19
Sharon cruzó su mirada con los ojos azules que la observaban expectantes bajo la horrible máscara de bebé que tenía delante. Esos mismos ojos, de vez en cuando, parpadeaban cuatro o cinco veces seguidas, como si el hombre que se escondía tras ella sufriera un tic nervioso.
—Qué quieres de mí —dijo con voz neutra.
—Hace años que perdí la esperanza de obtener lo que deseaba de ti.
—Aquí me tienes. Dime lo que quieres y te lo daré.
—No, ya no puedes dármelo. No eres la persona que yo creía que eras. Supongo que te idealicé.
—Puedo cambiar.
—De tu boca no salen más que mentiras. Nunca serás la persona que yo veía en ti. Solo podrás fingir serlo. Como hacías con tus amiguitas del orfanato a pesar de no estar de acuerdo con las decisiones que tomaban. De esa manera te sentías parte de algo, ¿verdad?
El hombre de la máscara susurraba con voz profunda como si le estuviese contando un secreto.
—¿Por qué voy vestida así? —preguntó intentando entender algo.
—Haces muchas preguntas. Todo ocurrirá como tiene que ocurrir. Tu destino ya está escrito.
—Solo quiero volver a casa. ¡Se estarán preguntando dónde estoy!
Sharon no aguantó más y las lágrimas afloraron con tanta rapidez a sus ojos que no pudo contenerlas. El hombre de la máscara observaba en silencio los sollozos de la que un día fue su amor platónico mientras negaba con la cabeza.
—No llores. No te favorece.
Sharon se sorbió los mocos y se preparó para formular la pregunta que llevaba rondándole por la cabeza desde que despertó en aquel lugar.
—¿Me vas… a matar? —dijo con un nudo en el estómago.
—No —contestó el hombre de la máscara para su sorpresa tras un largo silencio—. Pero desearás estar muerta.