Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 22
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En el Departamento de Policía de Houston la mañana se presentaba más ajetreada que de costumbre.

Un gran incendio en una refinería de petróleo y las muertes acaecidas en las últimas horas habían colmado los recursos de las fuerzas policiales.

El edificio de la calle Travis era un ir y venir de familiares afectados por el incendio, intentando obtener desesperadamente noticias sobre el accidente.

Mientras, en los exteriores del departamento, prensa, televisión y blogueros peleaban por obtener las primeras declaraciones del jefe de policía Ezra Miller.

Dentro del desconcierto, pero ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, Mark Mcgready trabajaba en su pequeño rincón de la primera planta al que todos llamaban «la ratonera».

El analista informático se hallaba encorvado y con la mirada fija en una de las dos pantallas de ordenador que tenía delante.

Varios documentos, libros y envoltorios de caramelos decoraban el amplio escritorio sin ningún tipo de orden.

Junto al teléfono, la fotografía enmarcada de un pastor alemán, revistas de tecnología y recortes de periódico de sucesos en los que estaba interesado, completaban el caos que reinaba en su espacio de trabajo.

Mark era un joven de veintisiete años. Tenía el pelo rizado y la cara poblada de marcas, consecuencia del acné que sufrió en la adolescencia.

Esa mañana, vestía un pantalón de pana y una camiseta amarilla con el rostro de los protagonistas de la serie The Big Bang Theory .

Sobre su nariz respingada, descansaban unas grandes gafas azules que iban a juego con el calzado.

En ese momento se hallaba enfrascado en las grabaciones del banco y de una tienda de tecnología llamada Tecnoplanet que se encontraba a dos manzanas de la sucursal y de la que era cliente asiduo.

El informático giró la silla al oír pisadas a su espalda mientras se subía las gafas con el dedo índice.

—¿Qué tienes para nosotros? —preguntó Kilyan.

—Hola, Mark —saludó Rebecka molesta por la falta de tacto de su compañero.

—Hola a los dos. Os he llamado porque tengo el momento en el que nuestro hombre deja la nota en el cajero automático. Será mejor que os lo muestre y juzguéis vosotros mismos.

Rebecka miró a Kilyan levantando una ceja. Ambos se agacharon y clavaron la mirada en la pantalla a la espera de que Mark pusiera en marcha las grabaciones de las cámaras de seguridad.

—En la pantalla de la izquierda podréis ver la grabación de la cámara exterior de una tienda de tecnología próxima a la sucursal.

Esta otra mostrará la grabación del interior del cajero.

He sincronizado ambas a la misma hora para poder ver la secuencia tal y como ocurrió —comentó sin dejar de mirar los monitores mientras movía el ratón con soltura.

En la pantalla derecha pudieron ver un contrapicado del interior del cajero como había comentado Mark.

En la parte superior aparecía centrada la fecha sobre la hora exacta de la grabación: 22:51:46.

La pantalla de la izquierda mostraba el largo de una calle en plena noche.

Había una tienda de tecnología donde tenían expuestas tablets , móviles y accesorios para el ordenador.

Más adelante se apreciaba un edificio decorado con grafitis y en la siguiente manzana se situaba la sucursal.

La reconocieron gracias a un letrero luminoso que sobresalía de la fachada y en el que podía leerse el nombre del banco en el que Patrick Scullin encontró la nota.

En la esquina inferior derecha aparecía la misma fecha y hora que en la otra grabación.

—¿Puedes aclarar la imagen? —preguntó Kilyan.

—Ya está aclarada.

—Mierda, está muy oscuro.

—¿Preparados?

—Adelante —dijo Rebecka a la vez que Kilyan asentía con la cabeza.

Mark puso en marcha la reproducción. Una mujer con un carrito de bebé surgió de la oscuridad de la noche y se perdió bajo la pantalla.

La calidad no era buena y había pequeños saltos de imagen.

Parecía que estuviesen viendo una fotografía, exceptuando los momentos en que un vehículo pasaba a toda velocidad con los faros encendidos a un lado de la calle.

Dos minutos más tarde, la figura de una persona vestida con un pantalón de chándal y una sudadera con capucha apareció de espaldas a la cámara por donde poco antes había desaparecido la mujer del carrito.

Kilyan observó que caminaba rápido y decidido.

—¿Es nuestro hombre? —preguntó excitado.

Mark asintió con una leve inclinación de cabeza.

—Ahora quiero que pongáis vuestra atención en el cajero.

Kilyan y Rebecka desviaron la mirada a la pantalla de la derecha y, un minuto después, el hombre de la capucha entró con la cabeza gacha y se colocó delante del cajero dando la espalda a la cámara.

