Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 26
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La casa de Nataly Tyson se encontraba cerca de Crabby Crawfish, un restaurante entre Houston y Pasadena al que había ido a comer en más de una ocasión.

En la calle solo había dos niños jugando con una videoconsola en el borde de la acera.

Discutían sobre quién había matado a más zombis.

«Ya no son niños jugando, son adictos a juegos y la mayoría de ellos violentos.

Como si no hubiera ya suficiente violencia en la vida real», reflexionó Kilyan.

La casa de Nataly Tyson era de estilo colonial y quedaba a dieciocho kilómetros del Departamento de Policía. El porche, al que se accedía por cuatro escalones, era de madera verde pistacho con un banco negro de hierro fundido y una pequeña mesita de cristal.

Kilyan llamó a la puerta. Al cabo de pocos segundos oyó el ruido de la cerradura y una mujer salió a recibirlo.

—Buenos días, ¿es usted Nataly Tyson?

—Sí, soy yo.

—Detective Kilyan Kil —dijo mostrando su identificación—. Si no la pillo en un mal momento, me gustaría hablar de su hermana, ¿le parece bien?

—De acuerdo, pase.

—Siento lo ocurrido.

La hermana de Mia tenía el pelo húmedo y vestía un albornoz de franela color lila y unas zapatillas de casa negras y con hebilla. Era la viva imagen de su hermana: piel blanca, melena rubia, ojos azules y una delgada figura. Era evidente que se cuidaba y parecía más joven que Mia.

—¿Quiere café?, está recién hecho.

—No, gracias.

Nataly lo condujo a un salón que comunicaba con la cocina, compuesto por un sofá de tres plazas azul, dos sillas que rodeaban una mesita de centro de cristal, un televisor de plasma que iba sujeto a un soporte que colgaba del techo, una chimenea de leña, una librería, un aparador y una mesa comedor con cuatro banquetas de mimbre.

En la librería se podían encontrar ejemplares de Faulkner, Shakespeare, Poe o Austen, entre otros, así como enciclopedias del cuerpo humano, de psicología, del mundo submarino o de animales.

Junto a una figura de la torre Eiffel en metal dorado, descansaba el libro Cómo la vida imita al ajedrez , de Garry Kasparov.

Le vinieron a la mente las dos cruces que el hombre de la máscara había dibujado en la nota que encontró Patrick.

En una balda inferior había una fotografía enmarcada que se detuvo a mirar.

—¿Se veían mucho?

—Antes sí —contestó Nataly cogiendo el marco en donde aparecían ella, su hermana y un chico—.

Esta fotografía es de las últimas que tengo junto a Mia.

El que está agachado entre las dos es mi hijo Peyton.

Hace siete años que se marchó a vivir a Sacramento.

Ya sabe, es lo que tienen los hijos, se hacen mayores muy rápido y cuando te quieres dar cuenta se han independizado y tienen su propia vida.

—¿Vive alguien con usted?

—Puede tutearme, detective —dijo Nataly devolviendo la fotografía a su sitio—.

Si lo dice por su padre, tuvimos una relación de tres años, pero desapareció del mapa en cuanto me quedé embarazada.

He tenido que sacar a mi hijo adelante yo sola y no he vuelto a tener una pareja estable desde entonces.

¿Le parece que nos sentemos? Creo que estaremos más cómodos.

Nataly ocupó el centro del sofá y Kilyan cogió una de las sillas de madera que había enfrente para poder observarla mejor.

—¿Qué relación tenía con su hermana?

—Buena en la infancia, regular de adolescentes y de mal en peor a partir de los veinte años, que es cuando Mia decidió abandonar los estudios. Dicen que cuando nacen gemelas lo que le pasa a una siempre le pasa a la otra, pero en nuestro caso no ha sido así.

—¿Son gemelas?

—Sí, yo soy 24 minutos mayor que ella a pesar de que mi hermana naciera antes que yo.

—Kilyan no pudo disimular su confusión enarcando las cejas—.

Verá, Mia nació a la una y cuarenta y seis y yo treinta y seis minutos más tarde, a las dos y veintidós de la mañana.

El cambio de horario de verano a invierno hizo que, al dar las dos, los relojes se atrasaran una hora, por lo que yo pasé a nacer a la una y veintidós.

