Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 32
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El club estaba a rebosar de gente y Hannah bailaba semidesnuda mientras un puñado de babosos le metían billetes en la ropa interior a cambio de un primer plano de sus pechos.

Desde el momento en que los ojos de Hannah se cruzaron con los suyos, no dejaron de mirarse la una a la otra durante el resto de la actuación.

Una vez cesó la música, Rebecka la vio desaparecer tras una cortina roja y optó por esperarla en la barra, donde Kia continuaba masticando chicle sin tregua.

—Una Ballast Point.

—¡Vaya, has vuelto! ¿Viste a Charlie?

—No puedo hablar del caso y ahora mismo estoy fuera de servicio, pero localicé la casa sin problemas, así que gracias por tu ayuda. Ahora lo único que me apetece es tomar una cerveza tranquila.

—Curioso lugar para hacerlo, pero si quieres una cerveza tendrá que ser Bud Light, Budweiser, Corona extra, Coors light o...

—Una Bud Light me vale.

—¡Marchando! —Kia abrió una botella y la dejó sobre la barra—. A esta invito yo.

—Gracias.

La primera vez que estuvo allí no había ni una décima parte de las personas que en esos momentos llenaba el club.

Estaba claro que los titulares de los periódicos sensacionalistas habían provocado que la gente acudiera en masa al lugar donde trabajó la Dama Caníbal.

Podían verse desde parejas que entraban por puro morbo y universitarios que aprovechaban la coyuntura para ver a chicas desnudas, hasta personas que simplemente querían entrar al trabajo al día siguiente diciendo «yo estuve allí» a todos sus colegas.

Con la espalda apoyada en la barra y la botella pegada al pecho para dejar pasar a cuatro chavales que reían sin parar, notó de soslayo cómo alguien se acercaba por su izquierda tambaleándose.

—Hola, morena, ¿te apetece pasar un rato divertido?

Rebecka giró la cabeza y vio a un hombre descamisado con la chaqueta al hombro y completamente borracho que la miraba de arriba abajo mientras se rascaba la barriga.

Volviendo de nuevo la vista a la barra, le puso la placa delante de las narices sin mirarlo a la cara, mientras este se perdía entre la muchedumbre con las palmas de las manos hacia arriba a modo de disculpa.

—Espero que no asustes a nuestros clientes, está siendo un buen día —dijo Sugar colocándose a su lado.

—Solo estoy tomando una cerveza.

—Pues guarda esa placa. La próxima vez con un «no», creo que será suficiente.

—Espero que no haya una próxima vez, pero si la hay, probaré con un «no» —dijo levantando la cerveza mientras Sugar regresaba a las escaleras que conducían al despacho de Michael para continuar vigilando el local y sus uñas con las mismas ganas que una vaca espanta treinta moscas con el rabo.

—¿Me invitas a una? —preguntó Hannah susurrándole al oído.

—Prefiero que bebas de la mía, así nos iremos antes.

—¡Vaya!, ¿me estás proponiendo una cita?

—Perdona por presentarme así, sin avisarte. Ha sido un impulso. Si no te pillo bien, lo entiendo.

—La verdad es que no tengo otro plan, puede ser divertido. Además, me gusta la gente impulsiva.

Rebecka sonrió y le ofreció a Hannah la cerveza.

—Te mueves bien. Ha habido un momento en el que parecía que estabas bailando solo para mí.

—Ver tu cara entre esa gente es lo mejor que podía haberme pasado. De todas formas, no hace falta que mientas, he intentado hacerlo lo peor posible para que no vuelvan a contar conmigo.

—Pues a mí me ha gustado.

—Me alegro, aun así, espero no tener que volver a hacerlo o acabaré dejando este trabajo antes de lo que pensaba. Soy camarera, no un trozo de carne.

—Si no estás a gusto, ¿por qué cogiste este trabajo?

—Porque, a pesar de que no pagan bien, al menos pagan y, mientras no salga otra cosa, tendré que conformarme con esto —dijo Hannah abriendo los brazos con cara de resignación.

—Y bien, ¿dónde te apetece que vayamos?

—¿Qué te parece si nos acercamos al House of Blues? A estas horas suele haber actuaciones en directo.

—Me parece perfecto.

Rebecka apuró la cerveza y salió del club junto a Hannah pensando en el giro que había tomado el día en cuestión de horas.

Había pasado de estar a punto de morir chamuscada en casa de Mia Tyson a pasar la noche con alguien a quien apenas conocía y de quien no sabía ni el apellido.

Pero como decía su madre, jamás se desvía uno tan lejos como cuando cree conocer el camino, y eso era precisamente lo excitante de aquella noche, no sabía cómo ni dónde la terminaría, pero, si de algo estaba segura, era de con quién quería estar.

Tras cenar salmón ennegrecido y tomar unos margaritas mientras veían la actuación de un grupo de rock llamado The Airborne Toxic Event, Rebecka invitó a Hannah a su casa en donde pudieron conocerse íntimamente entre las sábanas de una cama que hacía mucho tiempo que no compartía.

Desde que salieron del club no habían parado de hablar y reír como si se conocieran de toda la vida. Ahora, en la oscuridad de la habitación, miraban al techo tumbadas una al lado de la otra, sumidas en un agradable silencio con olor a sexo y libres de tensiones.

—Ligarás mucho siendo policía.

—¿Eso es lo que crees? Para serte sincera, no.

