30
El jefe de policía Ezra Miller salió del coche patrulla ante la casa calcinada y recién sofocada por los bomberos. Rebecka estaba sentada en un bordillo con aire pensativo enfrente de la vivienda. Sostenía un botellín de agua entre las manos mientras miraba el siniestro que casi acaba con su vida.
—No os bastaba con saltaros la orden, sino que también habéis conseguido que la casa acabe en siniestro total.
Rebecka notó a Ezra entre preocupado y cabreado. No era muy habitual verlo fuera de su despacho.
—¿Qué diablos ha pasado? —preguntó sentándose a su lado.
—Ha sido todo muy rápido. Cuando nos quisimos dar cuenta, la casa estaba en llamas —dijo percibiendo por el rabillo del ojo cómo la observaba.
Siempre le había dado la impresión de que Ezra era del tipo de personas que cuentan hasta diez antes de hablar. Supuso que el hecho de tener que dar la cara tantas veces ante los medios de comunicación le obligaba a comportarse así.
—¡Qué desastre! —dijo al fin con un suspiro—. Me alegra ver que al menos sigas de una pieza, ¿se puede saber dónde demonios está Harppo?
—¿Harppo? —repitió Rebecka enarcando las cejas.
—Sí, esa persona que iba a llamarme para ponerme al día con el caso y a la que todavía no he escuchado decir una sola palabra.
Rebecka señaló la ambulancia que había al otro lado de la calle y Ezra se dirigió hacia allí tras tocar su hombro de modo afectuoso.
El jefe de policía miró a Kilyan con gesto serio.
Tenía el brazo derecho en cabestrillo y la vista en el suelo como si fuera un soldado de guerra que acabara de presenciar cómo su pelotón caía en combate.
Un sanitario retiraba el estetoscopio de su pecho y le pedía reposo mientras salía de la ambulancia.
—Ya sabe, si nota sibilancia o dificultad para respirar acuda de inmediato al hospital más cercano.
—Es duro, no se preocupe —dijo Ezra restando importancia al comentario ante la severa mirada del sanitario.
—Qué ha ocurrido, ¿te saltaste el curso de aterrizaje? Que sepas que sigo esperando tu llamada —comentó molesto, consciente de que el desenlace podía haber sido aún peor.
—Estoy bien jefe, gracias.
—No me jodas, Kil, ¡ya veo que estás bien!, pero tenías que haberme avisado de que veníais o al menos haber esperado a recibir la puta orden que por suerte ya tengo en mi poder, porque de lo contrario estarías metido en un buen lío.
Los dos se quedaron callados viendo cómo el humo ascendía hasta fundirse con el cielo como el mar lo hace con el horizonte.
—¿Has leído la prensa?
—No, pero me lo ha contado Rebecka. La dama caníbal...
—Me presionan mucho, Kil, necesito que me tengas al día.
—Sí, jefe.
—¿Se puede saber qué diablos ha pasado ahí dentro?
—Estábamos registrando la casa y de buenas a primeras el edificio se encontraba en llamas. Olía mucho a gasolina, alguien tuvo que provocar el incendio.
—¿No visteis a nadie?
—No, pero mira lo que encontré. —Kilyan entregó a Ezra la fotografía que guardaba en la cazadora donde aparecían Mia Tyson y Bud Delaney subidos en una moto.
—Vale, esto demuestra que tuvieron una relación. ¿Qué más tenemos?
—Esta mañana interrogué a la hermana. Me contó que llevaba años sin tener contacto con Mia, pero me da la sensación de que calla más de lo que cuenta.
—¿Crees que ha podido tener algo que ver con el incendio?
—No lo sé, pero bajo esos escombros tiene que haber algo que no querían que encontrásemos. Alguien ha estado siguiendo nuestros pasos.
—Mierda, este asunto cada vez me gusta menos.
Ezra sacó una pitillera metálica con el escudo de la Policía de Houston grabado en ella, cogió un cigarrillo y se lo puso entre los labios.
—Mira, ahí viene Penni. Te quejarás de compañera, ¿eh? —dijo mientras encendía el pitillo. Kilyan no supo cómo interpretarlo.
—Es una buena detective —terminó diciendo.
—Bueno, tengo que irme, a ver qué cuento yo ahora a la prensa.
Como la próxima vez no me llaméis para informarme del caso o volváis a tener la tentación de saltaros las normas, os juro que pediré una orden de busca y captura y os dedicaréis el resto de vuestros días a patrullar las calles, ¿estamos?
—Sí, jefe.
—Y mañana a primera hora os quiero a los dos en mi despacho.
Ezra se marchó saludando a Rebecka con un movimiento de cabeza.
—¿Es cierto lo que he escuchado?
—No nos va a poner a patrullar...
—Así que soy buena detective, ¿eh?
Kilyan suspiró mirando al cielo.
—Por cierto, si vuelve a llamarme Penni le daré razones suficientes para que me ponga a patrullar las calles —dijo con los ojos entrecerrados provocando que los labios de Kilyan se torcieran formando una sonrisa.
Comenzaba a anochecer y los bomberos habían dejado paso a los técnicos especializados para que evaluaran el estado del edificio y así comprobar si la estructura había sido afectada por el incendio.
Varias personas se habían acercado al lugar para fotografiar la escena al otro lado del cordón policial mientras un helicóptero de la prensa sobrevolaba la casa de Mia Tyson como ave de rapiña.
A pocos metros de donde se encontraban, un puñado de periodistas asediaban el coche de Ezra, quien intentaba abandonar el lugar sin cometer ningún atropello.
—No sé cómo, pero sabían que estábamos ahí dentro —dijo Rebecka tras un largo silencio.
—Es posible que nos hayan seguido.
—O simplemente nos estaban esperando. Pensé que había llegado nuestra hora, Kil.
Se miraron a los ojos durante un breve instante.
—¿Vas a ir al club? —preguntó Kilyan queriendo cambiar de tema.
—Creo que sí, me encuentro bien.
—A mí me han recomendado reposo, así que iré a casa y echaré otro vistazo a los informes. Ten mucho cuidado.
—Perdón, ¿quiere que lo lleve a algún sitio?
—No se moleste, va conmigo —respondió Rebeka al sanitario que subía a la ambulancia.
—Como quieran. Nosotros marchamos ya.
—Bueno, Kil, si te parece vamos en tu coche, pero conduzco yo. Levanta los dos brazos si tienes algo que objetar.
—Muy graciosa —dijo echando su indomable pelo castaño hacia atrás con la mano sana.
Desde el momento en que Rebecka arrancó el coche hasta que llegaron a casa de Kilyan, ninguno de los dos dijo una sola palabra.