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Apenas llevaba dos semanas trabajando de camarera en el club y, a pesar de captar a la primera todo lo que le enseñaban, aún no tenía claro los ingredientes de varias de las bebidas especiales que ofrecía el local.
«¿Por qué no tomarán una maldita cerveza como cualquier hijo de vecino?
», se decía cada vez que le pedían una Tentación chicana, una Tentación oscura o una Dama, la bebida estrella del club.
Después de servir a dos cincuentones de esos que solo iban a mirar y luego regresaban a casa con su esposa, una chica con vaqueros ceñidos, camiseta de tirantes verde militar y chaqueta negra se acercó a la barra preguntando por el dueño del local.
—¿Quién lo pregunta? —gritó Hannah por encima de la música mientras cogía un trapo y hacía que limpiaba la barra.
—Lo pregunto yo.
—Mira, guapa, si lo que buscas es trabajo, será mejor que pases por la mañana, pero, con un cuerpo como el tuyo, yo no me conformaría con un antro como este. Entre nosotras —dijo acercando su rostro al de ella—, en cuanto encuentre otra cosa, pienso largarme de aquí pitando.
—¿Por qué lo dices?
—Solo tienes que mirar a tu alrededor. Esto está lleno de babosos y, además, no pagan lo suficiente para el tiempo que uno pasa aquí dentro.
—¿Cómo te llamas?
Hannah se la quedó mirando y sonrió.
—¿Intentas ligar conmigo? No voy a negar que eres atractiva y se ve que te cuidas, pero no salgo hasta las cuatro de la mañana —dijo guiñando un ojo—. Si quieres puedes dejarme tu teléfono, ¿qué te parece?
—Me parece bien, te dejo mi tarjeta.
—Qué profesional, ¡con tarjeta y todo! —Hannah la cogió y leyó en alto— Rebecka Pennino. No me jodas, ¿policía? —preguntó bajando la voz.
—Detective del Departamento de Policía de Houston, ¿dónde puedo localizar al dueño?
—Mierda, perdona. No sabía que eras poli. Michael está arriba, puedes subir por las escaleras que hay a la izquierda del escenario.
—Muy bien, gracias...
—Hannah.
—Gracias, Hannah, tienes mi número en la tarjeta —se despidió la detective devolviéndole el guiño.
Michael Foster tenía cincuenta y ocho años y llevaba más de treinta a cargo del negocio.
En las paredes de su despacho colgaban varias fotografías enmarcadas de famosos que en su día visitaron el local organizando fiestas y orgías en las que se dejaban gran cantidad de dinero.
En todas aparecía él con unos cuantos años y kilos menos, luciendo una amplia sonrisa que ahora solo conseguía forzándola.
Desde el escándalo Heidi Fleiss a mediados de los noventa, rara vez se daba el caso de que una celebridad se atreviese a visitar La Dama de las Tentaciones.
La crisis económica que sufrió Texas en 2009 y las inundaciones que vinieron en los años posteriores tampoco ayudaron a que el negocio prosperase.
Aun así, como buen empresario que era, se las ingeniaba como podía para sacarlo a flote.
Michael apartó los recuerdos a un lado y abrió el primer cajón del enorme escritorio europeo tallado en madera, donde guardaba como un tesoro y bajo llave los Montecristo No.
4 que le regaló un famoso director de cine conocido por sus películas de wésterns.
Según decían, eran los mejores habanos del mundo y consideró que era un buen momento para echar mano a uno de ellos.
Cuando se disponía a encenderlo, oyó que alguien llamaba a la puerta.
—¡Adelante! —exclamó devolviendo el puro a su sitio.
Rebecka subió por unas estrechas escaleras y se situó frente a una puerta metálica de la que colgaba el cartel de «Privado».
Tras golpear en ella con los nudillos, escuchó cómo alguien la invitaba a pasar y entró en una amplia habitación amueblada con armarios, estanterías y un lujoso escritorio.
Todo parecía ser de madera de roble y desentonaba con el ambiente tan deprimente y poco glamuroso que se había encontrado escaleras abajo.
Las paredes recogían varias fotografías de personajes famosos, acompañados en cada una de ellas de un individuo que en esos momentos la observaba con curiosidad sentado en un sillón de piel tras el escritorio.
—Buenas noches, busco al dueño y me dijeron que lo encontraría aquí arriba, ¿es usted?
—¡Sugar, te dije que nada de visitas a partir de las siete! —protestó el hombre elevando la voz—. Será posible, ¿se puede saber qué quiere?
—Busco a Michael, el dueño de este club.
—Sí, sí, soy yo. Si buscas trabajo será mejor que pases por la mañana, ahora estoy muy ocupado.
Mira que le tengo dicho que a estas horas nada de visitas, pero no hay manera —murmuró enojado—.
¡Siempre hace lo que le da la gana!, ¿me oyes?