—Pues a mí me da morbo estar con una agente de la ley, además guapa, con esas facciones tan bonitas que tienes —dijo acariciándole la cara—. ¿De dónde eres?, espera, no me lo digas. Pennino suena a… ¿italiano?

—No, frío frío. Soy de Nashville.

—Nashville, ¿eh?, la ciudad de la música.

—De todas formas, no ibas desencaminada.

Mi madre sí que es italiana, concretamente de San Feliciano, un municipio de Magione en Perugia.

Recuerdo ir en verano con ella y cruzar en ferry desde San Feliciano hasta Isola Polvese para bañarnos en sus playas.

Es la más grande de tres islas en el lago Trasimeno.

Una preciosidad de lugar con olor a salvia y a lavanda.

—Suena bien, tendrás que llevarme algún día.

—Es una zona verde y tranquila. San Feliciano tiene alrededor de seiscientos habitantes.

—Y tu padre, ¿también es de allí?

—No, mi padre es croata, pero se conocieron en Francia. Él iba allí por viaje de negocios y mi madre veraneaba en Marsella. Mi padre nos abandonó cuando yo apenas tenía dos años, así que me crie con mi madre y terminé llevando su apellido.

Rebecka respiró hondo. Los recuerdos invadieron su mente transportándola a una época con episodios felices junto a su madre, pero también a etapas bastante complicadas y oscuras que transcurrieron desde su infancia hasta su adolescencia.

Se apartó con el dorso de la mano una lágrima que resbalaba por su mejilla.

Al verlo, Hannah apoyó la cabeza en su hombro y se la quedó mirando.

—¿Lo echas de menos? —preguntó mientras le pasaba el brazo por la cintura.

—¿A mi padre?, ya no. Eché en falta una figura paterna cuando era pequeña y los otros niños se burlaban de mí llamándome gorda, foca y cosas por el estilo.

Con seis o siete años ya tenía la sensación de no encajar en ninguna parte y en el colegio me sentía inferior al resto porque solían dejarme de lado en las actividades que se llevaban a cabo.

Incluso las niñas del barrio me insultaban cuando pasaba a su lado y no me dejaban entrar en ciertas zonas de la calle donde acostumbraban a jugar.

Una vez quise subirme en uno de los columpios del parque, pero los niños me escupieron antes de poder hacerlo mientras ellas reían.

«Cosas de críos» decían que era. Cuando llegaba a casa, dibujaba en mi rostro la mejor de las sonrisas y le decía a mi madre que había tenido un buen día.

Todo cambió en el momento en que me sorprendió intentando ahorcarme en la buhardilla.

Por suerte llegó a tiempo. Si hubiera aparecido unos segundos más tarde...

—dijo sin terminar la frase—. Al día siguiente, le conté todo lo que me pasaba y cómo me sentía y, al cabo de un mes, nos mudamos a Texas donde finalmente pude terminar los estudios e ir a la universidad.

También tuve mis primeras amigas y me apunté a kick boxing .

La verdad, no sé por qué te cuento todo esto.

—Supongo que te hacía falta, has tenido que sufrir mucho. ¿Y se puede saber cómo terminaste siendo la detective más guapa de Houston? —preguntó Hannah haciéndola sonreír.

—Pensé que, de una manera u otra, podría aportar mi granito de arena para vivir en un mundo mejor, aunque solo fuera poniendo parches. Además, de vez en cuando, conozco a alguien interesante a quien llevarme a la cama —dijo tocándole a Hannah cariñosamente la nariz.

—Lástima, tenía la esperanza de ser la primera.

Tras unos minutos en los que el silencio pidió la palabra y donde las manos acariciaban terrenos aún por descubrir, Hannah acercó su rostro al de Rebecka sin que esta se diera cuenta y le sopló en la cara.

—¿Qué haces?

—Comprobar que sigues ahí y esto no es un sueño.

Rebecka sonrió. Se encontraba cómoda y le gustaba la complicidad que habían conseguido en tan poco tiempo.

—Por cierto, no me has contado nada de tu visita a ese tal Charlie.

—Ya te he dicho que no puedo. Verás mañana —dijo resoplando tras mirar el reloj de la mesilla— tengo una reunión a primera hora y ya son las tres de la madrugada.

—Solo dime si es tan raro como lo pintan.

—Sí, bastante.

—Dicen que se viste de bebé, ¿es eso cierto?

—Eso parece. No soy psicóloga, pero puede tener infantilismo parafílico y problemas de autoestima, además de ser un depravado al que le sobra el dinero. Ese tipo de personas me dan asco. Le ponen precio a todo con tal de satisfacer sus deseos más perversos y oscuros. Incluso a las personas.

—Pues a mí me da pena, en el fondo es un hombre extremadamente pobre.

—¿Pobre?, ¿por qué lo dices? —preguntó extrañada.

—Porque solo tiene dinero.

Rebecka la miró y acarició su pelo rizado con ternura. Detrás de aquella cara pecosa e inocente, había una mujer lista, segura de sí misma y con las ideas muy claras.

Cuando se quiso dar cuenta, Hannah se encontraba sobre ella besándole el cuello y acariciando sus pechos con una mano mientras que, con la otra, se tocaba el bajo vientre.

En ese punto, Rebecka apartó todo tipo de pensamientos y decidió entregar su intimidad una vez más deseando que ese momento no acabara nunca.