Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 24
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En cuanto al informe preliminar del forense, Mia tenía siete uñas rotas, cuatro de la mano izquierda y tres de la mano derecha.

Presentaba cortes y magulladuras por todo el cuerpo, pero no había signos de que hubiesen abusado sexualmente de ella.

La causa de la muerte se produjo por dos heridas con corte de ligamento en su muñeca izquierda y la hora de la muerte la sitúan entre siete y ocho horas antes de hallar su cuerpo.

En los archivos de la policía constaba una denuncia por agresión sexual interpuesta por Mia Tyson a Bud Delaney, que fue retirada por la propia Mia al día siguiente.

«¿De qué os conocíais?»

«¿Qué relación os une con el hombre de la máscara?»

«¿Qué hicisteis para acabar muriendo de esa manera?»

Las preguntas se agolpaban en la mente de Rebecka mientras repasaba las fotografías.

En una de ellas aparecía el cuerpo desfigurado de Bud cubierto de sangre.

Otra mostraba cuatro listones de madera apoyados en la pared y en una tercera aparecía el marco de una ventana con vistas a la pared de roca y bajo una persiana medio abierta.

Entre dos piedras se apreciaba una grieta por la que entraba un poco de luz.

«Quería darte falsas esperanzas. Pretendía volverte loca».

En otra fotografía podía verse el suelo de baldosas negras y blancas del sótano.

—No me has dicho si querías, pero te traigo uno —dijo Kilyan sosteniendo un par de cafés.

—No me habías ofrecido, pero te lo agradezco.

Kilyan miró la fotografía que tenía Rebecka entre manos.

—Jaque mate.

—He leído que jaque se hace al rey, ¿Bud era el rey? —Kilyan la miró torciendo el gesto—. Quizás mantuvieron una relación.

—Sabemos que el hombre de la máscara decidió castrar al motero. Una reacción tan violenta puede deberse a que Bud abusara alguna vez de su madre, de su novia o de un ser querido.

—A Mia, en cambio, la encerró sola y desnuda. Esa mujer se pasó días bebiendo absenta con mucho tiempo para pensar. En el momento en que bajaron al motero debía encontrarse fuera de sus cabales.

Tras un largo silencio, Kilyan cogió una silla y se sentó a su lado. Continuaron ojeando el informe y, de vez en cuando, Rebecka hacía anotaciones en un cuaderno.

—Elizabeth y su madre murieron casi un mes antes que Mia. Lo había planificado todo, Kil.

—Es una persona minuciosa y paciente. No me extrañaría que estuviese preparando su próximo asesinato, si es que no lo ha cometido ya. Cada vez estoy más convencido de que todo esto forma parte de una venganza.

—En caso de ser así, no sabemos si se trata de algo personal, si lo hace por motivos ideológicos o si simplemente se trata de alguien que está en contra del sistema.

Rebecka cogió las fotografías tomadas en casa de Elizabeth Rush. Las primeras mostraban un primer plano de su rostro hinchado y amoratado. Pensó que lo último que debió ver fue a su madre desangrándose en el suelo. Después vendría todo lo demás.

Tuvo un escalofrío al pensar lo que tuvo que sentir cuando la cuerda se tensaba y la silla caía al suelo.

Ella también pasó por algo similar con apenas diecisiete años.

En el momento en que los pies abandonan el punto de apoyo, los párpados se contraen violentamente y el cierre de las vías respiratorias es tan hermético que resulta imposible respirar.

Los oídos comienzan a silbar y los dolores, así como la necesidad de que llegue aire a tus pulmones, se hacen insoportables.

Después, tu cuerpo comienza a sufrir espasmos y, mientras, vas perdiendo la conciencia.

Por suerte, su madre llegó a tiempo para impedir que sufriera el mismo desenlace al que Betty Greene condenó a su hija.

Rebecka sacudió la cabeza para ahuyentar aquellos recuerdos.

La siguiente fotografía mostraba la puerta principal desde el interior de la casa.

Esta se hallaba cerrada con tres cerrojos, dos de gancho y uno de seguridad.

Ellos tuvieron la culpa de que Kilyan no consiguiera entrar por ahí.

«El hombre de la máscara nos estaba diciendo por dónde teníamos que ir.