Se apreciaba cómo sacaba algo del bolsillo y lo depositaba junto al vaso que había dejado Patrick.

Kilyan agradeció que en esta ocasión la calidad de la imagen no fuese tan mala.

—Aquí está dejando la nota y la linterna —murmuró para sí mismo.

Cuando parecía que iba a marcharse, el tipo se detuvo frente a la puerta. En menos de lo que tarda una manzana en caer de su árbol, giró sobre sí mismo con la mirada puesta en el suelo y sin que la cámara pudiera captar su rostro.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Rebecka sin esperar respuesta.

A las 22:54:13 vieron cómo el hombre encapuchado hacía un gesto con la mano simulando que lanzaba unos dados al aire. A continuación, miró fijamente a la cámara, ladeó la cabeza y tiñó la pantalla de negro con un espray.

—Eso es todo. Patrick asegura en su declaración haber entrado pocos minutos después, pero, como habéis podido comprobar, no tenemos pruebas gráficas de ello.

—¿Qué coño llevaba puesto? —preguntó Rebecka arrugando el rostro.

—Una máscara de látex con aspecto de bebé enfadado.

—¿Hay imágenes del hombre saliendo del cajero? —probó Kilyan.

—No, nada. Debió de salir en dirección contraria y en esa calle solo hay un restaurante mexicano. El local no está equipado con cámaras y en los alrededores solo hay viviendas unifamiliares.

—Mierda —protestó Kilyan—, mira a ver qué encuentras sobre la máscara que llevaba puesta, quién las fabrica y dónde se venden. Hablaré con Ezra para que envíe un agente a la zona y vaya puerta por puerta. Quizás alguien haya visto algo.

—Un momento —dijo Rebecka—, ayer me contaron en el club que la última vez que vieron a Mia Tyson subía al coche de un señor mayor al que, al parecer, le gusta vestirse de bebé mientras lo azotan.

Estoy pendiente de hablar con una de las chicas que ha estado con él para que me facilite más información.

No sé si tendrá relación con el caso, pero después de ver esa máscara no deberíamos pasarlo por alto.

—La persona que aparece en las grabaciones no tiene aspecto de ser mayor. De todas formas, merece la pena comprobarlo —comentó Kilyan.

—El local no abre hasta las siete, así que me pasaré esta tarde.

—Yo iba a hacer una visita a la hermana de Mia Tyson, ¿prefieres que te acompañe?

—No hace falta.

—Está bien.

Tras despedirse de Mark, pasaron por la mesa de Bernard para ver si había novedades acerca del caso.

Kilyan no podía quitarse de la cabeza aquella máscara de mirada vacía y se sentía frustrado por no tener una sola prueba a la que agarrarse.

En cambio, notaba a Rebecka más animada que el día anterior y no sabía si se debía a la pista del señor mayor que consiguió en el club o se trataba de un tema personal.

Como en esos momentos Bernard hablaba por teléfono, lo saludaron con un movimiento de cabeza y esperaron a que acabara la conversación.

—¿Os habéis enterado del incendio? —preguntó Bernard con gesto cansado tras concluir la llamada.

—Algo hemos oído —dijo Rebecka.

—Una refinería de petróleo. El fuego se ha extendido a ocho tanques de almacenamiento de petroquímicos masivos y la nube de humo ha llegado a cubrir las instalaciones.

Podéis ver el espectáculo desde el despacho de Ezra.

No parece haber heridos ni desaparecidos, pero la mañana está siendo un caos y el teléfono no deja de sonar.

Si no es la prensa, son familiares. También está el típico conspiranoico que asegura tratarse de un ataque de Arabia Saudita por la guerra del petróleo. En fin...

—¿Algo sobre las muertes de Elizabeth Rush y su madre? —preguntó Kilyan.

—Así me gusta, directo al grano —dijo Bernard mientras Rebecka se limitaba a mirar al techo con resignación—. Pero, antes que nada, dejadme que os diga algo sobre el sótano de la nave industrial.

Bernard abrió una carpeta sobre la mesa y sacó un par de fotografías.

—Como podéis comprobar, hemos limpiado toda la habitación dejando al descubierto el suelo. Decidme, ¿a qué os recuerda?

—A un tablero de ajedrez —dijo Rebecka.

—Exacto.

—¿Y qué tiene de especial? —terció Kilyan incómodo con tanto misterio.

—¿Recordáis las dos cruces que había en la nota del cajero? —preguntó Bernard sin esperar respuesta—. Desde un primer momento pensamos que podían hacer referencia a las dos muertes que encontramos en el sótano, pero en el lenguaje del ajedrecista también significan jaque mate.

