Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 31
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Como aún quedaba media hora para que La Dama de las Tentaciones abriera sus puertas, Rebecka decidió entrar y así obtener la atención que necesitaba.

Lo primero que hizo fue buscar con la mirada a Hannah, la morena de pelo rizado que intentó flirtear con ella el día anterior.

En su lugar había una chica de extrema delgadez que vestía unos shorts vaqueros desgastados y un top sin tirantes negro.

Masticaba chicle sin parar y de vez en cuando hacía un globo que le explotaba en la cara y volvía a meterse hábilmente en la boca con la lengua.

Al otro lado del mostrador se encontraba Sugar, sentada en un taburete con sus largas piernas cruzadas y las manos sobre el regazo.

Iba descalza y con un vestido de estampado de leopardo ajustado y sin espalda.

El resto del local estaba vacío.

La mujer que masticaba chicle la miró como vacas viendo pasar el tren.

—Está cerrado, no abrimos hasta las siete.

—Espera, Kia, es la detective de la que te he hablado antes.

—Vaya, es guapa, ¿eh?

Sugar se encogió de hombros restando importancia al comentario.

—Hola, venía para ver si podíais facilitarme la dirección de ese tal Charlie que comentamos ayer.

—Ella te dirá lo que necesitas —dijo Sugar señalando a Kia.

—Solo he estado un par de veces con él. Debe tener mucha pasta para poder mantener esa casa. Tiene piscina y todo.

—¿Sabrías decirme dónde se encuentra?

—No exactamente, pero sé que está por la zona norte del Memorial Park y que al lado hay un enorme edificio repleto de todo tipo de árboles.

—El Houston Design Center —afirmó Rebecka.

—Si tú lo dices. En la entrada hay dos enormes leones de piedra, uno a cada lado de las escaleras.

—Eso me ayudará a localizarlo, gracias. ¿Alguna vez os ha obligado a hacer algo que no queríais o se ha comportado de manera agresiva?

—Nunca, es como un niño —contestó Kia sonriendo con desgana—. ¿Vais a detenerlo?, ¿es sospechoso de algo?

—Como no sea de mearse en los pañales —comentó Sugar mirándose las uñas que en esta ocasión las llevaba pintadas de negro.

—Fue la última persona que vio a Mia con vida. Solo quiero hacerle unas preguntas rutinarias. ¿Cuál es el procedimiento que emplea para llevaros a su casa?

—A mí me abordó un día saliendo de trabajar y me ofreció doscientos pavos por pasar un rato con él.

Al principio le dije que no, pero cuando subió a trescientos acepté.

Me llevó en su coche y recuerdo que no cruzamos una sola palabra en todo el trayecto.

De vez en cuando lo pillaba mirándome por el retrovisor y apartaba la vista, ruborizado.

Lo más surrealista de la noche fue cuando desapareció por una de las habitaciones de su mansión y regresó al cabo de un rato andando a gatas y en pañales.

Más tarde me pidió que le azotase en el culo y pensé que a cualquiera que se lo contara no me iba a creer.

La segunda vez que me lo propuso fui sin pestañear.

—¿Qué aspecto tiene?

—Tiene el pelo canoso y muy corto, casi al rape. Es gordito, con cara de no haber roto un plato y viste un traje negro y camisa blanca, al menos las dos veces que ha estado conmigo.

—Gracias, con esto creo que tengo suficiente. —Rebecka se dirigió a la salida, pero se detuvo antes de abandonar el local—. Una cosa más, ¿hoy no trabaja la camarera de anoche?

—¿Hannah? Sí, cariño, pero Luma, una de las bailarinas, se ha puesto enferma y le va a tocar estrenarse en el escenario. Puedes pasarte luego a verla, si quieres. Tiene el turno de las nueve —dijo Sugar guiñando un ojo.

Rebecka salió del local pensando en Hannah. Esa mujer había despertado algo en ella que llevaba mucho tiempo hibernando. Tras mirar el reloj, decidió hacerle una visita a Charlie. Con un poco de suerte, le daría tiempo a estar de vuelta en un par de horas y poder ver su actuación.

River Oaks era una zona residencial de Texas con casas palaciegas que albergaba toda una zona de recreo para los más acaudalados.

