16
Hacía rato que lo único que escuchaba Sharon era el débil repiqueteo de las ramas contra la ventana. Tenía la vista borrosa y el maquillaje corrido por las lágrimas acumuladas en sus ojos hinchados.
Las paredes de la habitación en la que se encontraba encerrada estaban hechas de grandes troncos.
Una mesa y dos sillas antiguas de madera, varios leños tirados en un rincón junto a una chimenea de piedra y un balde verde lleno de agua sucia al lado de la puerta era lo único que su vista alcanzaba a ver.
Parecía una especie de cobertizo o cabaña.
Continuaba atada a la cama y las correas que sujetaban sus pies y manos le apretaban tanto que apenas podía sentir las extremidades.
En el orfanato, donde supuestamente había coincidido con su secuestrador, convivían alrededor de doscientos niños y adolescentes y, por más que lo intentaba, no lograba acordarse de él.
Sharon estuvo internada en Niños con Esperanza desde los ocho hasta los dieciocho años, edad en la que le informaron de que no tenía la obligación de continuar en el orfanato.
Por una parte, deseaba largarse cuanto antes de aquel lugar para comenzar una nueva vida, pero también era consciente de que, una vez fuera de allí, no tendría dónde caerse muerta.
Cuando consiguió un empleo de camarera, por fin pudo costearse un piso compartido junto a otra chica y abandonar aquel lugar.
Pasados dos años conoció al padre de sus dos hijos y, tras un corto romance, compraron un piso en Pasadena, donde formaron la familia que tanto había deseado tener.
A partir de entonces todo fue sobre ruedas, hasta que apareció aquel hombre.
Ese día, como cada mañana, Sharon despertó a sus hijos y les dejó el desayuno preparado para que llegasen a tiempo de coger el autobús del colegio. A continuación, bajó al garaje y subió al coche para ir al trabajo.
Todo era como siempre, pero nada volvería a ser igual.
Antes de dar la vuelta a la llave de contacto, ajustó el retrovisor y vio por primera vez aquella espantosa máscara.
Cuando quiso reaccionar, un pañuelo cubría su boca.
El hombre que iba en el asiento trasero susurraba «duérmete» mientras le agarraba firmemente de la cintura y ella intentaba zafarse con todas sus fuerzas.
Pasados dos tensos minutos de pánico y lucha, comenzó a notar cómo su cuerpo se relajaba y sucumbía a los efectos del cloroformo.
Pocos segundos después se encontró sumida en un profundo sueño a merced de su raptor.
Todo aquello había ocurrido pocas horas antes de recobrar el conocimiento o eso es lo que le pareció a ella.
Ahora sentía cómo toda su vida se esfumaba en aquella húmeda y oscura habitación.
No tenía esperanza de salir de allí con vida y, si iba a morir, esperaba que al menos fuera de forma rápida y sin sufrimiento.
Tan pronto como le vinieron esos pensamientos, otros totalmente opuestos comenzaron a abrirse paso en su mente: Escapar de allí y volver al calor de su hogar donde la esperaban su marido y sus hijos.
De querer estar muerta a intentar huir sin importar las consecuencias, tan solo habían transcurrido cinco segundos. Su madre siempre le decía que «el destino se moldea según nuestros actos» y era lo que estaba decidida a cumplir.
A pesar del caos que reinaba en su cabeza, se relajó un poco y dejó de llorar pasando de la desesperación a la rabia contenida.
Ahora solo tenía que esperar a que el hombre de la máscara regresara y rezar para que se le presentara una oportunidad de escapar de allí.
Cuanto más se convencía de ello, más rabia acumulaba en su interior.
No iba a permitir que alguien destruyera todo lo que había conseguido en la vida a base de esfuerzo.
Al menos no sin pelear por aquello que más quería: su familia.
En ese preciso instante oyó que se acercaba un coche. Sharon respiró profundamente tres veces, cerró los ojos y escuchó el ruido de neumáticos pasando por el suelo de gravilla. El vehículo se detuvo y el ruido de unos pasos sonaron cerca de la puerta principal.
Después, silencio.
No se oía nada, excepto el golpeteo de las ramas que seguían azotando la ventana.
Al cabo de un rato, el pomo de la puerta comenzó a girar suavemente. A pesar de sentirse más fuerte que hacía unos minutos su cuerpo no paraba de temblar.
Se sobresaltó cuando la puerta se abrió de golpe.
—Ya estoy aquí —anunció en un susurro el hombre de la máscara mientras se colocaba grácilmente al borde de la cama.