—Joder, se ve que al muy cabrón le gustan los jueguecitos —murmuró Kilyan.

—¿Jaque mate? Qué quiere decirnos, ¿que ha ganado la partida? —preguntó Rebecka sin entender nada.

—Es posible que crea haberla ganado incluso antes de empezarla, ¿y qué puedes decirnos de Elizabeth?

—Espera, Kil, aún no he acabado. Según el informe preliminar del forense, a Bud le seccionaron el pene y el escroto con un objeto cortante. Esto ocurrió perimortem y antes de que Mia Tyson comenzara a devorarlo.

—¡Madre mía! —murmuró Rebecka compadeciéndose más de Mia que del motero.

—Debido a la acumulación de sangre que había en la planta baja junto a su ropa, creemos que puede tratarse del lugar donde seccionaron al motero los genitales.

—Si os paráis a pensar —intervino Rebecka—, inflige daño a las víctimas, pero no las mata. Bud muere desangrado y ella se suicida. También se las apaña para que la madre de Elizabeth provoque el ahorcamiento de su hija y fallezca posteriormente de un golpe en la cabeza.

—Es listo y sabe que juega con ventaja. Aprovecharé mi visita de esta tarde a Nataly Tyson para ver si conoce al motero. Por cierto, ¿le han notificado ya la muerte de su hermana?

—Sí, me encargué yo mismo de hacerlo anoche —contestó Bernard dirigiendo una mirada de reproche a Kilyan por no haberlo hecho él—. Sinceramente, no la vi muy afectada.

Kilyan, Rebecka y Bernard se quedaron en silencio.

—Veamos, Elizabeth Rush —dijo Bernard rompiendo el silencio a la vez que abría otra carpeta—.

En su cuerpo no hemos hallado signos de violencia y solo había dos tipos de huellas en toda la casa que pertenecen a la madre y a la propia Elizabeth.

Los de la científica continúan analizando las muestras recogidas de pelos y fibras.

En cuanto a la madre, como bien habéis comentado antes, todo parece indicar que falleció debido a una contusión en la cabeza producida por la caída.

—¿Quieres decir que no tenemos nada?

—Nada.

—¿Algún vínculo con las otras víctimas? —insistió Kilyan.

—De momento nada.

—¡Mierda! —protestó echándose el pelo hacia atrás—. Quiero una copia de todo.

—La tenéis en vuestra mesa. De todas formas, hay algo que debéis saber en cuanto a lo que había escrito en la cocina.

—Pío, pío... —dijo Rebecka.

—Sí. La sangre ha sido analizada y pertenece a Betty Greene, la madre de Elizabeth.

Mark ha estado investigando y existe un juego que proviene de Europa en el que varios niños eligen a un jefe de juego y a un «sufridor».

El jefe se sienta en una silla y el sufridor se pone de rodillas con la cabeza en las piernas del jefe para que no pueda ver nada.

El resto de los niños se sienta en el suelo frente al jefe y entonces comienza el juego.

El jefe elige con un gesto a uno de los niños que está sentado.

El niño elegido se levanta, le da un leve pellizco al «sufridor» y después regresa a su sitio.

A continuación, el jefe le indica al «sufridor» que busque a la persona que le ha dado el pellizco y, mientras lo hace, se canta esta canción:

»¡Pío, pío,

que yo no he sido!

¡Pío, pío,

que yo no he sido!

»Si el sufridor acierta quién le dio el pellizco, estos cambiarán sus posiciones convirtiéndose «el descubierto» en el nuevo «sufridor».

—Ha hecho su propia versión del juego —comentó Rebecka—. La madre es la que da el pellizco y Elizabeth es la sufridora. El hombre de la máscara es el jefe.

—¿El hombre de la máscara? —preguntó Bernard.

—Si. Venimos de ver a Mark y la persona que buscamos ha sido grabada por las cámaras de la sucursal en la que Patrick cogió la nota y las de una tienda de tecnología cercana a ella. Vestía una sudadera con capucha y llevaba puesta una máscara de bebé.

—Antes de marcharse y rociar la cámara con un espray, hizo el gesto de lanzar unos dados —comentó Kilyan cansado—. Avísanos si hay novedades, voy a por un café.

—Adiós, Bernard —se despidió Rebeka en el momento que comenzó a sonar el teléfono de la oficina y este ponía los ojos en blanco.

Mientras, a pocos kilómetros del Departamento de Policía, el hombre al que acababan de ver en las grabaciones del cajero, se pellizcaba el brazo al ver pasar frente a sus ojos una ambulancia con la sirena a todo meter.

—La quinta —susurró expectante por ver a quién sacaban de ella y en qué estado.