de ancla que colgaba sobre el televisor marcaba las doce de la noche.
No es que a Kilyan le gustara especialmente la navegación, pero un día en el que se encontraba con su hija en la playa, ella le preguntó qué había después del horizonte.
Sin saber qué contestar, le prometió que tras su jubilación comprarían un yate e irían juntos a comprobarlo.
La semana siguiente, Evelyn le regaló aquel reloj con forma de ancla para que no olvidara su promesa.
Kilyan se quitó el cabestrillo y cogió de la nevera los restos de unas alitas de pollo que le sobraron de la noche anterior.
Después de calentarlas en el microondas, regresó con el plato al sofá.
Sobre la mesa se hallaban esparcidos los informes de Mia Tyson y Elizabeth Rush.
Llevaba más de tres horas buscando un punto en común entre ellos, pero hasta el momento no había encontrado nada.
Se frotó los ojos con gesto cansado y leyó lo que había subrayado del informe de Elizabeth Rush:
«Su madre biológica la abandonó en el orfanato Niños con Esperanza a los tres meses de nacer».
«Tras pasar por varias familias de acogida, Betty Greene y Thomas Rush se hicieron con su adopción».
«A los veinticuatro años, se casó con Alexander Gleason y compraron una casa en Luisiana».
«Su padre adoptivo, Thomas Rush, falleció en un accidente de coche con sesenta y tres años».
«Dos meses después, Elizabeth y su marido vendieron su casa y se trasladaron a Houston para irse a vivir con Betty Greene».
«Al año siguiente, Alexander y Elizabeth se divorciaron y él se marchó a vivir a Arkansas donde en la actualidad ejercía de vigilante de seguridad en una empresa dedicada a la gestión de instalaciones».
«No tuvieron hijos».
Kilyan sacó una vez más las fotografías de ambos casos y las distribuyó por toda la mesa. Eran modus operandi totalmente diferentes, pero había algo que a Kilyan le hacía pensar que las cuatro muertes llevaban una misma firma: el odio.
Si no llegan a usar el nombre de Elizabeth Rush para citarse con Bud Delaney en un motel de carretera, ahora estarían tratando las dos investigaciones por separado. Ese detalle a Kilyan le molestaba especialmente. Era como si el tipo del cajero les mostrara el camino que debían seguir.
También estaba lo del incendio. No sabía cómo, pero de alguna manera se enteró de que iban a registrar la casa de Mia y decidió prenderle fuego borrando cualquier posible prueba que pudiera haber dentro. Por no mencionar que matar a dos policías no le hubiera supuesto ningún inconveniente.
Mientras ojeaba las fotografías le sonó el teléfono. Kilyan contestó al cuarto tono a pesar de no conocer el número.
—¿Diga?
—¿Detective Kilyan Kil?
—Sí, soy yo.
—Soy Nataly Tyson. ¿Le pillo bien? Si no, puedo llamarle en otro momento.
—No se preocupe. ¿En qué puedo ayudarla?
—Perdone por llamar tan tarde, pero me he enterado hace poco del incendio que se ha producido en casa de mi hermana y he oído en las noticias que había dos agentes de policía dentro en el momento del incidente.
Como me dijo que estaba investigando su muerte, pensé que podía ser uno de ellos y quería saber si se encontraba bien.
—Estuve allí, sí, pero me encuentro bien, gracias —dijo Kilyan dudando de que esa fuera la verdadera razón de su llamada.
—Me alegra oír eso. También se rumorea que el incendio pudo ser provocado, ¿es cierto?
—Aún es pronto para sacar conclusiones, pero no lo descartamos.
—¡Dios santo! —dijo Nataly en voz baja.
La línea quedó por un momento en silencio. Parecía que se hubiese cortado la llamada.
—¿Sigue ahí, Nataly?
—Sí, perdone. Una cosa más, detective, me gustaría hacerme cargo del funeral de mi hermana y quería saber si hay algún inconveniente en ello.
—De acuerdo, no hay ningún problema, pero sepa que de momento no podemos entregarle el cuerpo.
—¿Cuándo cree que será posible?, tenemos un panteón familiar donde me gustaría enterrarla.
—Debe seleccionar una funeraria e informarles de que la oficina del forense está a cargo del fallecimiento. El responsable de la funeraria se pondrá en contacto con ellos, y se harán cargo de todo el proceso por usted. No puedo darle una fecha en concreto. Lo siento.
—Está bien. Prepararé el funeral de todos modos, aunque no sea de cuerpo presente.
—Nataly.
—¿Sí?
—¿Hay algo que deba saber que no me haya contado?
El silencio volvió a invadir la línea.
—No sé por qué se empeña en insinuar que le oculto algo —dijo al fin.
—Digamos que me veo en la obligación de preguntárselo. Deformación profesional lo llaman.
—¿Tienen mi fotografía colgada en una pared junto a la de mi hermana y ese motero con un montón de anotaciones alrededor?
—Me parece que eso solo ocurre en las películas.
—Cuando vino a mi casa ya le dije todo lo que sabía —respondió incómoda.
—Está bien, Nataly. Gracias por llamar.
