28
Mia Tyson vivía en un edificio antiguo y sin reformar de dos pisos.
En el trayecto, Kilyan y Rebecka habían comentado los titulares con los que la prensa había bautizado las muertes del sótano de la nave industrial y él la había puesto al día con los pormenores de su reciente visita a Nataly Tyson.
Ambos habían llegado a la conclusión de que, si algo escondía la hermana de Mia, debía encontrarse oculto en aquella casa.
Tras forzar la cerradura de la entrada, se repartieron las zonas a registrar quedando la planta baja para él y la superior para ella.
Rebecka comenzó por uno de los dormitorios y Kilyan se quedó en el salón pensando en lo diferentes que podían llegar a ser Mia y Nataly a pesar de lo mucho en que se parecían.
Dos hermanas que habían compartido tanto, incluso antes de nacer, pero que decidieron tomar caminos diferentes en la vida provocando que ese vínculo tan fuerte que existía entre ellas desapareciera por completo con el paso del tiempo.
El desorden y el abandono en el que se encontraba el salón era monumental y parecía ser la tónica del resto de la casa.
En un sofá de tres plazas negro descansaba parte del vestuario propio de una mujer que trabaja en el ocio nocturno.
Vestidos de encaje, lencería, tops cortos, varios pares de zapatos de tacón alto y minifaldas de cuero estaban tirados sin orden ni concierto como en las primeras horas de un día de rebajas en los almacenes de Katy Mills.
Parecía ser el primer lugar al que la estríper acudía después de una intensa jornada en La Dama de las Tentaciones.
Sobre una alfombra multicolor de pelo con diversas manchas indescifrables, había tres mesas cuadradas blancas de Ikea repletas de botellas vacías de cerveza y whisky barato. Era evidente que Mia continuaba teniendo un problema con la bebida y posiblemente no fuera el único.
Al fondo del salón, bajo un retrato de ella misma pintado en acuarela, había un aparador de madera negro con un pequeño televisor antiguo con antena junto a varios libros y figuritas de porcelana.
Le llamó la atención comprobar que, sobre el televisor, Mia conservaba la misma fotografía que había visto en casa de su hermana, solo que en esta ocasión habían recortado la parte en donde aparecía Nataly, quedando Mia y su sobrino sonriendo a la cámara.
La parte inferior del aparador tenía dos cajones.
En uno de ellos encontró las escrituras de la vivienda y varios manuales de los electrodomésticos de la casa.
En el otro cajón había un álbum de fotografías, una bolsa generosa de marihuana y una carpeta donde habían escrito «Cosas de Mia» con rotulador negro en la portada.
Kilyan cogió la carpeta y el álbum y los dejó encima del sofá.
—Kil, en uno de los dormitorios estaba la cama desecha y había un vaso volcado sobre la mesita de noche —dijo Rebecka irrumpiendo en la sala—. Por el caos que se respira, o han puesto la habitación patas arriba buscando algo o Mia no era muy organizada que se dijera.
—Apuesto por lo segundo.
—Había una botella de whisky al pie de la cama y pastillas para dormir en el cajón de la mesita. También he encontrado una agenda de teléfonos que podría resultar interesante junto a un cenicero lleno de colillas —dijo mostrándole a Kilyan una pequeña libreta negra.
—Puedes ponerla junto al álbum de fotos y la carpeta que hay sobre el sofá. Como verás, aquí abajo también gobierna la anarquía. Hay alcohol por todas partes y he encontrado una bolsa con suficiente marihuana como para dormir a un elefante.
—¿Alguna botella de absenta?
—De momento, no.
—Está bien, voy a echar un vistazo en el otro dormitorio.
—Vale.
—Espero que haya merecido la pena. A Ezra no va a hacerle ninguna gracia que hayamos entrado sin la orden de registro.
Rebecka se perdió escaleras arriba y Kilyan se quedó pensando en la vida tan caótica y autodestructiva que había tenido Mia Tyson.
En el tiempo que llevaba dentro del cuerpo de Policía había tratado con varias víctimas que se encontraban en la misma espiral de drogas, alcohol y favores que Mia.
Sin embargo, ellas aparecían muertas por sobredosis o ajuste de cuentas.
Una vez revisado el aparador de arriba a abajo, se agachó para mirar por el hueco que quedaba entre la base del mueble y el suelo.
Varios años atrás, en el curso de una investigación en Magnolia Park, encontró el arma del crimen debajo de un armario ropero tras poner la casa patas arriba y, desde entonces, no había dejado de mirar en ese lugar.
Por desgracia, en esta ocasión, solo encontró restos de comida, polvo y pelusas.
Kilyan se sentó en el sofá para echar un vistazo al álbum de fotografías.
Las primeras eran de una Mia pequeña, alegre y sonriente.
En ellas se la podía ver tumbada en la playa, subida a un velero o en los jardines de Bayou Bend junto a su hermana y una señora que supuso que sería la madre.
En otras aparecía jugando en un jardín con un hula hoop, abrazada a Nataly con idénticos vestidos frente a la famosa fuente de Waterwall Park o poniendo cara de no querer salir en la fotografía con un mohín en los labios y de brazos cruzados.
Como le había comentado Nataly, comprobó que en aquella época ella y su hermana eran como dos gotas de agua, pero según pasaba las páginas del álbum, Mia lucía cada vez vestidos más provocativos y una actitud desafiante ante la cámara.
En una de las fotografías mostraba el dedo corazón mientras lo soplaba con los labios pintados de un rojo intenso como si estuviese apagando una vela. En otra solo se apreciaba parte de su rostro iluminado por la débil luz de un mechero.
Ya no se veía a Nataly por ningún lado.
