Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 27
33%

27

A Peter le dolía horrores la cabeza y tenía la tensión por las nubes.

Lo único que escuchaba eran los latidos de su corazón y el tictac del reloj de pared que colgaba sobre su cabeza.

A juzgar por la intensidad de cada sonido, la vida tenía más urgencia que el propio tiempo, el cual nunca dejaba de ir a su ritmo, ya fuera si estabas durmiendo plácidamente la siesta o huyendo de un bombardeo en plena guerra.

Hacía rato que no sabía nada del hombre que había puesto su vida patas arriba y temía que su mujer llegara de un momento a otro estando aquel loco aún en la casa.

Tras una serie de ruidos, escuchó cómo alguien arrastraba los pies al otro lado de la puerta. Poco después, el hombre de la sudadera negra con aquella horrible máscara de bebé entró en la habitación con uno de sus hijos sobre el hombro como si se tratara de un saco de patatas.

Era Sam, el pequeño.

Peter le gritó e insultó con los ojos desorbitados, pero solo consiguió que de sus labios saliera un débil y penoso murmullo. Le habían metido un calcetín en la boca sujeto con un trozo de cinta adhesiva que rodeaba su cabeza.

El hombre depositó el cuerpo de su hijo en el suelo boca arriba y volvió a desaparecer tras la puerta.

Fuera de sí, Peter comenzó a tirar de las ligaduras que lo sujetaban a la cama. Cuando lo vio entrar de nuevo, en esta ocasión cargaba con su otro hijo, Liam. Lo dejó bruscamente junto a Sam y se sentó en una silla situada junto a la cama en la que Peter se movía como pez fuera del agua.

—Deje de gimotear, doctor. No siempre las cosas salen como uno quiere. Seguro que se sentía una pieza importante dentro de un gran puzle, pero, como bien sabe, las decisiones que uno va tomando a lo largo de la vida pueden provocar que ese puzle acabe desmoronándose en un abrir y cerrar de ojos.

El hombre de la máscara ladeó la cabeza mientras observaba con curiosidad cómo el traumatólogo se retorcía entre sollozos.

—¿Ha visto lo tranquilos que están, doctor? Parecen estar soñando con los angelitos. Yo a esa edad no sabía lo que era dormir bien, ¿sabe? Nunca me sentí la pieza de un gran puzle como usted y tardé mucho tiempo en convertirme en el puzle de una sola pieza que soy ahora —dijo orgulloso.

Al ver que volvía a salir de la habitación, Peter posó sus ojos bañados en lágrimas sobre Sam y Liam y buscó desesperadamente una señal de que siguieran con vida.

Le pareció ver cómo sus pechos subían y bajaban suavemente al compás de la respiración.

Sin embargo, temía que todo fuera una ilusión.

Una simple orden del cerebro para conservar la esperanza de que aún pudiera hacer algo por ellos.

—No están muertos, doctor, si es lo que se está preguntando. Pero, lamentablemente, no les queda mucho tiempo.

Peter observó con verdadero pánico cómo el hombre de la máscara entraba en la habitación con un revólver en una mano y un machete en la otra.

—Qué teme, doctor, ¿a la muerte? —preguntó sentándose de nuevo en la silla que había junto a la cama—.

Muchas veces nos equivocamos al pensar que tenemos miedo a morir.

Todos vamos a hacerlo. Para eso venimos a este mundo.

Pero, en el fondo, lo que verdaderamente tememos es la manera en que esta se produce.

Por ejemplo, imagine que está atado. Bueno, en su caso creo que no hará falta —comentó como si estuviera explicando un problema de matemáticas a un niño—.

El caso es que hay una persona a un lado de la cama que le apunta con un revólver a la cabeza —dijo levantando la Remington que sujetaba en una mano—, y en el otro lado hay otra persona, pero en este caso con un machete entre las manos.

Peter vio aterrorizado cómo se colocaba al otro lado de la cama con el machete en alto. Se sentía totalmente vulnerable e impotente.