Así que, a pesar de que Mia naciera antes, yo soy técnica y legalmente mayor que ella y así consta en el Registro Civil.

—¿Tienen algún familiar que viva cerca?

—No, mi padre murió hace siete años de cáncer de hígado y mi madre dos años después en el quirófano por un trasplante de corazón.

Nataly cogió la taza que había en la mesita de centro, removió un poco el café y le dio un sorbo. En ese momento Kilyan se arrepintió de no haber aceptado uno. Olía de maravilla.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a su hermana?

—En el entierro de nuestro padre. Recuerdo que se marchó antes del velatorio.

Al de mamá ni siquiera se molestó en aparecer.

Lo último que supe de ella es que seguía bailando desnuda para un puñado de borrachos en aquel antro.

—Kilyan notó que lo dijo con cierto reproche—.

De niña quería ser veterinaria y mire en qué se acabó convirtiendo.

Siempre intenté mantener la relación con ella, ¿sabe?

, pero llegó un momento en que la situación se volvió insostenible.

Me pedía dinero constantemente. Los vicios y las malas compañías que ha tenido han hecho que nos distanciemos y nos parezcamos físicamente cada vez menos.

Hubo un tiempo en que éramos como dos gotas de agua —comentó desviando la mirada a la fotografía que había en la librería.

—Ha comentado que en ocasiones le pedía dinero, ¿eran grandes cantidades?, ¿sabe si tenía algún problema con las drogas o el juego?, ¿debía dinero a alguien?...

—Al principio me pedía dinero para comida, o al menos es lo que yo creía o quería creer.

Pero poco a poco las cantidades comenzaron a ser mayores y claro, hubo un momento en que mi sueldo no daba para criar a un hijo, mantener esta casa y pagar los vicios de mi hermana.

El mayor de sus problemas era la bebida.

Sobre todo, por las noches. Había ocasiones en las que me llamaba llorando a altas horas de la madrugada pidiéndome perdón por ser tan mala hermana.

Eso sí, después siempre se las arreglaba para sacarme más dinero antes de colgar el teléfono.

Se le daba muy bien mentir. En cuanto a si tenía problemas con el juego o si le debía dinero a alguien que no fuera yo, no tengo ni idea.

—¿Podría decirme, si no es indiscreción, en qué trabaja?

—Veo que no consigue dejar de tratarme de usted.

—Supongo que es una costumbre.

—Trabajo en APASOS Children's Center —dijo tras dar un sorbo al café—.

Ofrecemos numerosos servicios de atención a familias adoptivas o acogedoras.

Yo soy técnico en adopciones y acogidas.

No es mucho lo que gano, pero sí lo suficiente para llevar una vida tranquila.

Además, terminé de pagar la hipoteca hace cuatro años, así que tampoco tengo gastos importantes.

—De acuerdo. Ahora le voy a enseñar un par de fotografías. Me dice por favor si le suenan de algo estas personas —dijo Kilyan mientras sacaba una instantánea de Elizabeth Rush.

—No, no me suena de nada.

—Y a este hombre, ¿lo conoce?

Nataly cogió una foto de cinco por diez en la que aparecía Bud Delaney de frente y se quedó mirándola unos segundos.

Kilyan notó cómo aquellos ojos azules callaban.

—Es importante, Nataly, ¿conoce a este hombre?

—No. No lo he visto en mi vida, lo siento.

—¿Está segura?

—Sí —contestó moviendo la cabeza de arriba abajo con vehemencia mientras cerraba con ambas manos la parte superior del albornoz, como si pudiera ocultar un secreto con ese simple gesto.

—¿Tuvo su hermana alguna relación sentimental complicada? —preguntó Kilyan mientras guardaba las fotografías.

—¿A qué se refiere?

—A si sufrió maltrato o alguna vez abusaron de ella.

—No, que yo sepa.

Notó de nuevo cómo Nataly tardaba en contestar a su pregunta.

—Está bien, es todo de momento, si recuerda algo relevante o que pueda resultar de ayuda, no dude en ponerse en contacto conmigo —dijo Kilyan ofreciéndole una tarjeta.

Nataly Tyson la cogió y desvió la mirada hacia el suelo.

—Así lo haré. Espero que atrapen a la persona que le ha hecho esto a mi hermana. Que tenga un buen día, detective —se despidió volviendo a posar sus ojos azules en los de Kilyan.