Igual que hizo con Patrick», pensó Rebecka.

Cuando fue a dejar la fotografía para coger otra, algo llamó su atención.

—Mira esto.

Kilyan dejó la ficha policial que estaba ojeando de Bud Delaney y se acercó a ella.

—Tanto nosotros como la científica entramos y salimos de casa de Elizabeth por la parte de atrás.

Si te fijas aquí —dijo señalando un punto concreto de la imagen—, la puerta de la entrada tiene un bocacartas y casi toda la correspondencia y publicidad que se ha ido acumulando en el suelo se encuentra arrinconada en la pared, donde acaba el ángulo de noventa grados que hay una vez se ha abierto la puerta.

Solo hay unas pocas cartas cerca del burlete.

Si averiguamos la fecha de estas cartas, podríamos tener una aproximación de la última vez que alguien entró en casa de Elizabeth por la puerta principal.

—¿Qué insinúas?

—Ha pasado más de un mes desde que Elizabeth y su madre fallecieron. ¿No lo ves?, alguien entró en la casa después de que eso ocurriera —dijo Rebecka dando enérgicamente golpecitos en la fotografía con el dedo índice.

—Sintió la necesidad de regresar y recrear el momento en que sus víctimas exhalaron su último suspiro.

—De esa manera saciaría sus fantasías temporalmente mientras escoge a su siguiente víctima.

—Es una buena hipótesis. Hay que averiguar la fecha de esas cartas —dijo Kilyan poniéndose en pie—, vamos en mi coche.

«Te has dejado un cabo suelto», pensó Rebecka mientras terminaba el café de un trago.

Esa mañana el sol no calentaba tanto como el día anterior y Rebecka agradeció la brisa fresca que entraba por la ventanilla del coche acariciando su rostro terso y bronceado.

Los edificios de la calle Travis pasaban a toda velocidad ante sus ojos, escondidos bajo unas gafas de sol.

A su lado, Kilyan conducía enfrascado en sus pensamientos con la mano derecha al volante y la otra fuera del coche.

Cuando pasaron por delante del Museo de bomberos, recordó una vez en la que perseguía a dos chicos de quince y dieciséis años que acababan de robar varias joyas en un edificio de la calle Tuam.

Todavía no conocía a Kilyan y apenas llevaba dos años en el cuerpo.

Tras una corta persecución a pie de calle, los dos jóvenes se ocultaron dentro del museo cuando ya casi los tenían.

Rebecka entró junto a dos agentes y los cogieron intentando arrancar un coche de bomberos que formaba parte del decorado.

Era una anécdota que le gustaba contar en comisaría hasta que, dos años más tarde, se enteró de que uno de los chavales había fallecido en un tiroteo con la policía tras activarse la alarma del banco en el que estaba cometiendo un robo.

En esta ocasión iba armado con un revólver que no llegó a utilizar.

Solo tenía diecisiete años y ese día, para Rebecka, la anécdota dejó de tener gracia.

Kilyan y Rebecka sortearon el precinto policial que rodeaba la casa de Elizabeth Rush y realizaron el mismo trayecto del día anterior.

En lugar del cadáver de Betty Green y su hija, ahora había varias piezas de plástico amarillas enumerando las pruebas que habían estado estudiando en las fotografías del informe del caso.

—Pío, pío... que yo no he sido —dijo Rebecka completando la frase pintada con sangre en el armario de la cocina—.

He estado pensando que quizás Elizabeth y el resto de las víctimas hayan participado en una actividad que de algún modo perjudicara al hombre de la máscara y de lo que no se haya responsabilizado nunca a nadie.

Kilyan se acercó a la entrada haciendo caso omiso al comentario de Rebecka.

Un montón de cartas y propaganda estaban apiladas contra la pared y otro conjunto más pequeño en la parte baja de la puerta.

En este caso no habían señalizado la zona como prueba y podía tratarse de la más valiosa que tenían hasta el momento.

—Yo cogeré las que llevan más tiempo y tú las más recientes. Se las llevaremos a Mark para que averigüe las fechas en las que se entregaron —propuso Kilyan mientras leía Just do It (Solo hazlo) en uno de los panfletos que había en el suelo.