—¿A quién temería más, doctor? ¿Al que le apunta con una pistola, al que lleva un machete o a la muerte?

El hombre de la máscara dejó el machete y la pistola sobre la silla y sacó de la sudadera dos frasquitos con un líquido transparente que posteriormente depositó a los pies de cada uno de sus hijos. Cuando regresó a su lado sujetaba una jeringa en la mano.

Tenía su rostro tan cerca que podía sentir el aliento.

—Para que vea que no soy tan malo, voy a darle la oportunidad de salvar a sus hijos.

Como ya le dije, aún siguen vivos, pero, si no toman el contenido de ese frasquito que les acabo de dejar a sus pies, acabarán muriendo a causa del veneno que ahora mismo circula por sus cuerpecitos.

Le repito que no les queda mucho tiempo, doctor.

Peter los miraba con la desesperación que cabe esperar en un padre que tiene la posibilidad de salvar a sus hijos de una muerte segura.

Cuando posó sus ojos de nuevo en el hombre de la máscara, este daba unos golpecitos secos a la jeringa que sujetaba con destreza en posición vertical.

Lo había visto hacer cientos de veces en el hospital.

Se hacía para expulsar el aire que pudiera haber junto al medicamento y así no provocar un embolismo gaseoso al paciente, pero en esos momentos dudaba que en la jeringa hubiese algún tipo de medicamento y tampoco él era precisamente un paciente.

—Vamos a ver, no se crea que tengo mucha experiencia en esto —dijo soltando un poco de líquido.

Peter se retorcía en la cama sin perder de vista la jeringa.

—Tranquilícese, doctor. Piense en sus hijos.

El hombre de la máscara apretó el brazo del traumatólogo para encontrar la vena adecuada y procedió a atravesar su piel con la aguja presionando suavemente el émbolo.

—Ya está, ¿ve qué rápido? —dijo resuelto mientras separaba la jeringa de su brazo—.

Espero haber estado a la altura, doctor.

Reconozco que no es mi especialidad. Ahora quiero que se relaje.

Le soltaré para que tenga la ocasión de dar a sus hijos el antídoto que hay en cada uno de esos dos frascos, ¿le parece bien?

Peter asintió con la cabeza como si alguien hubiese puesto un muelle bajo su barbilla. La situación lo sobrepasaba.

—Pero antes permítame que le ponga en situación —el hombre de la máscara hablaba sin prisa, como un cura oficiando la misa—.

Primero debo decirle que lo que acabo de inyectarle es el mismo veneno que tomaron sus hijos, pero en una dosis más elevada.

En menos de diez minutos se supone que ya estará muerto, así que le aconsejo que no pierda el tiempo haciéndose el héroe, ya me entiende.

Aunque, si lo piensa bien, también puede salvarse usted mismo junto a uno de sus hijos y dejar que el otro muera.

Lo que acabe haciendo será cosa suya, a mí la verdad es que me da exactamente igual —dijo encogiéndose de hombros—.

Aunque debo admitir que tengo cierta curiosidad por ver la decisión que toma.

Aquello era peor que una pesadilla. Sintió un enorme vacío en el estómago y asumió que había llegado su hora, pero pensaba hacer todo lo que estuviese en su mano para salvar la vida de sus hijos.

El hombre de la máscara cogió el machete y asestó un golpe en la parte baja de la cama. Peter cerró los ojos instintivamente notando cómo el pie izquierdo quedaba libre de las ligaduras. Después sintió la misma sensación en el otro pie y posteriormente en las manos.

—Adelante, doctor. Es su oportunidad.

Peter arrancó de un tirón la cinta aislante que rodeaba su cabeza llevándose algún que otro mechón del cuero cabelludo y escupió el calcetín al suelo.

Quería abalanzarse sobre aquel hijo de puta y estrangularlo hasta dejarle sin aliento, pero primero debía ocuparse de sus hijos.

Además, tenía las extremidades entumecidas y atacarlo en aquel momento sería un suicidio.

