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En esos momentos entraba por la zona de urgencias la séptima ambulancia.
La más interesante de ellas fue aquella de la que bajaron a un chico en camilla con el rostro ensangrentado y uno de sus brazos colgando de un solo tendón.
Solo pensando en las varias formas que pudo habérselo hecho, hizo que la espera no resultara tan aburrida.
Cuando el traumatólogo Peter Gilmore abandonó el hospital vestido con un traje Suitman y portando su habitual maletín de piel marca Cubilo, el reloj del salpicadero marcaba las ocho y media.
En los meses que llevaba vigilándolo, pudo comprobar que se trataba de una persona bastante metódica en sus horarios.
—Tendrá establecida una hora incluso para ir a cagar o follar con su mujer —dijo mientras cogía los prismáticos.
Peter se levantaba siempre a la misma hora, hacía siempre el mismo trayecto para ir al trabajo, tomaba tres cafés al día en la degustación que había dos calles más abajo del hospital y, cómo no, salía de trabajar tanto si tenía turno de noche como si lo tenía de día, con un retraso máximo de quince minutos respecto a su hora de salida.
En esta ocasión había tardado casi veinte minutos en abandonar el hospital, pero le restó importancia.
Era un día especial para él y tampoco era algo que trastocara sus planes.
Aún recordaba cuando entró en su consulta con un traumatismo en el brazo derecho tras alquilar un coche y estrellarlo contra un árbol en las afueras de la ciudad.
«Tienes fractura completa del tercio medio del húmero.
Seguramente habrá que colocarlo en su sitio y fijarlo, pero hasta que no tenga más pruebas radiológicas no podré confirmar qué tipo de tratamiento habrá que realizar en tu caso», le dijo con voz distante mientras miraba una radiografía como si estuviera eligiendo el color del sofá que quería para el salón.
Aquello ocurrió el verano pasado. Necesitaba comprobar de cerca qué tenía de especial aquel engreído y llegó a la conclusión de que tan solo se trataba de un imbécil con mucho dinero y una estúpida sonrisa.
No lo soportaba.
Se había quedado con una vida que no le pertenecía. Además, le encantaba pavonearse con trajes caros y el pelo engominado echado hacia atrás. Por un momento imaginó que lo sedaba y vaciaba su cuerpo de huesos, dejando que solo la carne flácida cubriera los órganos y los tendones.
—El traumatólogo sin huesos —dijo con un leve brillo en los ojos.
Cuando lo vio entrar en el parking subterráneo del hospital, bajó sin pensárselo de la furgoneta y fue a su encuentro.
Era el momento de comprobar si se acordaba de él.
Peter Gilmore accedió por las puertas correderas al solitario aparcamiento del hospital destinado a los sanitarios y se paró en seco como quien oye un ruido dentro de su casa en plena noche antes de acostarse.
Con aire pensativo se metió la mano en un bolsillo del pantalón, después en el otro y finalmente palpó la parte baja de su chaqueta.
Se tranquilizó al comprobar que las llevaba en el interior de la americana.
Peter sacó las llaves del Lexus LS gris manganeso que tenía aparcado tres filas más adelante.
Al pulsar el botón del mando, el vehículo de alta gama emitió dos pitidos y el dispositivo de seguridad se desactivó con un ligero ruido.
Era un ejercicio que siempre hacía a cierta distancia.
Le gustaba ver cómo parpadeaban las luces del Lexus y destacaba entre el resto de los automóviles.
El camino de regreso a casa era uno de sus momentos preferidos del día.
Él solo al volante.
Sin voces.
Sin ruidos de máquinas.
Sin llamadas por megafonía.
—¡Perdone!
Peter se sobresaltó y miró hacia el lugar de donde procedía la voz.
—¿Es a mí?
—Sí, ¿no me recuerda?
—La verdad es que no —contestó algo molesto por la intrusión.
—Lo entiendo, doctor. Habrá tenido que atender muchos pacientes desde mi visita. Me trató hará cinco meses por un traumatismo en el húmero. Como ve, me ha quedado de maravilla —dijo mientras hacía movimientos en círculo con el brazo.
—Me parece muy bien, pero, si me disculpa, tengo prisa.
—No se preocupe, no le molesto más. Lo vi de lejos y solo vine para informarle de que hizo un buen trabajo. Quería agradecérselo.
—Está bien. Me alegra saberlo.
Peter le dio la espalda y se metió en el coche dando un portazo. Más relajado y con el silencio que lo envolvía dentro del Lexus, ajustó el retrovisor y apretó el botón de arranque. «Mira que hay gente rara», pensó a la vez que sonreía debido a lo absurdo de la situación.
Extrañado, por no escuchar cómo el coche se ponía en marcha, apretó una vez más el botón de arranque.
—¡Maldita sea!, ¿qué ocurre hoy? —protestó al ver que el vehículo no respondía.
Se apresuró a salir del coche cuando vio cómo del motor comenzaba a salir humo negro.
Al abrir la tapa, se cubrió instintivamente el rostro con el antebrazo mientras hacía aspavientos con la mano que le quedaba libre para impedir que el humo le entrara en los ojos.
Una vez disipado el vapor, asomó la cabeza con precaución e intentó averiguar lo que había ocurrido.
En ese instante recibió un fuerte golpe en el rostro con un objeto de hierro y cayó al suelo mareado. Cuando volvió en sí, se irguió como pudo apoyándose en el coche. Tenía los ojos vidriosos y la sensación de perder el equilibrio de un momento a otro.
—¿Qué ha pasado? —preguntó desconcertado.
Alguien lo observaba impasible a un metro de distancia.
No distinguía bien su cara, pero llevaba la misma ropa que el hombre que lo había importunado antes de entrar en el coche: pantalón de chándal, sudadera negra y zapatillas blancas.
En la mano sujetaba un objeto brillante que no logró identificar.
—Buenas noches, doctor —lo oyó decir antes de recibir un segundo impacto en la cabeza más fuerte que el anterior.