—Adiós, detective.
Kilyan dejó el teléfono sobre la mesa. El reloj con forma de ancla marcaba la una y cuarto de la madrugada y decidió que era el momento de acostarse. Quedaban poco más de cuatro horas para la reunión que había convocado Ezra y, si no conseguía dormir, al menos necesitaba descansar un poco.
Dejó todo como estaba, tiró el plato de plástico con los restos de comida a la basura y se tumbó en la cama pensando en el incendio. Media hora después, se reunió una vez más con Lucy y Evelyn en una de sus habituales pesadillas.
A la mañana siguiente, Kilyan conducía a toda velocidad por West Dallas. Contra todo pronóstico se había quedado dormido, pero con un poco de suerte llegaría solo quince minutos tarde a la reunión.
Una vez en el edificio de la calle Travis y tras dejar atrás a dos agentes que se peleaban con la impresora, golpeó con los nudillos en el despacho de Ezra y entró cerrando la puerta tras de sí.
—¿Estás bien? —preguntó el jefe de policía.
—Sí, mejor —contestó sintiendo que todas las miradas estaban puestas en él.
—De acuerdo, podemos empezar entonces. Mark, ¿alguna novedad?
—Si os parece comenzaré con la máscara del tipo encapuchado.
—Adelante —lo animó Ezra entrelazando las manos sobre la mesa.
—El hombre del cajero llevaba una máscara patentada por Joe Cassidy.
Joe es un artista multidisciplinar de Dakota del Sur que pinta, escribe y diseña máscaras de látex hiperrealistas como la que nos ocupa, entre otras cosas.
—Mark hizo una pausa para sacar una fotografía en la que aparecía el hombre del cajero mirando directamente a cámara y con la cabeza ladeada—.
A este tipo de máscara se le llama pissed baby y es una de las más famosas de Joe Cassidy, tanto, que existen cuatro modelos diferentes con la cara del famoso bebé enfadado.
Podemos comprarlas por internet en joecassidy/maskart.com con tan solo registrarnos, o visitando Cassidy Shop, su tienda física ubicada en Dakota del Sur.
El precio de la máscara es de 219,35 dólares y de este modelo en concreto se han producido dos mil unidades.
Evidentemente, también puede adquirirse en el mercado de segunda mano por un precio más bajo.
Si fuera este el caso, la posibilidad de rastrear la compra se nos complica bastante —dijo subiéndose las gafas con el dedo índice.
—Está bien. Sé que te va a llevar mucho tiempo, pero quiero saber el nombre de todas las personas que se han hecho con una de esas malditas máscaras. De momento no tenemos mucho más a lo que agarrarnos.
—Sí, jefe.
—¿Cuánto tiempo lleva ese modelo de máscara en el mercado? —preguntó Kilyan.
—Un momento —dijo Mark mientras sus dedos bailaban en la pantalla de la tablet —.
La patente se la concedieron a Joe en 2016 y al año siguiente ya se encontraban a la venta en su tienda de Dakota.
La web no fue activada hasta hace dos años.
Un reportaje en la NBC sobre la vida de Joe Cassidy impulsó el interés por las máscaras dentro de las redes sociales y Joe le supo sacar provecho.
—Comienza primero por las compras realizadas en la página web desde el momento en que se pusieron a la venta hasta el pasado veinticuatro de noviembre, que es la primera vez que nos consta que ese tipo llevaba una puesta.
Mark asintió y Ezra miró incómodo a Kilyan. No le gustaba que lo interrumpieran para cambiar las órdenes que acababa de dar y menos sin haberlo consultado antes con él. Al ver que nadie hacía más preguntas, conminó a Mark a que continuara.
—¿Algo más?
—Me gustaría comentar algo sobre el caso de Elizabeth Rush.
—Adelante.
—Si recordáis, en la mesa de la cocina donde la encontraron ahorcada había dos bolsas con alimentos que no le dio tiempo a guardar —dijo mostrando una fotografía de la escena—.
Normalmente, lo primero que hacemos al llegar a casa tras hacer la compra, es meter en la nevera los productos que necesitan refrigeración.
Como podemos comprobar, Elizabeth no llegó a realizar esta acción y podemos deducir que el hombre que la asaltó lo tuvo que hacer en el momento en que ella entraba en casa.
También cabe la posibilidad de que la asaltaran en la calle, pero eso hubiera sido muy arriesgado, recordemos que era la noche de Halloween.
Cuando la científica recogió como prueba el ticket de compra de la bolsa, la tinta se había borrado impidiendo que pudiera comprobarse el lugar y la fecha en la que se realizó la compra.
Por suerte, hoy en día estos tickets se hacen con papel térmico y se imprimen con una impresora de calor que…
—Mark, al grano —lo apremió Ezra.
—Sí, perdón. El caso es que hemos empleado varios productos químicos que ayudan a velar el papel, pudiendo obtener la fecha en que Elizabeth Rush hizo la compra y, por ende, fue asesinada.
—La fecha, Mark. Nada de pausas melodramáticas.
Mark se volvió a subir las gafas nervioso ante la insistencia de Ezra.