—preguntó alzando la voz en dirección a la puerta que tenía a su espalda.
—Siento molestarle, solo será un momento. Me llamo Rebecka Pennino y soy detective de la Policía de Houston, ¿podría decirme si conoce a esta mujer?
Rebecka se acercó y colocó una fotografía del rostro de Mia Tyson sobre el escritorio.
—Joder, es Mimi, ¿dónde coño está? Hará un par de semanas que no aparece por aquí.
—¿Podría ser más exacto?
—Espere un momento, ¡Sugar! —gritó Michael.
Poco después, Rebecka escuchó el sonido de unos tacones por las escaleras que acababa de subir.
La mujer a la que Michael llamaba Sugar abrió la puerta y entró en el lujoso despacho.
Recordaba haberla visto tomando un cóctel al final de la barra desde donde se podía contemplar el local por completo.
Supuso que Michael la quería allí para vigilar que todo estuviera en orden.
Llevaba un vestido de encaje blanco y transparente que dejaba ver su ropa interior.
Unos zapatos plateados de tacón grueso y una peluca rubia de pelo largo terminaban de componer el vestuario de una mujer que aparentaba tener dieciocho años.
—¿Recuerdas cuál fue el último día que vino a trabajar Mimi? —preguntó Michael.
—Hace varios días. Dejó de venir sin decir nada —dijo mirando a Rebecka de arriba a abajo.
—Día exacto.
—¿Se ha metido en algún lío?
—¡Joder, Sugar, contesta a la puta pregunta! —protestó Michael.
—A ver, yo la vi por última vez hará dos semanas. A mediados de noviembre. Recuerdo que caía en viernes porque esa noche le tocaba bailar y llegó puntual. No suele serlo, ¿sabe?
—¿Estamos hablando del quince de noviembre? —preguntó Rebecka.
—Sí. Supongo que sí.
La mujer hablaba con desgana y se miraba constantemente las uñas.
—¿Cuándo comenzó a trabajar aquí Mia?
—Hará unos veinticinco años —dijo Michael—. Hubo una ocasión en que lo dejó, pero no tardó en volver. Es la más veterana de las chicas. No es habitual que alguien de su edad siga bailando en un sitio así, pero ¡qué diablos!, se conserva bien y tiene sus clientes.
—¿Notaron algo raro en ella últimamente?, ¿estaba más nerviosa?, ¿les comentó algo fuera de lo normal? —Rebecka vio cómo Michael negaba con la cabeza.
—Creo que el último día se fue con Charlie —dijo Sugar mirándose las uñas.
—¿Quién es Charlie? —preguntó Rebecka.
—Un viejo que de vez en cuando se lleva a una de las chicas a su casa. Yo nunca he ido con él, pero dicen que le gusta vestirse de bebé y que lo azoten. Además, es generoso con la propina. Ahora que lo pienso, comenzó a venir por aquí poco antes de desaparecer Mimi.
—No me gusta que salgáis con nadie fuera del club.
—Si pagaras más no tendríamos que hacerlo.
—Está bien, ¿puede decirme dónde encontrar a ese tal Charlie? —preguntó Rebecka.
—No tengo ni idea. Kia sabrá. La he visto irse con él un par de noches, pero hasta mañana no tiene turno. ¿Qué es lo que ocurre?
—Eso. Aún no nos has dicho nada de por qué estás aquí —dijo Michael cansado de tantas preguntas—. Ni siquiera sé si de verdad eres poli, ¿dónde está tu placa?
—Ha aparecido el cuerpo de Mia Tyson. Parece un suicidio, pero aún tenemos que investigarlo —soltó Rebecka mostrando su placa.
—Mierda. Pobre Mimi —dijo Michael perdiendo la mirada en una punta del escritorio mientras Sugar la miraba levantando levemente las cejas.
—Si no les importa les enseñaré otra fotografía. Necesito saber si conocen a este hombre.
El dueño del local y la mujer del vestido transparente negaron a la vez con la cabeza al ver la fotografía de Bud.
—Han pasado muchos moteros por aquí con pintas parecidas a las de ese tipo. No sabría decirle si ha estado o no —dijo finalmente Michael.
—Por cierto, ¿tienen cámaras en el local?
—Sí, pero no funcionan.
—De acuerdo, les dejo que sigan con lo que estaban haciendo. Volveré a pasarme mañana para hablar con Kia sobre el hombre al que vieron marcharse con Mia. Gracias por su colaboración.
Rebecka abandonó el despacho de Michael Foster, bajó las escaleras y sorteó a un puñado de borrachos y mirones que no apartaban la vista de la pista de baile.
Cuando estaba a punto de abandonar La Dama de las Tentaciones, se detuvo y miró en dirección a la barra donde Hannah la observaba agitando su tarjeta.
Rebecka le dedicó una sonrisa y salió a la cálida noche de Houston pensando que ya tenía dos motivos para regresar a aquel asqueroso lugar.