En los alrededores podías encontrarte el River Oaks Shopping Center, conocido por sus tiendas exclusivas y restaurantes internacionales eclécticos, el Rienzi, la opulenta sede del Museum of Fine Arts donde se exponían cuadros, miniaturas y cerámica de Europa o el River Oaks Theatre de estilo art déco , donde se proyectaban películas independientes y extranjeras.

Recordaba haberlo visitado el año anterior para ver Nadie muere en Longyearbyen , un documental de diez minutos donde el cineasta indagaba el motivo por el que en aquel recóndito lugar de Noruega no enterraban a sus muertos.

Contaban que en Longyearbyen estaba prohibido morir desde 1950, año en el que sus ciudadanos descubrieron que los cuerpos allí enterrados, muchos de ellos fallecidos a causa del virus de la gripe influenza, no se descomponían en el cementerio debido a su clima tan extremo.

Los residentes, sin ser conscientes de ello, habían convivido con ese virus mortal durante décadas y ahora la ley obligaba a emigrar a todo aquel que estuviese en las últimas, para no morir allí.

Tras echar un vistazo por los alrededores, subió las escaleras flanqueadas por los dos leones de piedra del lujoso complejo en el que vivía Charlie, o más bien un tal Richard Baker según constaba en el Registro de la Propiedad.

Rebecka llamó al timbre y sonó un ding dong apenas audible al otro lado de la puerta.

Al no obtener respuesta, lo intentó en una segunda ocasión con idéntico resultado.

Cansada y pensando que había hecho el viaje en balde, atravesó un frondoso jardín y se acercó a un gran ventanal que había en la parte baja del edificio para comprobar si podía ver algo desde allí.

Cuando colocó las manos alrededor de los ojos y se aproximó al cristal para escrutar el interior, le pareció oír algo a su espalda.

Rebecka dio un giro de ciento ochenta grados, pero allí no había nadie.

—¿Busca a alguien? —escuchó con más claridad.

Miró hacia arriba buscando la procedencia de la voz y vio el rostro de un hombre de piel rosada y con el pelo corto y canoso asomado en uno de los balcones de piedra.

—Buenos días, estoy buscando a Richard Baker, ¿es usted?

—¿Quién lo pregunta? —Quiso saber el hombre con timidez.

—Rebecka Pennino, detective del Departamento de Policía de Houston.

—Lo siento, me pilla en un mal momento, detective —contestó con una sonrisa amable.

—¿Le importaría bajar un momento, por favor? —El hombre encajaba con la descripción que le habían dado.

—No puedo. Tengo cosas que hacer.

—¿Es el propietario de esta casa?

—Sí.

—En tal caso será mejor que baje.

—¿Qué pasa si no lo hago? —contestó como si fuera un niño temeroso de recibir una reprimenda.

—Estamos investigando la muerte de una mujer y nos han dicho que en esta casa vive la última persona que la vio con vida, así que, como comprenderá, no pienso irme de aquí sin hablar con usted.

—¿Y cómo se llama esa mujer? —preguntó Richard reticente.

—Mia Tyson.

—No conozco a nadie con ese nombre.

—Como no baje aquí ahora mismo pediré una orden de registro y le aseguro que pondremos su casa patas arriba. Me ocuparé personalmente de ello.

Pocas veces la sacaban de quicio, pero aquel hombre la estaba llevando al límite de su paciencia.

—Bajo, un segundo.

Rebecka estiró los brazos con las manos entrelazadas y echó el cuello hacia atrás en un intento por calmarse.

Al ver que el hombre tardaba en bajar, volvió a llamar al timbre una vez más y escuchó cómo corrían dos pestillos desde el interior y abrían parcialmente la puerta.

Por la abertura asomó con timidez la misma persona de piel rosada y pelo canoso que había desaparecido por el balcón de piedra hacía un momento.

—¿Le importaría abrir más la puerta? —preguntó con cierto deje de impaciencia en su voz.

El hombre obedeció y retrocedió dos pasos con la cabeza gacha.

Sin esperar a que le diera permiso, entró en el pulcro y sofisticado recibidor de techo alto que se abría frente a ella, decorado con un par de muebles, varios cuadros en blanco y negro de figuras abstractas y un piano de cola blanco junto a una planta rarísima que no pudo identificar.

—¿Podemos hablar dentro?

El hombre tenía unos ojos pequeños como canicas que movía de un lado a otro.

—Aquí estamos bien —contestó cerrando la puerta.

—Como quiera, ¿es usted Richard Baker, el propietario de esta vivienda?

