Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 20
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Llevaba veinte minutos esperando en el exterior del cementerio Glenwood y el maldito policía no aparecía. «¿Por qué tardará tanto?», se preguntó el mexicano Carlos Cortez sin apartar la vista de la enorme puerta de hierro forjado.

El frío que hacía esa mañana hizo que se arrepintiera de no haber arreglado la calefacción del coche. En el momento en que se disponía a encender un cigarrillo, vio como el detective abandonaba el cementerio con las manos en los bolsillos.

—Ya te tengo —dijo mientras ponía el motor del todoterreno en marcha.

El detective subió a un coche gris metalizado, salió por la avenida Washington y dos manzanas más adelante paró en un semáforo. Carlos se detuvo a una distancia prudente y aprovechó para comprobar que la Beretta que guardaba en la guantera tenía el seguro quitado. No quería sorpresas.

Tras girar a derecha e izquierda un par de veces y cruzar un estrecho callejón, maldijo al perderlo de vista a la altura de la calle Taylor y aminoró la marcha.

«¿Dónde se habrá metido?».

Cuando se debatía entre seguir adelante o torcer por Decatur, vio el coche gris plateado estacionado detrás de dos contenedores de basura.

—Muy apropiado para ti, comemierda —masculló.

La calle estaba desierta y Carlos se colocó a tres metros de distancia.

—¿Qué diablos hará? —se preguntó extrañado.

El mexicano rara vez se ponía nervioso, pero ese detective con aquel nombre tan raro le estaba sacando de quicio. Finalmente optó por dejar su todoterreno en paralelo al coche de Kilyan.

—¿Pero qué cojones? —soltó al comprobar que no había nadie dentro.

Tuvo el impulso de echar mano a la guantera, pero, para cuando se quiso dar cuenta, la ventanilla estalló en mil pedazos y el cañón de un revólver apuntaba a su cabeza.

Cuando Kilyan vio que se detenía el todoterreno, salió agachado por detrás de los contenedores, rodeó el coche y rompió la ventana del lado de la puerta del conductor de un codazo.

—¡No te muevas! —ordenó a la vez que lo apuntaba con la Colt—. Saca despacio tu mano derecha por la ventanilla.

Torció el gesto al comprobar que el hombre que le había estado siguiendo no era ni más ni menos que el gigante de dos metros del bar motero.

—No me gusta que me sigan, pero, como no nos conocemos lo suficiente, voy a dar por hecho que no lo sabías.

El mexicano lo miró inexpresivo.

—Supongo que te han pedido que hagas el trabajo sucio. Que sepas que hay que ser muy estúpido para ir tras un policía.

Kilyan le esposó la muñeca a la cerradura de la puerta y el mexicano se quedó abrazándola en una postura forzada. Los cristales de la ventanilla rota que no se habían desprendido, se clavaron en el brazo del motero. A pesar de todo, este siguió impertérrito.

—Ahora quiero que saques tu cartera con cuidado y me la des. Será mejor que no cometas ninguna tontería.

El mexicano sacó despacio una cartera de cuero marrón del bolsillo interior de la cazadora con los dedos índice y pulgar.

Kilyan cogió la cartera y miró en su interior.

—Vaya, vaya, ¿es tu hija? —comentó al ver la fotografía de una niña morena que debía tener unos quince años.

—No te pases —masculló el mexicano.

—Cierra la puta boca y contesta.

El motero asintió y, por primera vez, su cara mudó en un gesto amenazante arrugando la nariz y entrecerrando los ojos.

—Cambia esa cara, al menos ha salido a su madre.

Veamos. Carlos Cortez. Cuarenta y dos años.

De México. No sabía que había mexicanos tan altos —dijo levantando la mirada del DNI para posar sus ojos verdes en los del motero—.

Esto es lo que vamos a hacer, grandullón.

Tengo contactos en el FBI que me deben favores y sé de buena tinta que bandas como la vuestra están en su punto de mira así que, si alguna vez me ocurre algo o vuelvo a ver a cualquiera de vosotros merodeando cerca, tendréis en cuestión de segundos a toda la artillería encima, y te aseguro que tú serás el primero en caer, Carlos Cortez.

Imagino que no querrás ver crecer a tu hija entre rejas, ¿verdad?

—No puedo irme así, sin más. John me pedirá explicaciones si aparezco con las manos vacías.

—Me importa una mierda lo que le cuentes a tu jefe, pero no quiero volver a ver tu puta cara a no ser que acuda yo a ti, ¿entendido?

Carlos emitió un gruñido y Kilyan arrojó la cartera al asiento del copiloto.

—Lo tomaré como un sí —dijo antes de guardar el arma y subir al coche.

—¡Eh!, ¿no piensas soltarme? Vamos, ¡no me jodas! —espetó el motero con un deje de desesperación mientras veía cómo Kilyan arrancaba su Audi y desaparecía por la calle Sawyer.