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Sharon se despertó desorientada, sin saber qué día era ni dónde se encontraba. Le costaba ordenar sus pensamientos y desconocía el tiempo que llevaba inconsciente.
La cabeza le caía hacia delante con pesadez. No se veía capaz de levantarla ni un centímetro. Era como si tuviese dormido el cuerpo entero. Le costaba incluso tragar saliva. La primera vez que lo hizo sintió tal pinchazo en la garganta que se le quitaron las ganas de volver a intentarlo.
«¿Qué ha pasado?», se preguntó a la vez que la imagen de una máscara de bebé lamiéndole la cara acudía a su mente.
«¡Me secuestraron!». Sharon notó cómo un escalofrío le recorría la columna vertebral al recordarlo.
Alguien la atacó en su coche y la mantuvo atada y amordazada en una habitación con olor a humedad y madera podrida o, al menos, eso es lo que creía, ya que las imágenes iban y venían como si de una mala pesadilla se tratase.
Intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado como para conseguir mantenerlos abiertos.
«¡Puede que me hayan drogado!», pensó asustada tras pasarse la lengua entre los dientes y no encontrar el tacto áspero de una mordaza que creía llevar puesta. «Un momento, estoy sentada, no estoy tumbada en una cama. ¿Y si lo he soñado todo?».
El silencio que la rodeaba era sepulcral.
Solo se oía el revolotear de un par de moscas y el sonido de queja que emitían sus tripas.
Se preguntó cuándo habría sido la última vez que había comido algo.
«¿Quién sabe?, quizás me ha dado un bajón de tensión.
No sería la primera vez que me ocurre. Me habré sentado en una silla antes de caer redonda al suelo», se dijo a sí misma intentando tranquilizarse.
Poco a poco, fue recuperando la movilidad y la fuerza en sus extremidades. También pudo abrir los ojos lo suficiente como para verse las manos. Para su sorpresa no las llevaba atadas, pero el hecho de tener un revólver en el regazo la hizo estremecerse.
No lo había soñado. El hombre de la máscara podía estar observándola en esos momentos.
Inquieta, comprobó que el parqué que había bajo sus pies pertenecía al dormitorio de su casa.
Reconoció una rayadura que hizo su marido montando un armario tras negarse a que la empresa donde lo compraron se encargara de la instalación.
Decía que podía apañárselas él solito sin tener que pagar un plus a pesar de no haber sido nunca un manitas.
Lejos de sentirse protegida en la seguridad de su propio hogar, Sharon temía haber puesto a su familia en peligro. Si ese hombre seguía allí, suponía una amenaza para sus hijos y eso era algo que no estaba dispuesta a permitir.
Haciendo acopio de un gran esfuerzo, levantó la cabeza hasta conseguir ponerla recta.
Lo que vio hizo que su semblante se ensombreciera en un gesto de verdadero terror.
Los ojos y la boca se le abrieron en su máxima expresión y cualquiera que la hubiese visto en esos momentos habría jurado que gritaba con todas sus fuerzas, cuando en realidad no emitía sonido alguno.
Era como si el mundo se hubiera detenido de golpe, dejando su alma tan vacía como un universo sin estrellas.
Con los ojos anegados de lágrimas y la respiración agitada, Sharon dio la espalda a la horrible escena que tenía delante y se encontró con su propio rostro devolviéndole la mirada.
Llevaba la cara pintada de payaso y un vestido blanco de boda sin mangas.
De un lado a otro del espejo alguien había escrito con sangre la palabra CULPABLE en letras mayúsculas.
Las cabezas de su marido y sus dos hijos colgaban ensangrentadas en la pared que tenía detrás.
En ese preciso instante, algo en su cerebro hizo clic y todos los músculos de su cuerpo se relajaron como si nada de lo ocurrido le importara lo más mínimo.
Tras apartarse un mechón de pelo, observó extrañada el revólver que empuñaba sin ser consciente de cómo había ido a parar a su mano.
Como si supiera de antemano lo que tenía que hacer, colocó el cañón del arma bajo su barbilla sin apartar la vista del espejo y leyó una vez más la palabra que habían escrito en él: CULPABLE.
Sharon cerró los ojos y visualizó a sus hijos jugando sobre la alfombra del salón mientras ella veía la televisión en el sofá abrazada a su marido.
Una lágrima afloró a sus ojos antes de apretar el gatillo y caer al suelo como una marioneta a la que acabaran de cortar las cuerdas.