En las últimas páginas del álbum aparecía cada vez más delgada, con los hombros caídos y sin el brillo en la mirada de las primeras imágenes.
En una de ellas se la podía ver en el club junto a Michael Foster y varias chicas en ropa interior.
Otra instantánea mostraba a Mia ocultando sus senos con un brazo e intentando tapar la cámara con la mano mientras sonreía.
Al pasar la página, se fijó en que esa fotografía estaba algo abombada y decidió sacarla del plástico que la protegía.
Debajo había otra fotografía. Al darle la vuelta sintió cómo le subía la adrenalina.
Mia Tyson aparecía subida en una moto con el casco en el regazo y un cigarrillo en los labios.
Delante de ella, con una chupa de cuero y gafas de sol, Bud Delaney hacía el gesto de disparar a la cámara con la mano, sonriendo de medio lado y con el ceño fruncido.
Debían contar con poco más de veinte años, pero Bud tenía la misma apariencia que en las fotografías del informe, solo que con unos kilos menos y sin asomo de canas.
Kilyan la guardó en la cazadora y terminó de revisar el álbum.
Como no hubo ninguna fotografía más que llamara su atención, volvió a dejarlo en el sofá y cogió la carpeta que rezaba «Cosas de Mia».
En ella había facturas de electricidad y agua con importes bastante bajos incluso para un hogar donde solo vivía una persona.
Estaba claro que de puertas para adentro Mia no hacía mucha vida.
—Kil, la otra habitación parece de un adolescente. Hay un par de pósteres de grupos musicales y otro de la película Reservoir Dogs —comentó Rebecka sin que Kilyan la viera entrar.
—Como sigas haciendo este tipo de apariciones vas a conseguir que me dé un infarto.
—Perdona, la próxima vez me pondré un cencerro —dijo poniendo cara de circunstancias—. También había una videoconsola, varios cds de música y algún que otro juego como el Tabú o el Scattergories.
—No nos consta que Mia tuviera hijos.
—No.
—Ven un momento y mira esto. —Kilyan le pasó la fotografía que se había guardado en la cazadora.
—Joder, ¿este no es el motero?
—Exacto.
—Tenemos que averiguar qué tipo de relación tuvieron y por cuánto tiempo.
Kilyan asintió.
—¿Has terminado con el dormitorio?
—Sí. De todas formas, sería conveniente que viniera un equipo de la científica, la casa está hecha un desastre. Por cierto, ¿qué estabas mirando?
—Una carpeta que he encontrado en ese aparador que hay detrás de ti.
—¡Una Emerson de los años sesenta! —exclamó Rebecka al ver el antiguo aparato—. En mi casa teníamos una igual cuando yo era pequeña, ¡qué pasada!
En ese momento Kilyan se quedó paralizado.
—¿Qué pasa?
—¿No hueles eso?
Rebecka reconoció al momento el olor a humo y gasolina que comenzaba a entrar por sus fosas nasales y desvió la mirada hacia la ventana. Kilyan percibió el miedo en sus ojos.
—Joder, Kil, ahí afuera hay fuego, ¡están quemando la casa! —gritó poco antes de que el cristal estallara en mil pedazos.
El fuego se deslizaba por el edificio como una ola en la playa cuando regresa al mar arrastrando todo lo que encuentra a su paso.
—¿Estás bien? —preguntó Kilyan mientras las llamas se extendían a toda velocidad primero por las cortinas, después por la alfombra y finalmente por los muebles y el sofá.
—¿Qué ha ocurrido?
—Levántate, ¡hay que salir de aquí cagando leches!
A Rebecka le lloraban los ojos y entró en pánico al ver cómo las llamas comenzaban a devorar la casa.
—Kil, ¡qué coño está pasando!
—Levántate, ¡rápido!, tenemos que ir arriba.
Kilyan le ofreció la mano y la ayudó a ponerse de pie.
—¿Arriba para qué?, ¿no será mejor que salgamos por la entrada? —preguntó angustiada entre toses.
—¡Escúchame! —le dijo agarrándola por los brazos—, si abres esa puerta moriremos incinerados en este maldito lugar. Tenemos que subir si queremos salir de aquí con vida y más nos vale ser más rápidos que las llamas, ¿estamos?
Rebecka asintió confundida y siguió a Kilyan escaleras arriba sin poder dejar de mirar cómo a sus espaldas el fuego se adueñaba de la vivienda.
Tras entrar en uno de los dormitorios, Kilyan vio horrorizado por la ventana cómo las llamas ascendían de forma vertiginosa. Era algo hipnótico.
—En la otra habitación hay una terraza, podríamos saltar por ella —propuso Rebecka.
—Lo haremos desde aquí. Podremos impulsarnos mejor agarrándonos en el dintel. El balcón es menos seguro, sería más fácil perder el equilibrio.
—No sé si podré, Kil.
—Podrás y serás la primera en hacerlo.
—¿Qué?
—Confía en mí.
Rebecka se encaramó a la ventana con el miedo reflejado en su rostro.
—No veo nada, Kil.
Rebecka no paraba de toser y el calor era cada vez más intenso.
—¡Tienes que saltar ya! —la apremió Kilyan.
Rebecka tomó impulso agarrando con una mano el dintel y con la otra el marco de la ventana y saltó al vacío. Kilyan la vio desaparecer como por arte de magia tras el humo denso y negro que ascendía por la fachada.
Con un intenso picor en los ojos, trepó a la ventana como antes había hecho Rebecka y saltó entre el crujir de la madera y la virulencia del fuego, que arrasaba con todo sin compasión convirtiendo la casa de Mia Tyson en un amasijo de escombros.