Tras bajar de la cama se acercó a Sam y Liam con paso errático, como si acabara de tomarse dos botellas de whisky .

Primero se arrodilló ante Sam para coger el frasquito que había a sus pies, le abrió la boca echando su barbilla hacia abajo y vertió el contenido dejando que el líquido transparente se abriera paso por su garganta y se esparciera por sus pequeños órganos.

—Te pondrás bien, cariño.

—Qué tierno. Se me rompe el alma.

—¡Cállate, hijo de puta!

—Cuide ese lenguaje, doctor —dijo el hombre de la máscara señalándolo con el machete.

Cuando se acercó a su otro hijo tuvo una sensación de ardor en el estómago que le obligó a echarse en el suelo retorciéndose de dolor.

El veneno comenzaba a surtir efecto.

Nervioso y angustiado, se incorporó como pudo y vació el líquido del segundo frasquito en la boca de Liam.

—Traga, Liam. Muy bien, cariño.

A pesar de haberles dado el antídoto, era consciente de que no iban a estar a salvo hasta que matara a aquel tipo.

Miró a su espalda con disimulo y comprobó que se había sentado en la silla. Sujetaba el machete entre las manos y no le quitaba ojo de encima.

—Lo ha hecho muy bien, doctor. Estoy orgulloso de usted.

Era ahora o nunca.

Peter se armó de valor y se levantó dispuesto a abalanzarse sobre él. No pudo reprimir un gesto de sorpresa cuando las piernas le fallaron y cayó al suelo como un muñeco de trapo. A continuación, sus músculos se tensaron y quedó tumbado boca arriba con el cuerpo totalmente rígido.

—No se resista, doctor. Entréguese.

Peter comenzó a convulsionar escupiendo sangre por la boca. Tenía la cabeza echada hacia atrás con los ojos muy abiertos mientras su cuerpo se quejaba con violentas sacudidas. Apretaba tan fuerte la mandíbula que se había mordido la lengua y esta le colgaba ensangrentada fuera de los dientes.

—Bueno, doctor, sé que no es un buen momento, pero me gustaría confesarle una cosa —el hombre de la máscara hablaba de forma pausada y tranquila sin apartar la vista de la lucha que Peter mantenía contra los efectos del veneno—.

En todo este tiempo sus hijos tan solo dormían.

Mentí al decirle que aquellos frasquitos contenían un antídoto, no sé si me explico.

En ese instante Peter fue consciente de que acababa de sentenciar a sus hijos a la misma muerte lenta y dolorosa que él estaba padeciendo en esos momentos. La angustia que sentía era atroz y el dolor insoportable.

Cada vez se encontraba con más dificultades para respirar.

—Adiós, doctor —dijo el hombre de la máscara alzando el machete con ambas manos sobre su cabeza.

Sam, el hijo mayor de Peter que apenas tenía ocho años, abrió los ojos quejándose de un fuerte dolor en el estómago en el momento en que la cabeza de su padre rodaba hasta los pies de una figura vestida de negro, con capucha y un machete entre las manos.

Le pareció estar contemplando a la mismísima parca.

Con una mezcla de pánico y dolor, gritó con todas sus fuerzas mientras sus músculos se tensaban.

Entre sollozos observó a su hermano pequeño que se hallaba tumbado junto a él y comenzó a pestañear como su madre tantas veces le había aconsejado que hiciera para despertar de un mal sueño.

«Hijo, siempre que tengas pesadillas, pestañea cuatro veces seguidas y todo irá a mejor, confía en mí», solía decirle antes de acostarse.

En esta ocasión no surtió efecto. La cabeza de su padre continuaba en el suelo junto al hombre del machete y su hermano lloraba asustado a su lado.

Los dolores que sufría eran cada vez más intensos e insoportables.

—Calma, chico, cuando piensas que nada puede ir a peor, la vida te demuestra lo ingenuo que eres —oyó decir a la horrible figura vestida de negro que se aproximaba lentamente hacia él.