Tras visitar a Nataly Tyson, decidió pasarse por casa para comer algo y darse una ducha.

En el trayecto por la interestatal no dejó de pensar en qué le estaría ocultando la hermana de Mía.

Llevaba el suficiente tiempo en el cuerpo de Policía como para detectar cuándo alguien le estaba mintiendo en un ochenta por ciento y era una de esas ocasiones en las que presentía no equivocarse.

Cuando llegó a la calle Andrews, aparcó al otro lado de la carretera. Su casa tenía garaje, pero cogió esa costumbre desde que supo que habían intentado robarle el coche mientras tomaba una cerveza en la ventana.

Ahora el garaje lo usaba de trastero.

Tras dejar las llaves, la placa y el arma en el recibidor, puso a calentar unos macarrones con tomate que había en la nevera y fue a darse una ducha.

Mientras el agua fría caía a presión sobre su cabeza, oyó vibrar el móvil sobre el lavabo. «Algún día se te va a caer, papá», solía decirle su hija antes de acabar atrapada entre los hierros del Chevrolet amarillo.

Tras limpiar el vaho del cristal, vio que se trataba de Mark y salió de la ducha para atender la llamada.

—Dime, Mark.

—Hola, te llamo para hablar sobre las cartas que trajisteis de la vivienda de Elizabeth Rush.

—Te escucho —dijo sentándose en la tapa del retrete.

—La más reciente del montón grande data de ocho días antes de hallarse los cuerpos y la más antigua de veinte días atrás. En el otro montón, la más antigua es de hace cinco días.

—Es decir, que alguien entró en casa de Elizabeth entre cinco y ocho días antes de nuestra primera visita.

—Exacto.

—¿Algo más?

—Me ha comentado el jefe que lo más probable es que nos den la orden de registro de la casa de Mia Tyson esta misma tarde.

—¡Vaya!, sí que se han dado prisa esta vez.

—También ha insistido en que necesita saber lo que tenéis hasta el momento.

—Dile que aún no tenemos nada consistente. Ya le llamaré si hay novedades.

—Sabes que no va a quedarse satisfecho.

—Lo sé, pero es lo que hay.

Kilyan cortó la llamada en el momento en que el microondas anunciaba con un timbre que la comida estaba lista.

Los macarrones a su izquierda y el informe de Elizabeth Rush a su derecha. Una porción de pasta a la boca y un vistazo a las fotografías de las cartas mientras masticaba. Así estuvo hasta que terminó el plato.

Tenía que reconocer el mérito al hallazgo de Rebecka.

Saber que el hombre de la máscara visitaba a sus víctimas una vez muertas, les daba una ventaja que antes no tenían.

El único inconveniente era que debían esperar a que hubiese otro cadáver para poder sacar provecho a la nueva información, y eso era algo que a Kilyan no le hacía ninguna gracia.

De vuelta a la carretera, llamó a Rebecka por el «manos libres» del coche.

—Dime, Kil.

—Lo más seguro es que esta tarde nos den la orden de registro para la casa de Mia Tyson. He pensado que podríamos acercarnos a echar un vistazo.

—Un momento, ¿tan rápido?

—Eso parece.

—Para la casa de Bud sabía que el juez de instrucción no pondría muchas pegas.

Podía haber información relevante acerca de la mujer que había quedado con él en la página de contactos, por no hablar de sus antecedentes.

Pero que tuviésemos una orden de registro para la casa de Mia, casi dos días después de hallar el cadáver, no me lo esperaba.

—Se ve que el jefe sabe a quién pedirle favores, ¿paso a buscarte?

Rebecka suspiró al otro lado de la línea sopesando lo que Kilyan le estaba pidiendo.

—Dime que no quieres colarte en su casa antes de obtener la orden…

Kilyan no dijo nada y esperó a que fuese ella quien diera el paso.

—Está bien, el club no abre hasta dentro de dos horas —aceptó Rebecka con resignación—, ¿dónde nos vemos?

—¿Sigues en la oficina?

—No, estoy comiendo algo en el Starbucks de Franky.

—Te recojo en quince minutos.

—Aquí estaré —contestó a pesar de que Kilyan ya no se encontraba al otro lado de la línea.