Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 25
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Peter Gilmore abrió los ojos con la misma sensación que lo invadía la mañana siguiente a una borrachera.

Hacía años que no le ocurría, pero no olvidaba el dolor de cabeza, la boca pastosa y el malestar general que producían aquellas resacas en plena juventud.

Lo que no llegaba a entender era por qué se sentía así.

Aturdido y sin fuerzas, el traumatólogo fue abriendo los ojos con pequeños parpadeos, pero sin conseguir ver más que con ellos cerrados.

La oscuridad lo engullía como un pozo sin fondo.

Al intentar abrir la boca sufrió un terrible dolor en la mandíbula que a su vez provocó otro aún mayor en la cabeza.

Parecía que le estuviesen dando pinchazos con un alfiler dentro del cerebro y este fuera a estallar en cualquier momento.

—¿Cómo se encuentra, doctor?

El traumatólogo puso todos los músculos en tensión con la respiración agitada y giró la cabeza como un resorte hacia la voz que susurraba a su izquierda.

Le vino a la memoria el encontronazo con aquel paciente del chándal negro en el aparcamiento.

Después sufrió la agresión. No podía verlo, pero su voz era inconfundible.

—Será mejor que se relaje. Hoy será un día corto, pero intenso para usted. Me ha llevado un tiempo prepararlo todo y espero que sufra como la ocasión merece.

Peter intentó reaccionar, pero tenía el cuerpo inmovilizado.

—¿Dónde estoy? —preguntó como quien despierta de una anestesia.

—Tranquilícese, doctor, se encuentra en su casa.

—¿Y mis hijos?, ¿dónde están mis hijos? —preguntó aterrado.

—Sus hijos están durmiendo, yo no me preocuparía por ellos.

—No sé lo que quieres, pero te daré lo que me pidas... hay una caja fuerte detrás del cuadro del salón, el que está junto a la chimenea... El caminante sobre el mar de nubes .

Peter hablaba atropelladamente mientras un sudor frío brotaba de su cuero cabelludo.

—No entiendo —susurró el hombre arrastrando las palabras con voz grave.

—El cuadro... es de David Friedrich... El caminante sobre el mar de nubes ... la clave es 18-78-49.

—No me interesa.

—Por favor, deja en paz a mis hijos... coge lo que quieras… te prometo que no se lo diré a nadie.

—No se moleste en seguir hablando, doctor.

Todo lo que tiene carece de valor para mí, excepto su vida.

No le pertenece —dijo chasqueando la lengua mientras negaba con la cabeza—.

Y por sus hijos no se preocupe —el hombre bajó aún más la voz, lo justo para que Peter pudiera oírlo—, ya les llegará su turno.