Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 29
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Le relajaba observar cómo el resplandor del fuego iluminaba las calles en pleno anochecer, entre sirenas de bomberos, ambulancias y policía.

Hasta el momento no podía quejarse de cómo iban saliendo las cosas, pero en su fuero interno sabía que, a pesar del tiempo y los esfuerzos que había dedicado a planearlo todo, su castillo de naipes podía desmoronarse de un momento a otro.

Un detalle insignificante o un simple imprevisto bastaría para que todo se fuera al garete en un abrir y cerrar de ojos.

Esa tarde, por ejemplo, había estado a punto de cometer un error de cálculo al dar por supuesto que la policía no obtendría una orden de registro tan pronto.

Aquellos detectives estuvieron muy cerca de joderlo todo.

Suerte que la aplicación del móvil le avisó de la intrusión con un fuerte sonido que se desvanecía y aumentaba repetidamente como una alarma de emergencia.

Tras cruzar el bosque y entrar en la cabaña, se apoyó en el marco de la puerta y observó cómo su primer y único amor en la vida desfallecía agotada en la cama.

A pesar de tener el maquillaje corrido, Sharon seguía pareciéndole la mujer más bella que jamás había visto.

Ya no peleaba por soltarse de las correas y también había dejado de lloriquear.

Le vino a la cabeza cuando esa mañana la tuvo que desnudar para ponerle el vestido de novia.

Le entraron ganas de quitarse la ropa a él también y penetrarla salvajemente mientras le apretaba fuertemente los senos como si fueran pequeños balones de gomaespuma.

Después le hubiera lamido la cara, maquillaje incluido, y le habría tirado del vello púbico mientras se corría en su interior.

Tuvo una erección solo de pensarlo y se pellizcó el brazo tres veces seguidas consciente de que debía ahogar todas esas fantasías y controlar sus impulsos si quería que todo saliera bien.

—Nunca debiste seguir al rebaño —susurró antes de ir al cuarto contiguo para coger una jeringa del estuche negro que guardaba en lo alto de un armario.

Cuando regresó a la habitación, se acercó a Sharon y lamió su rostro una vez más sacando la lengua por la pequeña abertura que tenía la máscara a la altura de la boca. En ese instante, vio cómo poco a poco abría los ojos con el pánico reflejado en ellos.

—Elegiste ser un bufón, es una pena. Yo te habría hecho muy feliz. De todas formas, a pesar de no haber estado a la altura, quiero que sepas que he empleado mucho tiempo en ti. Más que en el resto.

Sharon miraba horrorizada cómo le ponía la inyección. A medida que su cuerpo se relajaba, aquella máscara de bebé con capucha negra se volvía cada vez más borrosa.

—Dulces sueños, princesa.

Un minuto después, Sharon Fisher dormía.

En menos de dos horas, desearía no haber despertado jamás.