—Sí.

—¿Vive solo?

—Sí.

—¿Qué hizo el viernes quince de noviembre?

Richard levantó levemente la cabeza para poder mirarla. No debía medir más de metro sesenta frente al metro setenta y dos de ella.

—Han pasado varios días, tendría que pensar. ¿Por qué lo pregunta?

—Conteste.

—No lo sé, supongo que me pasé todo el día en casa.

—¿Puede demostrarlo?

—¿Soy sos… sospechoso de… de algo? —dijo tartamudeando.

—¿Tiene familiares, vecinos o algún amigo que pueda corroborar que estuvo el día 15 de noviembre en su casa?

—No.

—De acuerdo, dígame si conoce a esta persona —dijo mostrándole una fotografía de Mia Tyson.

—No sé quién es.

—No me mienta, Richard.

—Le digo que no me suena.

—Hay testigos que lo vieron irse de un club hará dos semanas con esta mujer. Será mejor que diga la verdad o podría meterse en problemas. Se lo voy a repetir de nuevo, ¿conoce a esta persona?

—No…

—Mire la fotografía —insistió Rebecka.

—Puede que haya estado con una mujer que se le pareciese —acabó reconociendo.

—Bien, ¿podría decirme a qué hora se vieron y dónde?

—En los exteriores de un club nocturno. Serían las once de la noche. Le pregunté si quería pasar un rato conmigo y aceptó, ¿qué tiene eso de malo?

—¿Le dio su verdadero nombre?

—No.

—¿Cómo dijo que se llamaba?

—Charlie.

—¿Por qué?

—Me gusta ese nombre, era como me solía llamar de pequeño mi madre.

—¿Qué hicieron después?

—Vinimos aquí y charlamos.

—¿Charlaron?

—Eso he dicho.

—¿Qué más?

Richard se secó una gota de sudor que le caía por la frente.

—Jugamos un poco, ya me entiende.

—No, Richard, no le entiendo. Explíquese.

—Estuvimos en la habitación de arriba y jugamos a mamás y a papás. Me pegaba por no hacer bien las cosas —dijo bajando la voz.

—¿Considera que es una mala persona?, ¿necesita que lo castiguen?

—No. Es una fantasía que tengo, pero yo no he hecho nada malo. Ni siquiera la toqué.

—¿Podría enseñarme la habitación donde estuvieron?

Richard titubeó, pero finalmente la condujo por unas escaleras hasta el piso superior.

Una vez arriba entraron en un dormitorio con una enorme cama en el centro de la habitación y un espejo que cubría el techo por completo.

En otra situación podría haberle resultado excitante, pero en ese momento la casa de ese hombre lo único que le provocaba eran náuseas.

—¿Qué hicieron?

—¿Es necesario?

—Sí —afirmó Rebecka tajante.

Richard bajó otra vez la mirada al suelo.

—Me tumbé sobre ella en la cama y me azotó.

—¿Tuvieron sexo?

—No.

—¿Se besaron? —Richard Baker negó con la cabeza—. ¿Qué pasó después?

—Le pagué bien por el tiempo que pasó conmigo y luego se marchó.

—¿A qué hora?

—No lo sé con certeza, ¿la una y media de la madrugada?

—¿Hacia dónde se fue?

—No lo sé.

—¿Le dijo algo durante el tiempo que estuvieron juntos que considere relevante?

—No. En realidad, apenas hablamos.

—¿No había dicho que charlaron antes de subir aquí?

—Sí. Bueno, no. Solo cruzamos un par de frases sin trascendencia.

—Eso no es charlar.

—De acuerdo, no charlamos.

—¿Hace mucho esto con otras mujeres? ¿Las trae aquí para satisfacer sus fantasías y luego les paga?

—Solo a veces —contestó mientras aparecía una mancha en sus pantalones.

—Por Dios, ¿se ha meado?

—Lo siento. Ha sido sin querer.

Rebecka no aguantaba un minuto más con aquel hombre. Le resultaba repugnante y patético.

—De momento no tengo más preguntas, señor Baker, pero le aconsejo que por ahora no salga de la ciudad. Podríamos necesitar hablar de nuevo con usted.

Richard asintió sin apartar la mirada del suelo. Rebecka pensó que disfrutaba sintiéndose sumiso frente una mujer.

—No hace falta que me acompañe a la salida —dijo deseando salir de allí cuanto antes.